Lilia Lemos Játiva




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María y Magdalena


Al revés de lo que pudiera pensarse desde los buenos hábitos y mejores costumbres, ir de la casa al trabajo y enfrentar la rutina diaria con una dosis moderada de cannabis, le despierta una sensibilidad particular que le saca de la rutina. Todo o casi todo, que no es lo mismo pero es igual -como diría el poeta-, tiene un mensaje a descifrar.

Ya sea que vaya caminando o en el bus, las situaciones que se repiten con frecuencia resultan distintas, las mismas personas con quienes regularmente se cruza cobran otra dimensión, la música del bus es otra, ella es otra.  Los colores, los olores, los sonidos, las tensiones brotan como canguil reventado.

En ese micro mundo lo recurrente son las mujeres que deben sujetar a hijas e hijos para no tener que pagar más pasaje; el niño que mira la calle desde la ventana del bus mientras la madre, el padre y el espíritu santo miran sus respetivos teléfonos celulares; la música del bus que es disfrutada o sufrida, según sea el caso. Antes, después o durante, atravesar las calles con mirada de dragón en llamas para que no te pasen por encima; escapar de un chico en un taxi que no para; recibir la amenaza de un señor cualquiera por quién sabe qué; evitar de un salto el chofer que dobla sin direccional; putear en silencio a la gente que cruza el carril derecho para subirse al bus en el izquierdo. Mirar sin entender la cantidad de guardias para proteger y de guaguas desprotegidos en las calles.

En el macro mundo, Ecuador que después de matar ofrece un acuerdo que no llega, en Chile que ofrecen plebiscito después de matar y violar, Haití donde nadie ofrece nada, Uruguay que gira a la derecha. Más cerca, más lejos matanzas tras matanzas. Y quienes tenemos dos ojos seguimos viendo menos de aquellos a quienes dejaron tuertos.

Así, más o menos, llega por la mañana a la oficina. Se le va la vida durante el día. Y en la noche llega la casa donde le espera la soledad. En la oficina, frente a un computador, atiende los pedidos y despacha las órdenes de clientes que dejan cuantiosas sumas de dinero en cada transacción. No puede comentar sobre su trabajo ni con la vecina de la tienda, ni con los amigos que ya no tiene, ni con su madre muerta, ni con su padre desaparecido, ni con sus hermanos que dónde también estarán. De novio ni hablar. En su casa pelis, libros y música; sueños y pesadillas.

Una prostituta algunas veces le escucha quejarse de la venta de carne humana, pero no profundiza; ella, la prostituta, se siente ofendida sin muchos recursos a su alcance para entenderle y des-ofenderse porque le llega dado su oficio. Ante la falta de costumbre y oferta de prostitutos llegó semi vestida de hombre a Magdalena que, al verla mujer, entre desconcierto y admiración, sintió sobre todo alivio y curiosidad, a pesar de sus quejas.

Magdalena no tiene recursos para profundizar pero tiene un manantial inagotable de ternura y placer que generó en María más adicción que sus caladas cannabíticas matutinas, vespertinas y nocturnas. Así las cosas, pasadas algunas noches juntas y alguna salida al cine, llegaron al acuerdo de convivir los fines de semana, dormir en su cuarto o en el de ella, desayunar a la hora del almuerzo y almorzar a la hora del café, y no cuestionarse por lo que fuera de ese mundo propio, sucediera.

Ni el menor contacto entre semana. Era una condición que Magdalena debió aceptar, aunque no estaba de acuerdo y una vez más, no entendía por qué. Y María tampoco hizo mucho por explicarle. Pero desde las 8 de la mañana del sábado hasta las 8 de la noche del domingo se sentían tan libres que las restricciones de entre semana se las aguantaba con estoicismo y cannabis.

María, de lunes a viernes, seguía dando caladas a su pipa de piedra, atendiendo y despachando, de 8 de la mañana a 8 de la noche, a los clientes de su jefe con la discreción que le había hecho mantener su puesto de trabajo desde hace más de 8 años. Llegado el sábado, la cita a las 8am era con Magdalena.

Desayunaban lo que hubiera y llenaban una gran botella de agua del grifo para la caminata; de noche, para las cogidas. Por la boca y por la piel corría el agua. Las caminatas eran intensas, agarraban rumbo y era como si al final de ese camino llegarían al paraíso prometido y así mismo era; ya sea donde María o donde Magdalena, e incluso en otro cuarto cualquiera, llegada la noche se abría el paraíso. Sus cuerpos eran el universo y el más allá y el más acá, sus ojos eran el mar, los besos eran estrellas, su piel era el camino, el corazón la meta. La cabeza no estaba invitada, se quedaba a un ladito, desconectada.

