Alexis Oviedo / El viejo Alexei, la más querida oveja negra de nuestra familia.








(fragmento)

Una de las ventajas de que se hubiera casado mi tío fue la duplicación de su biblioteca. En mi labor de metiche, encontré en su anaquel un librito negro, sus hojas de papel periódico barato no tenían ninguna ilustración y solo en la portada  podía verse un gallo pequeño, logotipo de la editorial y una A mayúscula roja encerrada en un círculo del mismo color. Su título era “El Anarquismo en el Ecuador”, tema atrayente, tanto por las constantes opiniones negativas que mi abuelo, buen miembro del ARNE de Riobamba, lanzaba sobre el tema; como  por los positivos comentarios que daban un par de chicos de quinto curso, acusados por todo el barrio de marihuaneros comunistas.
Devoré el libro en dos tardes y al terminarlo pensé que su autor sería un tipo simpático. El librito fue una puerta hacia a Errico Malatesta y las Cruces Sobre el Agua de Gallegos Lara.
Años después visitamos con O un consultorio jurídico por un asunto laboral, llegó un individuo pequeño, con gruesos y grandes lentes, dueño de una prominente nariz semítica y de una calvicie incipiente que crecía a pasos agigantados y  O me presentó a Alexéi Páez, el autor del librito del anarquismo. Luego de pocas palabras y bromas cargosas se retiró, haciendo rechinar en las baldosas sus zapatos de caucho color morado.
…
Definitivamente, el docto (o drogadocto como se autodenominaba) Alexéi Paéz fue muy influyente en mi formación académica y en no dejar de buscar becas de postgrado. En uno de mis escasos y breves retornos de la misma, lo vi junto a los amigotes. La calvicie  prominente, contrastando con la barba profética, la delgadez terca y un leve tono verde-grisáceo en la piel. Luego de pocos tragos dejaba caer palabras incomprensibles y no bien pronunciadas. La  mirada larga, retadora o perdida y cuando parecía que se quedaba dormido, se levantó  y salió sin despedirse.
Lo vi tres veces más. La primera acompañando con su aplauso fervoroso las melodías entonadas por mi hermano. Noche donde traté de calmar su acceso de claustrofobia, cuya víctima fue la portería del edificio donde libáramos.
La siguiente vez no bebió nada y nos acompañó casi silente.
La tercera, lo vi dentro de una caja de madera. Aquella tarde de diciembre, luego de la ceremonia masónica en su honor, amigos, conocidos, alumnos, camaradas, sus ex novias,  admiradores e incluso algunos detractores nos dimos cita en las afueras del edificio y apuramos un vodka en su honor. Todos supimos que descargar nuestro dolor y a la vez rendirle homenaje significaba libar juntos como siempre, como si continuara con nosotros. Casi 30 tipos nos reunimos en la última cantina por él frecuentada. Bebimos, reímos, evocamos y puteamos al hermano que se nos adelantaba. Cantamos canciones anarquistas y revivimos las aventuras y desventuras que van formando la Saga del Gran Encamador.



Alexei Páez ++







VII


Insomnes memorias
Perpetuas presencias
Corazón atravesado. Espuelas
Memoria castigando 
Aquel silencio

Vocifero alaridos
Desatinados, complejos

Enorme huracán
Presencia, sueños
Recordando tu sexo
Confundido, caricias eternas
Siguen cobijándonos

Aquellas memorias
Visiones laterales
Tu sombra, tus pechos
Sobre mi cuerpo

Secreta manera…
Aun te poseo
  
Fantasía tenaz difunto, amado…
los antiguos suponían adolescentes
muertos pronto
hijos de los dioses son

Allá,, memoria
Tu  puedes morir
la paz no corresponde

Este sitio….

Laberinto…fuerza



Iveda Hoe Maral / A pecho abierto




Mas tarde
en negro y rojo
la palabra
abre solo abre
todos los colores
en compás
de coraza de sol
silba y ataca
al tiempo
gira en días
camina
que es calma
tu abrazo
de hermano.


LAS VECES QUE CANTARÈ

Las esquinas de hiedras tropicales
en verdes manos tocan la puerta
entregan gestos alegres
comen tierra seca
en barros ladrillos incompletos
en bigotes descuidados de ajo
antes que la virgen
en atuendos de momia
con otras momias
en el centro de la plaza
iluminadas de cantáridas
salpiquen gritos
de almidón vestuario.

