Pedro Gil / Bukowski, te están jodiendo



Confinado, 
con la mano derecha y el alma recuperándose
de una operación quirúrgica,
te evoco genio de las multitudes.
Porque
Chinaski, te están jodiendo.
En los bares los karaokes los night clubs
desaliñados remedos de rockeros punks versificadores
arman recitales cagones homenajes
basándose en tu fama en tu nombre
si reúnes a una docena apenas alcanza
a rescatar un verso blando fofo
porque no se trata de una competencia de borrachos
porque borracho es cualquiera
porque beben dos días citan unos versos tuyos
arman una pelea
dan y reciben bofetadas de niña
buscan el reconocimiento y no la creación
y no son reales y no son reales y no son reales, Hank,
no nacieron para robar la rosa roja de la avenida de la muerte,
sí nacieron para robar las tarjetas de crédito a papi
llamar a mami para que los recoja en las madrugadas mediocres
si llegan a entrar a la cárcel se los culean
repito
primero ser famosos luego ser escritores
sueñan con eso humildes narcisistas
enamorados de sus vómitos
zorras y zorros subiendo en la internet sus abortos
muchachas y muchachos proclamando sus putadas
sus mariconerías creyéndose inventores del agua tibia.
Edgar Allan murió alcoholizado el cuerpo sobrio su talento.
A Fante le cortaron una pierna pero no su carrera su oficio
de hacedor de historias auténticas espectaculares
Salinger no asistía a las tabernas
pero sigue siendo más irreverente que millones de borrachos
que habitan en millones de tabernas
la dura y bella Duras se tomaba 8 litros de licor al día
y no se presentaba a escandalizar en los festivales de escritores.
Gente real: ¿hijos de Dios? ¿Hijos de Satanás?
ni tú ni ellos ni yo lo sabemos tal vez nunca lo sabremos.
Chinaski, te están jodiendo,
por conveniencia todos ahora fingen ser perdedores
para exhibir
sus falsos éxitos
sus falsos fracasos.
Escriben sobre la marginalidad desde un auto de lujo
sobre las cloacas tapándose la nariz.
Viven la moda Bukowski
la moda digo “malas” palabras soy maldito soy bueno.
Sobre la soledad absoluta
colocando sus mejillas en los pechos de sus mujeres
o sus maridos.
En realidad son un salivazo a la realidad
porque tú me enseñaste que hay peores cosas que estar solo.
A las 7 horas 59 minutos de esta mañana
de este inicio de semana te pido un favor:
ampárame inspírame protégeme.
Que el perro del amor no se queme en el infierno.
Que consiga trabajo en la Gran Ciudad.
Que por lo menos sea Gerente del Banco Mundial de los Inútiles.
Que la fama no me mate.
Que no me lance de un segundo piso.
El sol hace ejercicios de yoga.
Necesita lucidez para enfrentar a los motores.
Los jilgueros cantan burlones confiados
están fuera de la contaminación.
Escribo con una mano.
La mano derecha se repone.
El corazón de mi mujer también.
La pelea sigue.




Carlos Luis Ortiz / Panorámica de la poesía actual en la línea imaginaria







Es válido el silencio, la manera en que hilvana la idea para hacerla materia indeleble, para fundar la palabra irreparable, el milagro y el daño. El silencio que antecede al poema como el aura en que toda obra de arte se involucra es la puerta que abre el camino al trabajo literario y poético. Sin embargo, del otro lado del oficio como escritores de poesía, hacia dónde va dirigido el texto, ¿existe un público para la lectura de poesía en el Ecuador?, ¿o es un público callado, temeroso de la inutilidad que el poeta pueda darle generosamente? En este sentido el silencio es peligroso, atentatorio, incluso cuando se ha perdido toda esperanza en la poesía. Entonces es preciso romper el hielo e involucrarse con los discursos que actualmente se difunden, los que no necesariamente conforman una “generación literaria” en el sentido exacto de la expresión (no existe una ideología determinada ni un estilo marcado que la identifiquen como tal), pero permiten visibilizar la escena en voces prometedoras que, a medida que dan apertura a nuevos espacios, crean desde las particularidades de lo cotidiano, desde sus necesidades inmediatas con el fin de ser leídos o escuchados.

Las generaciones literarias han sido marcadas por diversos acontecimientos históricos que definieron una línea de creación determinada, dirigida hacia el ámbito político con un constante ánimo de aversión por los gobiernos de turno y las continuos abusos de poder, como en España la Generación del 98, cuyos miembros se vieron afectados por la guerra con Estados Unidos; posteriormente en homenaje y culto a Luis de Góngora por los cien años de su nacimiento en 1927, un grupo de importantes intelectuales de diferentes ramas artísticas proclama la Generación del 27, afectada a su vez por la Guerra Civil Española, en la que desaparecieron importantes bardos como Federico García Lorca y Rafael Sánchez Masas entre otros. Grupos que desde las vanguardias estéticas marcaron un espíritu de época.