Con menores recursos y menos práctica, la cabeza de Magdalena no lograba desconectarse del todo y hacía preguntas de tanto en tanto. María no le escuchaba. Entonces comenzó a hacerse preguntas a sí misma, buscaba respuestas que quizás resultaran innecesarias o perjudiciales, pero no podía hacer nada más que darles las vueltas a las dudas, a las interrogantes, a la alegría y al misterio que ella, vestida de hombre, había traído a su vida. Por qué no hablaba ella de su trabajo, porqué ni siquiera una llamada entre semana o al menos un mensaje, por qué no tenía ni quería Facebook, por qué no decía ni preguntaba nada de su familia o de sus amigos, por qué no le interesaba saber sobre su vida más allá del fin de semana y del trabajo al que se dedicaba y que fue en ejercicio del mismo que la conoció. Pero los últimos ocho meses habían sido los mejores de su vida, la tristeza se mantenía a raya, así que obligaba a su cabeza a no insistir ayudada por los libros, las películas, la música y el cannabis que habían llegado también a su vida de la misma mano, vestida también de hombre, sin esmalte y con cutícula.

El sábado 14 de febrero, María le esperaba en su cuarto. Cuando la escuchó llegar salió como siempre semi desnuda para meterla en la cama y terminar de despertarse a ese nuevo mundo juntas. Quitarle la ropa siempre resultaba tan fácil que sentir sus manos cubriendo sus senos, le previno. Tenía escrito a punta de navaja en el uno: el paraíso, y en el otro, no existe.

En un intento por comunicar a alguien su feliz situación actual, el chulo para el que Magdalena trabajaba desde que tenía 18 años le escribió para que su tonta cabeza no lo olvidara.

María, al lunes siguiente contrató los servicios de su jefe para que ubicara al chulo de Magdalena y lo convirtiera en algo más productivo.

El jefe le debía a ella todo o casi todo su dinero y su poder, a ella y su capacidad de desconectarse del mundo que le rodeaba, así que aceptó de buen agrado el nuevo trabajo encomendado por María y Magdalena.



Pepe Bernal





EXHUMACIONES

1
Los amigos, si bien no entendían que mierda pasaba, solo me dejaban ser... «A la verga, si el man es loco hay que dejarlo en paz», escuché alguna vez desde la sala. Yo tenía una misión sin norte, sin prisas y sin victoria en que soñar. Todo terminó un día en que al despertar ella me veía directo en los ojos, y solo dijo: «Quiero volver a casa, ¿me llevas?»
Jamás pensé, ni por un segundo, que este ser tuviese un hogar donde volver.
Le dije: «Claro, ¿dime dónde es?»
Me dio una dirección en San Rafael y salimos, tomamos un taxi. Dormimos en el camino. El taxi olía a chongo pobre y sudor. Llegamos, y la magnitud de la realidad me golpeó como si me dieran con un martillo neumático en el pecho: era una casa hermosa, gigante, blanca y nueva. Timbré, y cuando se abrió la puerta solo escuché un gracias y desapareció. Yo ya no sabía ver.
Desde ese día, hace ya 20 años y un poco más, solo he sabido de ella por referencia de conocidos en común. Y sabía que estaba bien, hasta hoy: muerte cerebral, me dijo el Ordóñez.
Mientras el peso de las palabras horadaba mi cerebro en busca del C4 que habría de explotar, solo puedo verla desnuda en la silla de la ducha, en un lugar que ya no es mío.
No queda nada, se fue, y no atino a qué hacer con la noticia. Estoy parado frente al mar, y no hay respuestas. Solo tengo bronca y ausencia, hay adioses que no se le deben negar a un hombre.