¿Quién bajará de las cúpulas?
el caído cuerpo
en vigilia de sonidos
camina con furtivas mozas
regala comidas engañadas
y comienzos de tedio
caen como ángeles viejos
ya sin vestidura
revelan
que sí tienen sexo
al final
cuando la niebla
desaparece a las campanas
que tenues, silenciosas
son la misma historia
inundada de hiedras
que hablaré y cantaré
en las pesadillas.





Marcos Rivandeneira S.

Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2014



La rubia linda y el maricón de mierda


       Perdón porque la educación que damos a nuestros hijos es la misma limitada, sarcástica, machista y abusiva que recibió nuestra generación en escuelas y en las casas. La burla del feo, del cuatrojos, del narizón, del enano, del maricón de mierda, del gordo asqueroso, de la puta, de la fácil, de la reinita, de la rubia linda, del longo sucio, de la negra del montón, del matón, del loco y del comunista o capitalista solapado que habitan en esta sociedad mediocre en donde estamos acostumbrados a encasillar y despreciar.

         Perdón porque inevitablemente volveremos a idiotizarnos con la monotonía en busca dinero para pagar deudas, de obnubilarnos con la televisión y el fútbol y porque inevitablemente seguiremos haciendo el amor sin amor.

         Perdón por este mundo que dejamos medio gastado, bastante desteñido, superpoblado y desértico, sin importarnos si desaparece o no alguna u otra especie.

         Perdón por los animales atropellados, por los gatos que se van de casa a morir en otros tejados, por los perros arrumados en los bordes de las avenidas muertos con las patas arriba y el vientre destrozado.

         Perdón por el ganado que debemos faenar para satisfacer los deseos sibaritas y no haber podido evolucionar y superar el animal carnívoro, depredador y asesino que llevamos dentro.

         Perdón por las clínicas fanáticas que curan la homosexualidad, perdón por los neonazis asesinos y por todos los extremistas, que no son lo suficientemente tolerantes con el prójimo.

         Perdón por haber creado la palabra y el concepto de “normal”, que es una aberración discriminatoria.

         Perdón por las farmacéuticas abusivas, insensibles, incorregibles  por la producción de armas que buscan producir guerras entre los pueblos para enriquecerse con su venta, someter a los débiles y aprovecharse de sus recursos, por las fábricas de cosméticos que nos venden ilusiones.

         Perdón por los 24.000 seres humanos que mueren de hambre y desnutrición cada día, perdón por los 18.000 niños que no tuvieron ninguna posibilidad de darse cuenta que estaban dentro de esta estadística.

         Perdón por los niños que mueren de sida. Mientras el mundo se consuela en oraciones y peticiones a un Dios creado a nuestra imagen y semejanza: sexista, opresor y homofóbico.

         Perdón por pasarnos la vida preocupados por los centros comerciales, los escaparates con maniquíes de curvas perfectas, de la tarjeta de crédito, de la cédula de identidad, del pasaporte y la visa a los Estado Unidos. Por el cansancio diario, que no nos permite abrazar a los hijos antes de hipnotizarnos con la televisión, el internet o los juegos de video.

         Perdón por las comidas congeladas, por la chatarra grasienta, por los infartos consecuentes.

         Perdón por los abortos permanentes, las clínicas ilegales, los procedimientos inmorales, las mentiras autorizadas para el bienestar social.

         Perdón por el desamor, deshumanización permanente, por los sicarios, por los relegados que son empujados a convertirse en ladrones, criminales y abusadores. Perdón por esta sociedad reproductora de criminales.

         Perdón por los árboles talados, por la deforestación, por la erosión del planeta. Por las casas de madera, por la leña, los hermosos muebles, los embalajes para transporte y las fábricas de papel. 

         Perdón porque hemos matado a los visionarios, los hemos crucificado, perseguido en la selva boliviana, asesinados en el Edificio Dakota o bombardeado en la Casa de la Moneda o en cualquier otro lugar donde se genere conciencia social.

         Perdón por este texto que abre los ojos, indispone, molesta y no cambiará nada en nuestras vidas. 



John P. Solís / Milagro



Yo tuve entre mis manos el frágil milagro de sus ojos de cristal,
tuve en una mirada la eternidad del cosmos y todas las coincidencias
del amor que llega una sola vez…

Me cubrí con el manto de luz de su cuerpo,
bebí su esencia de gaviota,
volé con sus alas..