En América Latina se consolidaron importantes movimientos que, desde una militancia política y artística, trascendieron fronteras. Tal fue el caso de los nadaístas en la década del sesenta comandados por Gonzalo Arango, con la consigna de derribar todo establishment en nombre de la justicia social y del arte en Colombia, reivindicando desde su manifiesto el papel del artista como ser humano, bajándolo de su torre de marfil y rompiendo así con la antigua concepción romántica: “Queremos reivindicar al artista diciendo de él que es un hombre, un simple hombre que nada lo separa de la condición humana común a los demás seres humanos”(1). Se valieron de diferentes estrategias de circulación para ser escuchados, intervenciones en espacios privados, performances, incluso bombas y panfletos, porque desde una convicción estética todo debía ser negado, menos la necesidad de decir el poema, poemas desgarradores como un último de Darío Lemos, fiel al nadaísmo que reza: “Muero de feliz. Adiós cárcel. Estoy preparado. Me voy a vivir con Gonzalo y con María de las Estrellas al lado de Dios que es la última posibilidad”.

La poesía de las dos primeras décadas del siglo XX en Ecuador estuvo influenciada por el malditismo francés, siendo Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé y Verlaine, poetas cumbres y paradigmas de los jóvenes vates ecuatorianos que acabaron su vida trágicamente y a quienes Raúl Andrade en uno de sus ensayos denominó “generación decapitada”. Los postulados de la generación decapitada circundaban siempre la muerte y los tan ansiados paraísos artificiales que fueron experimentados por la afición a los sagrados alucinógenos de oriente. En las décadas posteriores, el posmodernismo poético se caracterizó por el desarraigo, la escritura desde afuera por su relación melancólica con la tierra, que habría de convertirse en un tema recurrente de los poetas que se ubicaron entre las décadas de los treinta y los cincuenta. Su más alto exponente fue César Dávila Andrade, el ‘Fakir’, quien miró desde lejos, antes de su suicidio en Caracas, cómo su nombre trascendió. Ya en Venezuela, por fin su carrera se consolidó y su poesía de sustancia metafísica, como su inolvidable Espacio me has vencido, circuló:

Espacio, me has vencido. Muero en tu inmensa vida.

En ti muere mi canto, para que en todos cante.

Espacio, me has vencido...

Posteriormente y alrededor de importantes relatos históricos se formaron grupos —en Quito, Guayaquil y Cuenca— con una militancia política e ideas de izquierda, sin muchos años de distancia a la Revolución Cubana, que trabajaron desde diversos lenguajes —pero sobre todo el poético— la relevancia de lo cotidiano hacia la consecución de la igualdad: en la capital, la Bufanda del Sol o los Tzántzicos —que desde el café 77 daban forma a sus ideas—, y en Guayaquil el grupo taller Sicoseo, cuyos integrantes trabajaron con el lenguaje cotidiano y convirtieron al puerto en un lugar utópico. Para escribir Fernando Nieto (poeta que inmortalizó al Guayaquil de los setenta) años más tarde desde México: “Nostalgizo una ciudad que ya no existe”. Por aquel entonces la casa de la cultura fue importante gestora de sus obras.

La postura política, sucesos históricos que transmitían la idea del hombre nuevo, el ideal de una Latinoamérica unida entre otras situaciones y transiciones sociales-culturales, así como el lenguaje de lo cotidiano y marginal trazaron importantes líneas discursivas que unificaron un corpus literario parecido con importantes rasgos de identidad. En cada década del siglo XX
se pueden identificar temas parecidos o recurrentes desde una sólida postura política hasta una conciencia de la tierra, de lo urbano e incluso de lo místico. Al fin y al cabo todo se unificaba, pudiendo así acuñárseles el término de “generaciones literarias”.

El advenimiento de la posmodernidad, como el fin de la historia, en términos de Lyotard(2), supuso una disgregación de discursos a escala global, que iban a reincidir en una creación literaria de la dispersión. Temas variados, pluralidades en el ámbito social, reivindicaciones de los derechos de las minorías, la abrupta ruptura de las fronteras comunicacionales, las redes sociales y las plataformas virtuales contribuyeron para que se escriba desde lo variopinto. En el sentido de edades, lo generacional permanece vigente, mas no en el sentido amplio de lo literario.


Cambia el siglo, cambian las formas

En Ecuador, la poesía finisecular y la del primer cuarto de este nuevo siglo fueron moldeables a los cambios. En la actualidad existe una difusión que recae en los grupos y públicos minoritarios que la consumen. Se escribe, se publica individualmente, se crean nuevos soportes, se reedita, se da cabida a voces ya consagradas y a nuevas mediante editoriales alternativas que tuvieron y tienen gran realce entre las editoriales independientes. El ser humano actual, desprovisto del contacto humano real, accede a formas de comunicación que atienden a las exigencias del tiempo y de la velocidad. El poeta contagiado del ritmo vertiginoso de las sociedades posmodernas ha de escrutar en el pasado para verse más solo entre sus pertenencias ante un mundo masificado.