2
Huele a vómito. Las paredes, blancas y sucias, como en un callejón de esos mortales que abundan por el mundo, donde lo feo y lo horroroso, se esconde de la vida y la sonrisa. Aquí estamos solos, abrumados... Contándonos solo, como solitaria compañía uno al otro, con el pacto silente del destino, acordado y bordado con hilos elaborados de la más fina mierda, de esa que destila la pura esencia del mal. Nos miramos con ojos más vacíos que las botellas de anoche, que al menos tienen un concho en el alma, las envidiamos un segundo y nos encargamos de ellas, esperando que nos regalen un boleto al sopor que nos evita sentir, pero no.
La huella de agujas antiguas en sus brazos, sus costillas evidentes, con ángulos en caderas y pómulos que serían envidia de un Picasso. La piel opaca y casi traslúcida que no nos oculta nada. El cabello, ralo y disparejo con vacíos intercalados, horquillado hasta lo imposible, como espigas aplastadas por un tractor furioso. Todo el estío a que se han sometido los ojos anunciando un diluvio universal que nos arrase, que lo destruya todo. En esta casa en ruinas y llena de babosas, me encontró un día y se quedó. Se quedó porque no la largué como al resto y porque no tenía a dónde ir, ni lo quería. Porque halló en mí el reflejo a su vacío, porque en mí no había reproches a su vida, ni a su estado.
Como un perro se acurrucó a mis pies y durmió como si no lo hubiese hecho en semanas. Yo observé, quizá por días, cómo su pecho subía y bajaba con trabajo, esperando que en cualquier momento se detenga para siempre. No pasó. Recuerdo la desilusión en su mirada al despertar una vez más. ¿Otra vez de vuelta? Era el reclamo de unos ojos asombrados de encontrarse bajo un techo.
Luego se entregó como lo hace quien sabe que debe pagar por existir. Pero yo no la quería poseer: no por asco, sino de hecho por ternura... esa que inspiran los animales maltrechos que recoges al lado del camino.
¡Qué poco lo entendí en el momento! Si el recogido era yo mismo, el rescatado. No porque me saquen de mi abismo, sino más bien que alguien baje a compartirlo. Así empezamos a observarnos. Nunca le pregunté cómo era que ella me veía. Es que con el espejo era suficiente para insuflarme el odio mañanero, y es que no quería saber.
La mañana que despertó, la tomé por debajo de los hombros y rodillas, la levanté y llevé al baño con la impresión de llevar algo sin vida. La senté en el cagadero de porcelana sin asiento y rajado al punto de morder el culo. Me di cuenta que no podía, o no quería, tenerse en pie. Salí al comedor y regresé con una silla que puse bajo la ducha eléctrica. La tomé en brazos nuevamente y la deposité en la silla, abrí la ducha y el corrientazo que recorrió mi brazo hasta alcanzar las costillas, me espabiló un poco más. ¡Idiota, había que desvestirla! Lo hice allí mismo, con pena, cansancio y terror de que alguna parte orgánica se pudiese desprender junto con los andrajos. La lavé despacio, con calma. A esa piel como papiro antiguo, a esos dedos yermos, ¡a ese abdomen en que hubiera podido sembrar papas!... quise darles lo más parecido a lo que yo intuía que debía ser el amor... no porque sintiera algo por ella, pero porque todos los desgraciados merecen el amor alguna vez. O por lo menos, idealizarlo.
Pasaron semanas, ella mejoraba con las delicias que mi madre enviaba cada semana de Manabí, yo encontraba razón de ser y estar. Por la noche compartíamos la cama, nos acostamos desnudos y llorábamos abrazados hasta que el sueño nos doblegue hasta los lacrimales.
Nunca nos permitimos más de un ocasional beso en la frente, que se entendía rúbrica de nuestra hermandad.


Mauricio Salgado Vejarano



ROSAS-TAURINAS


Paseaban Juan y Turrón por una ciudad transfigurado y fría, recordando otros tiempos y otros momentos cuando todo era cálido y amable. La gente ya no se buscaba en los ojos ni en las montañas, ni en las nubes, ni en los árboles, sólo se veían a ellos mismos en una especie de espejos que manipulaban entre sus manos. El rito y la ceremonia habían desaparecido de la vida… al pasar frente a la plaza de toros abandonada… Turrón le dijo a Juan ¿te acuerdas cuando veníamos a acompañar al universo en la danza mítica que venía de siglos? cuando las personas presentes en los tendidos se fundían en una sola emoción ante el sol, la arena, la sangre y el juego de  vida y muerte del toro y del torero para conjurar la existencia  ¿te acuerdas? Entremos a la plaza querido Turrón, veamos si sentimos la emoción que debe estar contenida en ésta todavía. Cuando entraron… se sorprendieron al encontrar el ruedo lleno de rosales y los rosales llenos de rosas muy rojas, encarnadas… ¿qué es esto? Dijo Juan y turrón con esa sabiduría intacta de los seres que  no tienen el obstáculo de la mente, inmediatamente le contestó: son rosas que han crecido de la sangre derramada en este ruedo, rosas que siguen conjurando la muerte, alimentadas por la vida que se ofrendó en esta plaza… rosas que cantan a la divinidad por el pasado que hemos perdido… Juan no pudo contener las lágrimas y le dijo a Turrón; salgamos mi querido, regresemos a nuestro encierro, no soporto el mundo como es ahora.