Sus caricias fueron la estampida de luceros
que desaté de mi cueva de siglos y fracasos.

Fui dueño del tiempo y amainó el dolor,
en esa noche esperada por todas las noches,
en ese minuto esperado por todos los minutos.

En el efímero laberinto de sus labios,
en el segundo de su roce, comprobé la existencia del amor
que llega una sola una vez… y se va.


 

 

Carlos Luis Ortiz / Tiempo de lluvias




Porque nacerás en tiempo de lluvias,

y te perseguirá la humedad que en sus órganos se mece

porque la lluvia será siempre ella

la misma con más o menos fuerza

dependiendo del piso que la soporte, del amor que haya dejado en su terraza

y amanecerá y nacerás en tiempo de lluvias

regándote sobre mí tanto que me haré agua como hombre,

como mujer cuidando su jardín submarino

Porque nacerás en tiempo de lluvias.

Seremos levedad para caminar sobre los lugares que se hicieron forma más allá de su /

muerte

Donde seguimos creciendo hacia atrás,

hacia el día de la bendición del padre y de la madre,

Porque nacerás en tiempo de lluvias.

Capitán / Conjuro IX - Pasillo - Con mi dislexia




CONJURO IX


Madreselva
                         desolada
serpiente
hija de la nada
cuenco del sueño
templo del  viento …

Papel deshojado
en electrones
danza de millones….
…pasajera especie cansada…

Sabia selva anhelada
mar de paramo  y silencio

Agua
casi
refugiada…

Aire que
escapa al momento ..

poesía , universo ,
…la nada…

Tu y yo
Solo un texto….

(Agua
casi
refugiada…)



PASILLO

El tren que no tomé
tu ‘decepción’
sabe como el cardo
a tu olvido,
mi secreto…

El tren que viaja
por el mar
entre nosotros,
aquel que pasa por tu Sol
y mis recuerdos,
el tren que no conservas ahora,
aquel que me dice que esto es cierto…

El tren que no pide tu perdón
aquel que sigue volando en el tiempo,
el tren que canta en los  valles
aquel que te espera en silencio…

Aquel tren que no tome
tu recuerdo…



CON MI DISLEXIA

Con mi dislexia
y mi mala ortografía,
aún creo
en la poesía…

mi sangre va
quedando en la tinta
y mi no recuerdo
en las eras se pinta…

Hubo un pintor de la absenta
que vendía sus cuadros
como trapos de cocina…

Con mi dislexia
y mi mala ortografía,
aún creo
en la poesía…



Max I. Vega / Las máscaras extrañas

                                          



                          

Fabrícame una máscara y un muro
                       que detenga a tus espías de penetrantes ojos
                         esmaltados y garras telescópicas, estupro y 
rebelión en las habitaciones de los
niños de mi rostro...
Dylan Thomas


Yo no soy el que soy... los pocos        
 sabios que en el mundo han sido...  
Yo no soy el que parezco ser...           
Cuarteto/ M. Vásquez Montalbán    
  
Uno


Una mañana de mayo de 2008 —pocos meses después de la partida de Valentina—, el profesor Dimitri Cordero irrumpió en ese apartamento destartalado de la calle Asun­ción. Los instrumentos aún se mantenían intactos, la carne carcomida y el ambiente comenzaba a contaminarse.

La tarde anterior, dispuesto a tomar el café de las 6 pm en su oficina, se percató que a un costado del buró yacía una hoja de cuaderno doblada. La recogió. Esto decía: «Para un legítimo conocedor del arte expresionista y un insigne aficio­nado de lo retorcido. Dirección: Asunción y Versalles, domingo 11, 9 am. Siga la flecha. P/d: no olvide su cámara fotográ­fica». Arribó a la dirección referida con quince minutos de an­ticipación. Se detuvo en una esquina, miró a todos lados para hallar la flecha que prometía la nota. No encontró nada. Frus­trado, descansó en una vereda temiendo haber sido víctima de una broma. Por fin vio la única flecha pintada en esa esquina muerta de la ciudad:

|UNA VIA ►

«Qué idiota soy, estuvo siempre en mis narices y no me percaté». La siguió rumbo al Norte. Caminó veinte pasos y an­tes de llegar a la mitad de la cuadra, se fijó en que la puerta principal del edificio estaba abierta y a un costado, pegada a la pared, había otra hoja del mismo cuaderno sosteniendo una flecha dibujada a mano, que apuntaba hacia el interior. El pasillo era angosto, oscuro y tan largo que no se distinguía su final. Dimitri lo atravesó sin reconcomio hasta encontrar otra señal. Caminó a tientas hasta el otro extremo del pasadizo, donde se topó con una escalera que solo pudo notar por el contacto de sus dedos con el pasamanos. Ascendió con cau­tela. Tanteaba con detenimiento las paredes para encontrar otra flecha y, al no hallar ninguna, continuó ascendiendo. Le pareció que había llegado al tercer piso; allí encontró otra indi­cación parecida a la anterior, que apuntaba hacia otro pasillo que formaba una letra ele mayúscula en combinación con el primer corredor. Caminó percatándose que la poca iluminación provenía de unos decroitos colocados sobre las puertas. Cada paso hacía rechinar el entablado con el que se construían las casas antiguas. Al terminar el recorrido de ese segundo pasaje, Dimitri encontró una serie de pequeños pasadizos que conformaban un espiral y los atravesó en segundos. Limpiándose el sudor de la frente, seguía tanteando las paredes de ese laberinto. Al fondo del último corredor, destacaba la puerta del apartamento más alejado. «Creo que volví al mismo punto de partida, pero tres pisos arriba».

Ya en el apartamento, percibió una mezcla de distintas fragancias que diferenció sin problema gracias a sus desarrollados sentidos del gusto y del olfato. Desde que era alumno de la universidad, en las horas interminables de preparación y degustación de platos típicos y cocteles, tiempos en los que prefería la cocina a la literatura, tuvo el gusto de optar por lo más excéntrico, tanto en la gastronomía como en el arte.

Los aromas en el ambiente delataron que la noche ante­rior hubo fiesta. Dimitri pudo reconocer el olor de varias sus­tancias que le provocaron una sensación de náusea: alcohol barato, vómito ácido, pintura fresca y una tenue pero constante emanación a fresa que no había sentido desde sus épocas de inspiración y rebeldía en la facultad. Al primer golpe de vista, reconoció sillas volcadas y una mesa de centro repleta de va­sos, algunos con restos de licor, unos vacíos, otros partidos. Miró a la izquierda y se quedó petrificado al ver lo que parecía la representación, a gran escala, del cuadro de algún pintor europeo de finales del siglo XIX: monigotes de tamaño natu­ral, amarrados con sogas a las sillas —excepto uno, colgado, simulando estar de pie y otro desparramado en el piso—, com­ponían la performance. Una puesta en escena macabra que Dimitri podría disfrutar más que cualquiera.

Alguien le ofreció un mural gigantesco y cumplió. Las cortinas habían sido retiradas, así las ventanas dejaban ver a la distancia la estatua de la Virgen sobre la loma del Panecillo. Las paredes estaban pintadas con crayón azul celeste, pero la pintura simulaba el trazo de un niño. El piso estaba cubierto por retazos de periódicos. Adherido a la pared, un candelabro viejo sosteniendo una vela de cera que había sido apagada re­cientemente. Dimitri observó con atención esos detalles para pasar luego a los personajes de aquel cuadro grotesco. Los contó. Seis: pocos centímetros bajo el candelabro, el muñeco más pequeño tenía puesta la careta de una anciana —o de una bruja—, la cabeza envuelta con un pañuelo blanco; tenía un babero del mismo color y llevaba puesto un vestido de primera comunión. A su lado, el monigote más grande: usaba una máscara de Enrique VIII, el cabello y los labios pintados de escarlata; vestía una túnica raída sin color definido. En la mi­tad de la representación se sostenían, amarrados en sillas, dos personajes del mismo tamaño: un hombre y una mujer. Junto a Enrique VIII, el hombre pintado el rostro como un muñeco ciciobello, con expresión de serenidad, usaba un sombrero de lana color azafrán y un lazo negro de seda terminaba de deco­rarlo. Su vestimenta era más extraña que la de sus colegas —pensó Dimitri—, pues este estaba envuelto en el lienzo de un cuadro viejo que había adquirido una tonalidad turquesa, producto de numerosas reutilizaciones. A un costado, sentada, su pareja: un monigote con una falda azul de lino; su torso es­taba cubierto por una capa rojo-sangre que ocultaba sus bra­zos —si los tenía—; su máscara estaba hecha de papel molido y engrudo, pintada de blanco y con la expresión de un arlequín que había perdido el alma. A su derecha, el personaje más elegante del clan: lo vistieron con un traje de casimir negro, un sombrero de copa y unos mocasines recién lustrados; su rostro había sido maquillado con base, delineador, rímel, pintalabios granate, como si se tratara de un auténtico caballero francés. Finalmente, tumbada en el piso, yacía la última figura frente a la que Dimitri apenas podía mantener la compostura. Era una muñeca, la más realista de todas, desnuda con el cuerpo pintado de azul egipcio y el rostro maquillado como una prosti­tuta; lo único que la cubría era una bota negra y en su cabeza un turbante, semejante al que, un siglo atrás, solían usar las mujeres para ir a misa.