Alexéi Páez Cordero & E. Poblete




                                                     


Nena-Crisálida-Bruja
(Sabiduría paeciana)

Atravesábamos con pereza la noche y era una conversación electrónica, común y, sin mayores expectativas, normal. Solís había recordado el nombre de Alexei en uno de los veinticinco o cuarenta "estados" que tenemos por costumbre enviar en una sola jornada y en detrimento de cualquier avance tecnológico y de las telecomunicaciones, como si en el fondo deseáramos saturar el sistema, y consultaba algún aspecto acerca a la sabiduría de nuestro desaparecido amigo en torno a las mujeres. Por esto, aporté con el nombre de esta breve leyenda y Salomón recordó al respecto que los miembros del "Club de Bogart" tenían por deber la divulgación de esta verdad. Y es lo que pasaré a realizar a continuación, mientras imagino y libero de su misteriosa prisión la voz de mi antiguo maestro y amigo. 

Al principio de la relación y cuando nada puede ser más maravilloso en este mundo, nuestra media y desconocida naranja recibe el fascineroso, comedido e ilusorio nombre de "Nena".
En cuanto nuestra relación va madurando, crece, unas veces en confianza e intimidad, otras en certeza y dependencia, la cuestión es que Ella también madura y crece secretamente alimentada en el interior de un mágico capullo, ya fuere por nueva y abundante substancia transmitida en ejercicios realizados para saciar delirantes sentimientos y sueños en común. Pues, molecular y orgánicamente cambiados en totalidad, nuestros cuerpos simples ya no son capaces de contenernos en capacidad, de entrega, desprendimiento y generosidad: cierta sed insaciable de compartirnos a nosotros mismos con nuestro descubierto ser amado.
Y un día cuando ya ha terminado de succionarle la miel del espíritu y la voluntad, como la muerte revelada, extiende las alas destrozando la crisálida, las apariencias y el engaño, para que solamente salte la evidencia de la verdad, y no eres más que un relativo oligofrénico del amor.
Impedido el hombre de encontrar por sí mismo nunca más en la Tierra un sendero por el que dirigirse solo o con nadie más que Ella otra vez, obligado a que Ella lo vaya guiando y escoger por él lo que más le convenga y lo que es por su bien, se ha de condenar a bailar sobre y beber de sus generosas, sabias y rígidas, casi cálidas palmas, por toda la eternidad o lo que te reste en sus caprichos y existencia "a través de esta vieja y querida superficie".

Un pequeño reloj de arena había determinado la fugacidad de aquel estremecedor y encantado instante, registrado esta vez en la página. La voz volvió a penetrar, suavemente, por el rincón por donde también se escurre el agua en el ensueño.


Equinoccio de 2019

Carlos Luis Ortíz






XII (LIBRO INÉDITO)

Yo tengo que escribirte a ti

mientras seas aluminio entrando en la luna

   (venado en oro rasgando mis días)


Caracol que se extiende hacia mi cuerpo y riega eternidades redondas

Ya no es tiempo de dividirse

Es el santuario de ser uno solo

Con la firmeza de un cerro que baila

Trabajemos juntos la vida,

Repasemos tu nacimiento como el día final de mis días

Que no hay delirio si entras en mi frente como lanza de curare

Yo tengo que escribirte a ti

Porque en ti nace y muere la impresión primera de mi mundo

Ahora que ya el niño se aleja y sufro mi repentina madurez en mi estómago

Como en la agilidad de una lagartija

Yo corro a verte en cada intersticio de las paredes que toco

Pero sé que es tuyo el jardín de la noche

Y yo un aprendiz ahora

                           Tiempo de reposo y de nubes frotando mi descanso




C. Larrea







La balada del inquieto


¿Cómo le digo que deje de mover las butacas? - pensaba, mientras buscaba las palabras, el tono, el gesto más adecuados para encarar al joven trajeado que, dos asientos a su derecha, parecía no poder evitar moverse como alma perdida sobre su asiento.

No sería un problema, por supuesto, la inquietud del caballero, en términos normales. El caso era que las sillas, al menos diez en cada fila, estaban compuestas de un solo cuerpo y, al agitar su pierna sin cesar, este hombre provocaba que se convulsione toda la hilera con sus respectivos ocupantes.

El acto al que estaban asistiendo era relativamente formal, de ahí que el joven llevara corbata -muy brillante, platinada, casi de mal gusto en el conjunto con la camisa blanca a cuadros azules, como el saco y el pantalón, cuya basta terminaba muy arriba, revelando calcetines grises chorreados, seguramente por el incesante y violento movimiento de esa pierna que funcionaba como un dínamo, hasta llegar a unos zapatos marrones desgastados, con cordones claros que no venían a cuento.

En las manos, custodiaba una libreta, abierta en el medio por su índice izquierdo, en la que de vez en cuando apuntaba alguna frase que, sin duda, pensaría plagiar a alguna de las expertas que se encontraban en la mesa directiva, sobre el escenario.

El pie solamente se detenía, por fracciones microscópicas de segundo, cuando el caballero decidía que su postura no era ya satisfactoria y, con movimientos erráticos y bastante pronunciados, se reacomodaba, generando una reacción en cadena que sacudía a todos los compañeros de banca.

Nadie parecía notarlo. Lo notaban todos.
Opera así la convención social: si algo me molesta en público, me callo y aguanto, no vaya a ser que uno dé la impresión de poco gentil.
Y así, hombres y mujeres, de edades diversas y conciencias distintas, hacían como que no pasaba nada, todos tan tranquilos, todos tan molestos en respetuoso silencio.

Incómodo, pues, se lo propuso: algo había que decirle. Pero las consecuencias, siempre arma arrojadiza y explosiva de doble filo, eran impredecibles.

Valoró entonces levantarse y, frente al infractor, a pesar del evento, las expertas y el público presente, formularle un reclamo airado para que se quede quieto.

Podría esperar una actitud desafiante, una injuria, un duelo en la puerta de salida del auditorio. Estoy preparado, pensó. Pero no era lo ideal, en ese contexto. Qué diría la gente. Quién sabe, quizá este señor ocupaba algún cargo importante o, peor aún, era el delegado de alguna autoridad.

Y la pierna que continuaba su cadencia infernal. En la nueva coreografía aleatoria, se había sumado un codo que, empujando con furia al apoyabrazos, daba la impresión de que al joven realmente algo le estaba sucediendo, más allá de la aparente falta total de empatía con la concurrencia.

No podía ser una simple casualidad. A este muchacho le pasaba algo, algo que escapaba a la mirada y a las primeras impresiones. ¿Estaría sufriendo? Imposible saberlo, no sería de buen gusto preguntarle por su intimidad, no lo conocía, y aun así.

Acaso tenía este caballero una dolencia inconfesable, moral, sicológica, física, ¡matemática inclusive! No, no había tiempo para bromas, ni siquiera de las que no se expresan en voz alta. Lo miró, tratando de pasar inadvertido, como buscando a alguien más, al amigo que no había llegado a tiempo y se escondía entre la tercera fila y la quinta. Se notaba que el joven se encontraba incómodo, pero la causa no parecía escapar a la explicación más evidente: ni gotas frías en la frente, ni los globos oculares enrojecidos, ni las manos sudorosas... Por el contrario, su cabellera perfectamente engominada, su mirada atenta y la soltura con que manejaba el teléfono móvil, lo delataban. Estaba simplemente mal sentado, y en verdad no parecía entender que su brusquedad al moverse resultaba gravosa para los demás.

Mientras tanto, la pierna, siempre la misma, cruzada sobre la otra que le servía de piñón, continuaba sus intentos de convertirse en hélice. Y el asiento, de atrás hacia delante, de un lado hacia otro, como una balsa que se hunde inexorablemente. Era el momento de actuar, aunque nos cueste el buen nombre, el honor y la vida, pensó.

Ya en plena desesperación, y habiendo sopesado todas las posibilidades y escenarios, preparado para la acción o para el consuelo, se giró, decidido, agarró del brazo al inquieto y le lanzó, sin más, un ¿podrás estar quieto?, recibiendo como única respuesta una mirada gacha y avergonzada. Y la quietud.

Santo remedio.
Ya podría haberlo hecho al llegar.



22-XVIII-2019, a los cinco meses



Alejandra Martínez






Del inventario infernal

Con una pataleta de padre y señor mío, consiguió la herramienta preferida que su papá: el arma que no hubiera aflojado aunque el mismo Dios lo hubiera exigido. Cuando se la dieron, la agarró con ansiedad, como quien obtiene por fin el juguete caro que tanto quería.