Dimitri experimentó una mezcla de emociones inconciliables. De repente, le pareció ver que la efigie tendida en el parqué había efectuado un movimiento. Acercándose a ella, quedó paralizado al descubrir que la muñeca, de hecho, era una mujer verdadera. Revisó a los demás polichinelas y com­probó que se trataba de personas reales, disfrazadas y pinta­das. Examinó el pulso de cada una: ¡vivían!, pero inconscientes por el alcohol y las drogas ingeridas la noche anterior. Después de llamar a la ambulancia, tomó fotografías antes de la llegada de los paramédicos. Y descubrió que en realidad eran cinco personas, tres hombres y dos mujeres de alrededor de vein­ticinco años (el disfraz de Enrique VIII había sido rellenado de trapos y retazos de tela). Creyó reconocer a algunos de ellos, tal vez fueron sus alumnos en la facultad. Llegó la ambulancia y los llevaron a todos casi sin vida (igual como sucediera en diciembre en el palomar de esa casa de citas de La Tola). Cuatro de ellos ingresaron ya muertos al hospital. El quinto reaccionó favorablemente a los primeros auxilios, siendo atendido du­rante veinticuatro horas y dado de alta a la mañana siguiente. No recuerda a ciencia cierta lo sucedido.

«Seguramente conozco a quien lo hizo, porque él me conoce. Ahora quiso que apreciara su obra. Sé que no moveré un dedo para encontrarlo, él vendrá a mí, esclavo del ego. Por lo pronto revelaré estas fotos y me llevaré la máscara de papel, este violín caoba, el cintillo verde y este frasco marrón que es­tán regados en la sala, para examinarlos».

Ocurre que cuando nos paramos frente a un lienzo que muestra varias figuras antropomorfas, deducimos y nos con­vencemos de quién o quiénes lo protagonizan, sus personajes secundarios y los extras. Lo mismo sucede en esta pintura. Igual a una partida de ajedrez donde se sabe de antemano que las piezas preponderantes son la Dama y la Torre y, sin embargo, hay posiciones en las que el Caballo o inclusive un Peón pueden llegar a ser más poderoso. Es verdad, omití ciertos elementos que también formaron parte de la «puesta en es­cena». El cintillo verde ajustaba el frasco marrón, mientras que la máscara de papel descansaba sobre el violín caoba. Después de interrogar a Dimitri, la policía confiscó todos los objetos, ex­cepto la máscara que este pudo escabullir en el revolú. Nadie la tocó esa noche; no obstante, su presencia cumplía una fun­ción importante. Ahora lo recuerdo claramente y, a no ser por el tamaño de sus orificios nasales, estaría convencido de que es la misma máscara que Samuel Vargas llevó a clases durante toda su carrera. 

Una de las pocas ocasiones que descuidó la máscara, debía presentar un boceto de narración para la clase de Análi­sis y Creación Literaria. Se trataba de proponer una nueva obra cuyo objetivo era el de resucitar el género policiaco en la novela latinoamericana. Era la tarde del martes 5 de febrero (tres meses antes de los acontecimientos de la calle Asunción). La clase se reunió en el aula 209 a pedido del profesor, el Dr. Oswaldo Molestina, por tratarse del sitio más sosegado de la Facultad, donde el ruido de los vehículos no sofocaba las pa­labras, pero esa sería la última ocasión que se reunían ahí. Era una tarde normal en Quito: el sol iba ocultándose y el frío se apoderaba del salón. El Dr. Molestina sacó de su maletín algunos libros, lápices, esferográficos y marcadores. Buscó el instrumento más adecuado para hacer apuntes en el pizarrón de tinta líquida y dio inicio a la clase con un retraso de diez minutos, como de costumbre. Prefería que todos los alumnos estuviesen presentes para empezar la cátedra. Sin decir nada, escribió con marcador morado un titular, mientras la clase cuchicheaba. Se trataba únicamente de dos palabras mayús­culas: OBSERVAR Y ANOTAR.