El padre indeciso y poco resignado, grita el sermón mientras el niño sale corriendo:

     —Cuida la oscuridad. No es para que juegues, sino para que aprendas a usarla. ¡Confío en ti!

Después de un rato, ya más relajado, murmura para sus adentros:

     —Que sea lo que tenga que ser.

Pero el diablillo, novato y pícaro, dejó la penumbra olvidada en las calles del mundo; unos días más de juego, y se cansó. La dejó a merced de los mirones, los amantes, los animales noctámbulos y los secretos.

Cuando el demonio quiso recuperar las tinieblas ya no pudo. Ni la quiso ya porque ella estaba toda salpicada de luces de neón, de semen y saliva, de todo tipo de gente mustia o alegre, que se aferraba a ella como a una madre.

La noche, entonces, se quedó con nosotros, hasta que al descuido venga el diablo y se la lleve con él.
---o---


De la paz del Padre

Más que dios es padre. Y como todos, se regocija con su hijo, mira con alegría sus primeros intentos, nuevas flores, nuevos animales, mini creaciones que lo hacen sentir orgulloso. Una sombra de tristeza cruza sus ojos cuando recuerda cuál es su destino.

“No puedo dejarlo desprotegido en ese mundo”, piensa, y decide avisar a ese puñado de gente que está abajo, apagada, esperando órdenes:

     —Espérenlo, óiganlo; trátenlo bien. ¡Es mi hijo, es como yo!

Así, cuando su predilecto baja, está más tranquilo

Abajo se rumora y especula: “¿Cuándo vendrá? ¿Será cierto? ¿A qué vendrá?”. 

Aún sin saber con exactitud por qué, las personas lo reciben con amor o con odio. Despierta adoración o desprecio... nunca indiferencia. Aun cuando se va (y esta tragedia es cuento aparte), se habla de él, y mediante él, a su nombre se piden dádivas, milagros, prodigios y razones.

En el cielo, su padre se había encargado de construir un Edén para él, una burbuja impenetrable en la que pueda olvidar lo vivido en el mundo. Al oír los clamores de la gente, intenta gritarles:

     —¡Ya basta! ¡Déjenlo descansar en paz! ¡Ya han hecho suficiente con él!

Pero el tumulto sigue con su bulla, y los clamores se oyen al unísono.

...Un día, Jesús se despierta pensando: “Me queman las orejas”.



Kimberly Chiriboga Sáenz







Boletín y Elegía de la Guita
"Versión libre del poema de César Dávila Andrade"

Je suis Jean Resort, Adlon Kempinski, Bernabé Crainberg,
Jean Paul Chicaiza, Brayan Chuquisaca, Douglas Starlink, Melany Batallas,
Jacinto Stewart, Dylan Agualongo.
Quise nacer y ganar amigos en las afueras de Qatar, New York, San Marino
Sí, mucho quise ganar,
en el Quicentro Sur, en el Quicentro Norte, no en el Ipiales, no en los BBB.
Padecí, como todo guapo de mi raza, en la zona, en la playa, en el Club de la Unión,
discriminación por mi soltura, una cruz con la virgen llena de billetes tenía.
Añadí así, más textura y color al flow de los meseros.

A mí también, huevas, al Johnny Lanchimba también,
Al Prepi Fuentes, a la Nenirri Dávalos también.
En la Plaza del Cinemark, y en otros campos de la cobranza, ah, Ozuna.
Nos endeudaron hasta el hastío el prepucio.
Oh, Rockefeller, señor progenitor de Trump.
Nunca calculamos en cifras tus souvenirs
y al Pent House subimos armados creyendo ser amados,
pensando en la gran cabeza
a regodearnos, riendito en los lagos ausentes del sol.

Y a Patroclo Hilton, heredero de bienes raíces,
en el medio de su hacienda, vimos con cuchillos de carne para sus criadas
inaugurar las botellas dentro de las botellas.
Se obligó a tenernos de frente,
delante de nuestros ternos estrenados.
A cada paso echaba garbo nunca visto y envidiable
hasta que se acostó con muchas rusas salidas
de la mancha de la frente inexorable de Gorvachov.