Regresó a su asiento; los miraba con paciencia, ensegui­da se levantó como impulsado por un resorte y dijo:

—Aquí tienen el primer principio por considerar para concebir una narración. Todo, absolutamente todo lo que vemos, escuchamos y sentimos podría sernos útil. Cuando algo les llame la atención ¡anótenlo! Lleguen a sus casas y revisen lo apuntado, con ese material podrán desarrollar una historia. Saber discernir qué es valioso y qué no es clave; ello dependerá de su conocimiento, sensibilidad, experiencia y sentido común. En otras palabras, una vez que hayamos reconocido que un elemento X nos puede servir, es preciso que lo anote­mos pronto en nuestro cuadernillo —ya les he dicho que deben tener uno—. Lo vuelven a leer y, si pasa ese segundo filtro, ya tienen algo con qué trabajar. La clase anterior les pedí que tra­jeran una idea, boceto o esquema para una novela corta escrita por ustedes. En este curso vamos a analizar y descuartizar sus textos. Es posible que al final se rescaten uno o dos párrafos. Veamos, señorita Ortega, qué es lo que tiene.

—Bueno, Oswaldo, yo tengo el esquema de una novela policiaca —dijo Emilia Ortega, con su habitual tono de soberana, típico de las alumnas muy estudiosas y odiadas. Lo gra­cioso es que van pasando las generaciones y siempre en cada una hay una representante de la alumna «matona», soberbia y egoísta; como si la última le pasara a la siguiente una antor­cha simbólica diciendo «aquí te entrego la posta de mi trabajo, tienes una gran responsabilidad. Hazlo bien». —Utilicé fichas —continuó—, mapas conceptuales, cuadros sinópticos, entre otras herramientas. Se trata de la investigación que hace un célebre escritor (y también profesor universitario) sobre el cri­men de un reportero de prensa. Después, una alumna suya se une a la investigación. Los dos se enamoran. En las calles, du­rante la investigación, aparece un tercer personaje, amigo del periodista desaparecido y decide ayudar al escritor y a la chica. Cuando el escritor está a punto de resolver el misterio, desa­parece y más adelante también ella. El amigo del periodista decide continuar solo con la investigación y en la escena final hace un terrible descubrimiento y es que…

—Espera un momento —interrumpió Oswaldo—, prime­ro me gustaría que me explicaras en qué consiste exactamente cada elemento que has mencionado y cómo desarrollaste el esquema. Suena bien lo que has dicho, tal vez pueda ayudarte a pulirlo.

—Desarrollé el esquema más básico de la narratología: primero se me ocurrió la idea de un crimen como lo más general, luego determiné la trama, ya sabe, introducción, primer nudo, desarrollo, segundo nudo y el desenlace. Después los personajes, lugares, tiempos y narradores. Con la ayuda de los cuadros sinópticos, armé la historia definitiva y en las fichas escribí los capítulos. Eso es todo.

—¿Tienes escrita la primera línea?

—Sí. Aquí tengo. Y no solo la primera línea, sino todo el primer párrafo.

—Ajá. Ahora léelo, por favor.