Y vuestro salomónico presidente
Donaldo Trump, “I sue you”
et moi y other gente que no éramos ni chicanos,
con los otros chiros, chiribogas, jacques chirac,
en definitiva, herederos potenciales y potenciados de Romero y Flores,
le llevábamos los tacos a la mesa limpia como un cuervo viendo al cielo,
para sus deportes desde la piel mexicana que él decía.
Ay, divertido era.
Meanwhile, modelos étnicas de Victoria’s Secret
escondían la semilla del vientre entre su botox y su santa madonna que ella las libre:
A caminar con garbo, perras, a coquetear, a ganarse ese puesto de la vagina.
A chupar pijas a gordos de fango. Decía Donaldo.
A lamer bolas como óxido del mundo –ah, esta gloria sucia como las axilas de Paco Rabanne- Decía Ronald.
Y soportar a los subalternos que no saben, pero
parece que sienten: apellidos italianos más quemados que una pipa de crack.
Nuestras flores de dos muslos,
para atraer al banquero, verdugo venidero,
ángel de la sonrisa más limpia que la muerte, y eso es mucho.

Ya sin paga, sin raíz, sin money-honey,
ya sin hombre de tanto no ser;
sólo el futurismo colgando, celebrando, snifeo de granizo hasta por las mejillas,
llegué pisoteando a los que no existen, ay.
Cuatro semanas de tributo.
Encontré a una mujer partida en dos por el Pato Bateman,
Mujer, convertida en desecho, sobrecama,
Patolín mató dos hijos míos con misoprostol, dijo ella.
Lo amé y lo odié, dijo ella, sin rabia.
Romero y Flores style.

Rockefeller, China dormida, Rockefeller, China
y a la mierda la vida
así subí.
Y de tanto acechar, ya no quería ni Seven-Eleven
por dos millones, Rockefeller, Ozuna, Malumita de my guts,
mis novias existen menos que Siri. Se han torcido el corazón
porque eso es lo mejor. Si te pones tetas en la cabeza.
Había una que era sweet, pero boba,
como sus padres migrantes
creía en diosas, sabes, qué insulto.
Donald dixit.

Ella, dulce ya de tanta cena, dijo:

El perro de los mendigos y el gato de las viudas,
aliméntalos y engordarás.
El mosquito que canta su canción de verano.
El veneno sale de la lengua de las calumnias.
El veneno de la serpiente y el tritón.

Perfección, dijo, sin dientes originales.

Y nos visitaban arzobispos, homosexuales feos y rancios,
como una pera podrida, todes.
Hablaban de caridad con el diablo despierto en la punta de la lengua
Que era la conexión al filo de su ano.
Iguales. Peores que los de dos piernas.
otros decían: "Hijo, amor a Cristo".
unos decían: "Contribución, mister, a trabajar en mi leyenda,
a tejer dentro de iglesia,
cera para monumentos,
aceite para lámparas y condones
huevos de cenizas,
doctrina y ciegos doctrineros
condonar la vaioleishon es el camino”.

Viruela: terrible latina cocinando para los hijos del verdadero dios,
guapa y crujiente como su hija latina.
Así dijeron. Cuánto por aquí.
Y después: Rodd, Michael, Silverstone, Antonio, Mickey,
acciones, elipsis, cienciología, pescado, piedras, ceniza,
mujeres, hija, objeto-video personal
esposa-spoiled bratts, que en tres meses
comerán más dos mil dólares en hijas hermosas de otros.
Y a la mujer, que le den, que coma, que guarde la pietro beretta
cerca de su encéfalo o el cerebro reptil de su amante de Guyanas, ese africano
y su hijo idéntico a Bruno Mars, decía,
noche a noche. Día a día.

Migration took us to evilness, he said.
Ojo a los aviones que deberían explotar.
Hombros al soplo de tu capacidad de no existir,
Mejillas a lo duro de tus gotas, ay, tus gotas.

En management de hoteles trabajó un guatemalteco,
año cuarenta días, con green card.
yo, desnudo, filmaba, encerrado en oscuro estudio análogo,
la claridad murió en las cavernas.
Tuve un gramo de chile guajillo para mi pulso.
Yo era más delgado que Benito Juarez
Pero nunca vendí nada que no sea mío.
Tra-vagué, tra-vagué
Jalé, jalé.

Hice la proforma con que usurparon en corporación los señores,
que le dieron desnudez y plusvalía a los sindicatos.
Y un black friday, amanecí desdoblado,
con vómito de monedas entre cheques y billeteras.
Así, vendí mi alma, llena de plazos,
En la misma proforma de los que nos endeudaron.
Y a un dólar, adrede, lo cambiaron,
entre panzas venosas, escritorios y secretarias.
Y a su nombre, hiciéronme agradecer el hambre,
la sed, los escotes diarios de la banca, y la antiraza de mi condición.
Así avisa al mundo, amigo de mi angustia.
 Di. Da diciendo. Que el FMI te pague.

Y bajo ese mismo Dólar,
negra nube de usureros de lino se armó. Tantos.
Hicieron cientos de edificios.
Miles de herederos sin quijada.
Robos de cuentas. Paraísos fiscales debajo de la cama.
Dejáronme una cuenta magra en el sistema,
sin aval, con mucho arancel... ¡dejáronme!

Y luego en cabarets carísimos donde molían sus sogas,
exigiéronme mis manos verdes
como la constelación de Eurión.
Colegas de cobranza bebieron mi centavo áureo,
Hiel y autos.
¡Y me enseñaron el triste sueldo del trabajador!
y la desesperanza.

Dios Masterdard. Dios Masturbard. Dios Fornicard.
Usted, deidad, no merece ser ni hembra ni varón.
Usted es todo lo contrario de lo que va de la nada hacia la nada,
como el asalariado ahorcado por la ley.
No les busco, pero sólo a ustedes adoran.
¡Wall Street! ¡Ozuna! ¡Bad Bunny!
Si tan sólo supieras, verdugo del futuro de la herencia,
cómo cobraban sin razón
los mismos que besaban tus llagas en el medio de la lepra.

"Longo, chiro y de pata sucia, calzoncillos rotos y medias con monjitas,
longo arribista, cuenta los cuotas a módicos plazos"
1.500, 3.000, 5.400, 7.200, 25.00, 75,00. USD
Así aprendí a descontar, con mi honor y mis hazañas, en tu idioma señor Smith,
y luego levantándome más endeudado que la concha y la verga.
Tenía que lamer el culo y la pinga del prestamista.
"Gracias que tenga buen día, amigo", dije y cerré el cel, lleno de hedor y de pobreza.

En la aduana también,
entre contadoras, abogadas y modelos
había una llamada La Gatita.
Un día se le cayó un smartphone de oro,
Ay, se le cayó en mil pedazos.
Y el auditor Jean Paul Chicaiza, tanto odio para nosotros,
por retorcido de cuentas alegres,
cogióle las nalgas y se la llevó al Tantra.
Ella, ni un gemido, ni una lágrima,
pero dijo una palabra tan suya y tan nuestra: ¡Pagas vos!
Y él, muy cobarde, puso una tarjeta sin fondos
en la bandeja, hasta que estuvo rechazada y luego la besó en los labios,
así, que ella se abrió como un ave decepcionada.
Cinco días le bloqueó,
yo la encontré muerta de iras, en la barra del bar sucio y limpio at the same time.

Y al Tony Balsas, el hijo imaginario del general Balsas, se le iba saliendo el terror
por la homosexualidad escondida,
le persiguieron: un chiquillo con tarjeta extendida y cupo ilimitado
con fuete le perseguía, iba a la cabeza.
Y él, corre que corre, como marica herido
por esas calles de bares, polvo y coca de cal,
hasta que cayó rendido a los pies de tantos efebos.
Amáronle. Amarráronle el pelo a un video porno que lo destruyó entre su familia,
y destrozáronle hasta mitad de enero, en la gran plaza de la moral de la virgen con himen.
Allí le rellenaron la mariconada con sermones y whisky importado.
Él era todo piernas, todo trasero, todo boca:
"San Sebastián, sorry, hermanita, Santito de mis flechas mal puestas, perdóname el gusto de la estrella".
Nadie le vio terminar.

Pero un día pagué la tarjeta. ¡Y ahora vuelvo a endeudarme!
Este vacío es mío,
mío, mío para adentro, como gigolo en un coche.
Mío, mío para arriba, más allá del vigilante de mi edificio.
Vuelvo, ¡endéudome!
Levántome al tercer pago, de entre los chiros!
¡Y de los chiros, vengo!
¡Yo soy Jean Paul Chicaiza! ¡Me too!
¡Yo soy Tony Balsas! ¡So do I!
El banco no es mío pero lo amo como a un becerro electrónico,
la tierra se mueve con todas sus tiendas,
sus carteras, su merchandising.
¡Yo soy el misio de América!
Vengo a reclamar mi estupidez.
¡Rockefeller! ¡Ozuna!
Aquí estoy, aquí estamos.
¡Aquí estoy!