 —Está bien. «El nombre de Aarón Paladino ha sido cues­tionado desde el momento en que decidí dedicar mi vida a la literatura, será gracias a obras como: El fantasma homosexual de Edgar Allan Poe o Semen derramado sobre un cuadro de Picasso, cuando gané el odio del público. Sin embargo, tengo la conciencia tranquila porque sé que siempre he tratado de llegar a la verdad poniendo todo mi esfuerzo y honestidad en ello. Aunque puedo decir que he alcanzado objetivos y que mi nombre, aunque cuestionado, no será olvidado; hay algo de mi obra que pienso falta y antes de morir quiero completarlo: la escritura de una página de la vida real. Tomemos como ejem­plo un caso que ha inquietado mucho a nuestra sociedad en los últimos meses: la desaparición del periodista Andrés Bozzo. Sabemos que este hombre, después de hacer un reportaje so­bre las chicas scort en la ciudad, nunca volvió a su casa ni se supo nada de él. ¿Qué más sabemos? No mucho. Se han hecho varias especulaciones sobre quiénes fueron los responsables o si aún está vivo. Eso en realidad no me importa. Lo que me interesa averiguar es: ¿cuáles fueron los motivos de la desa­parición de Andrés Bozzo? Esta investigación será la postrera obra literaria de mi vida y a la que dedicaré mis últimos días. Espero tener éxito y que Dios me bendiga».

—Este párrafo me recuerda el inicio de El túnel —dijo Oswaldo—, donde el narrador es el mismo protagonista y habla en primera persona. También se asemeja en el hecho que nos advierte que va a narrar una historia cuyo motivo principal es el mismo. Ahora bien, ¿qué les parece a ustedes lo que propone este fragmento?

—A mí me parece que no aporta en lo más mínimo al ali­caído género policiaco —dijo Samuel—. Solo veo otra historia de crímenes, amoríos de mercado, misterios, giros inesperados y asesinatos en serie. Nos plantea una vez más la interrogante de ¿quién será la siguiente víctima? Y claro, ¿quién es el asesino? ¡Ah! Tú propones que habrá más de un narrador, ¡qué genial! o ¿tal vez estás orgullosa de tu narración porque le tendrás al lector todo el tiempo suponiendo y especulando? Emilia, por favor, ¿dónde está la pasión en este proyecto? ¿Dónde está la ruptura? ¿Dónde estás tú en estas líneas que leíste? Creo que lo único interesante está en la entrada del protagonista cuando cambia de una manera muy fina de tercera a primera persona en una sola oración. Nada más.

Emilia lo miraba con rabia, pero nunca se atrevió a interrumpirlo.

—Es como dijo Ernesto Sábato en Abaddón el Extermi­nador, aquí lo tengo justamente —continuó Samuel— en la parte en donde Quique propone una serie de ideas para la creación de una novela. ¿Crees, Emilia, que son unos genios los pseudonarradores que escriben, por ejemplo, una narración sin mayúsculas ni tildes ni signos de puntuación? Para mí únicamente son unos hijos bastardos de Joyce o de Camilo José Cela que, como tú, no tienen idea de nada. Quique es­boza una serie de sugerencias para que un futuro investigador las considere, seleccione las más convenientes, las desarrolle y pueda crear una verdadera obra literaria; creo que tiene mu­cho que ver con lo que estamos discutiendo aquí, si me permite Oswaldo leer este fragmento. El personaje, entre otros puntos, plantea lo siguiente:

9. Novela en que el lector debe reempla­zar la palabra papá, cada vez que aparezca, por televisor (o por sapo, o guirnalda, o estereofonía, patapúfete). Variante más complicada: el sustantivo papá debe ser sustituido por un verbo, lo que jode bastante la construcción, pero ahí está la broma y ahí se pone a prueba la habilidad del lector. 10. Novela-lotería: se vende en combinación con la Lotería Nacional. El número pre­miado indica el orden en que deben ser leídos los capítulos. Los premios menores dan otras novelas posibles, aunque de inferior calidad. Si se saca solo terminación, la novela se convierte en un cuento así de corto.

—Es interesante lo que dices, Samuel —dijo Oswaldo con voz grave—, pero hasta ahora oigo que estás reproduciendo el criterio de Sábato. Me gustaría escuchar tu proyec­to.

—Con gusto, pero antes quisiera que me permita termi­nar este fragmento: 15. Novela en combinación con el Intelligence Service: leída literalmente es una cagada, pero con la clave que se vende por separado es una interesante revelación de la nue­va ola. En esta última idea quiero detenerme. Al leerla por pri­mera vez, me sentí un tanto frustrado, porque yo, justamente, había tenido una idea parecida y pensé que el autor se me adelantó. La volví a leer y me di cuenta que eran dos diferentes. En este punto yo propongo la idea número 16, siguiendo el es­quema de Sábato y se puede adaptar al teatro también: de igual forma, se escribe una novela dividida en dos partes y se publi­cará en ese orden, tal vez con un año o dos de intervalo. Aquí no habrá libro de claves ni páginas en blanco ni destrucción de las reglas gramaticales. La primera parte cuenta en orden cronológico la vida de un hombre solitario que no pega una con las mujeres. Allí relato sus intentos frustrados, sus experien­cias traumáticas, rechazos, humillaciones y los interminables ratos de soledad en su cuarto donde se la pasa cavilando y su­friendo. Vive solo y casi no tiene amigos. También relataré un par de momentos traumáticos de su niñez, que posiblemente provocaron en él esa incapacidad absoluta de acercarse a las mujeres. Pasan los años y su situación no cambia. Afectado y abatido, toma una medida desesperada: adopta a una niña pequeña para criarla y educarla, con el propósito de que cuan­do ella cumpla dieciséis años se convierta en su esposa. En la primera parte continúo narrando los sucesos del protagonista en compañía de la niña. Cómo la mantiene, le enseña cosas, la asea, la viste, la alimenta y cómo se va obsesionando con ella. Más adelante narro cómo la lleva a la escuela, al club de músi­ca, al parque. Y también sus celos enfermizos cuando ella le cuenta que le gusta un niño. La castiga y a base de manipuleos consigue que Minerva (ese es su nombre) se aleje de cuanto niño se cruce en su camino. Viene el colegio y para el protagonista es más difícil aplacar las hormonas en estado de ebullición de la adolescente; pero siempre logra que ella no se relacione con nadie. Cuando Minerva cumple trece años, le explica qué es para él. La niña acepta. Finalmente cumple los dieciséis años y el día del matrimonio, en la luna de miel, él se suicida.

—Eres un depravado —dijo Emilia—. ¿A eso llamas arte? Y te atreves a criticarme, yo diría más bien que tú eres un hijo bastardo, pero de Bukowski.

—Aún no he terminado. Al igual que la idea de Quique, se publicará una segunda novela con algunas escenas que omitió el narrador en la primera parte. Como una especie de novela paralela, aclarando cuestionamientos que pudieron surgir. Se trata de una obra que complementa la primera y las dos for­man una sola. Esta segunda obra empieza tan pronto el pro­tagonista no puede más con su soledad y decide adoptar una niña para casarse con ella. En los primeros capítulos se cuenta el trato poco filial que el individuo mantiene con la niña, para que ella no lo vea como a un padre. Pero no deja de darle cariño y protección. Él le enseña a bañarse sola; sin embargo, en oca­siones, desde que la niña tiene siete años, ya no se aguanta y la baña él mismo, prepara el agua caliente, la lleva al baño, le quita la ropa, entra a la tina con ella y empieza a enjabonarla, masajearla. Salen del baño. Le pone talco en su cuerpecito y escoge el calzonario que va a usar. Cuando termina le deja descansar y él corre a su cuarto a masturbarse. Capítulos más adelante, cuando la niña va a la escuela, él toma su ropa interior y se pone a aspirarla. Algunas noches, mientras ella duerme, se acuesta a su lado, la abraza y empieza una lucha consigo mismo proponiéndose no hacer nada, y siempre ter­mina poniendo su mano izquierda en uno de sus pechos, luego va bajando. En otro capítulo, cuando ella cumple once años, los dos se van de camping a la selva. El ambiente del lugar, el calor hicieron su parte y bueno, el resto no es difícil imaginar. Hacia el final de la obra, cuando Minerva cumple los dieciséis, el viejo se dio cuenta que la joven era un objeto moldeado por él, sin voluntad ni temperamento. Minerva, en definitiva, era el producto de sus enseñanzas, de todos los abusos cometidos y de aquello que le privó y los traumas que le transmitió; la joven hacía lo que él decía sin una pizca de dignidad ni conciencia. Todo eso lo llenó de amargura y desolación, más que la sole­dad. Y se mató.

—¿Qué pasó con la chica?

—No se sabe, ahí termina la novela. —Samuelito —dijo Oswaldo—, no podía esperar otra cosa de tu cabeza. Me gusta la idea. Ahora desarrolla el primer párrafo y para la próxima clase lo analizaremos.

Una vez más, el taller finalizó quince minutos tarde. Os­waldo abandonó el aula sin mirar atrás, después los alumnos. Samuel se quedó revisando algunos apuntes y cuando se dio cuenta, se había quedado solo.