La escena poética a inicios de 2000 recae en las publicaciones de autor y de colectivos culturales, como fue el caso de Machete Rabioso en Quito que, entre 2005 y 2006, publicó laboriosos libros de poesía (editados por Carlos Vallejo) con destacados poetas como Walter Jimbo, Enver Carrillo, Marcelo Villa, Christian Arteaga, Fernando Escobar y Raúl Arias, entre otros. Paralelamente, los blogs con contenidos literarios fueron el boom del momento, muchos con falencias y escasa edición que, en cierto modo, no aportaron a un trabajo de calidad y de arquitectura del lenguaje.

Por otra parte, siguiendo el camino ya trazado en un principio en Argentina, surgieron las cartoneras, que intercalaron textos con trabajo artesanal en la construcción de libros que buscan romper el statu quo de las editoriales tradicionales. También en nuestro país aparecieron cartoneras, la primera fue   Matapalo que, con el poeta Víctor Vimos a la cabeza en colaboración con pintores de Riobamba, armó libros para ser presentados en ferias nacionales e internacionales. En Guayaquil, Nelson Bodero, junto con otros jóvenes, fundó Camareta Cartonera que publicó a importantes poetas como Luis Carlos Mussó y Cristian Avecillas; a la par apareció Dadaif Cartonera, y, en Quito, Murcielagario, bajo la iniciativa de Agustín Guambo, cuya labor como poeta fue galardonada fuera del Ecuador con el premio Hispanoamericano de Poesía Rubén Bonifaz Nuño 2014, con Ceniza de rinoceronte que se publicará próximamente en Argentina.

Si bien las formas de difusión anteriormente citadas han aportado a la socialización del trabajo poético, con sólidos y variados discursos, no dan motivos para la aceptación de una ‘Generación Literaria’, ni para caer en los ‘etiquetamientos’ tan utilizados en la historia de la literatura desde la academia, condicionando un trabajo que puede alcanzar metas mucho más amplias que las que un diagnóstico estético pueda darle.

Las ciudades ecuatorianas tan distintas entre ellas han forjado la obra de muchos poetas, se poetiza desde la urbe hacia el sinfín del lenguaje, en palabras de Jorge Martillo Monserrate:

El puerto es una piel de elefante

un colmillo de marfil

un cementerio extraviado en la memoria(3).

Condenado a la ciudad de los manglares, Martillo hace de ella su infinita y placentera hoja de ruta poética. Luis Carlos Mussó, en cuya poesía compromete a la ciudad con la amplia cultura grecolatina, también se involucra con el imaginario de la conquista desde una impronta legendaria y utópica, escribiendo en sus Cuadernos de Indiana: “Y todos los rostros de las mujeres bellas de esta pax hispana se parecen al recuerdo que guardo de ti”. Ernesto Carrión, quien ha deambulado por temas diversos en su prolífico oficio poético, apunta a la blasfemia bien lograda en La muerte de Caín, escribiendo: “Y dios existe; pero igual que un gran artista de maravillosas dotes, nada tiene que ver él con su obra”(4). El río como telón de fondo o como gestor de orillas será en Guayaquil una constante literaria. Wladimir Zambrano se referirá a él de la siguiente manera:

Cuando lleguen los jueces al centro de la tarde

y un arquitecto de naipes comente las conjugaciones del río;

podrán levantarse(5).

La ciudad siempre será pregonera de diversas intencionalidades lingüísticas y poéticas hacia la dispersión discursiva.


Del eros, divinidades y formas del silencio

Desde geografías más lejanas, la poesía tiene voz en uno de los emisarios del eros caído y enterrado. El amor en todas sus formas, sin límites ni restricciones, se embalsama en letras de Roy Sigüenza, poeta que desde “La Loma” (Portovelo, El Oro) apunta a las tribulaciones de la noche desde su más íntimo secreto, haciendo cada vez más resonante su clásico verso: “Iré, qué importa, caballo sea la noche”. O Pedro Gil que desde Manta sigue exorcizando sus demonios. Para el poeta maldito por excelencia la poesía es un rito, una bendición que Dios le ha dado, ese Dios que encuentra en los psiquiátricos, a quien le grita que pare la guerra como súplica, para referirse en una línea: “Lo real es un espanto, lo imaginario también”(6).

La poesía de jóvenes mujeres tiene en el puerto a importantes representantes como Gabriela Vargas y Andrea Crespo. Una necesidad de respuestas a lo infinito, a un Dios sordo al que Gabriela hace referencia es un discurso cargado de ansiedad e incertidumbre:

Ahora sé que el poema se dirige a dios

y sale de dios para consuelo de los hombres.

Crespo matiza sus textos desde las construcciones teóricas del cuerpo, incluso desde las imprecisiones de la androginia, como lo reflejan estos versos de su L.A. Monstruo poemario publicado por Críacuervos:

Las mujeres-travestis no sabíamos a dónde íbamos

pero seguramente terminaríamos bebiendo las preparaciones de todos esos hombres del senado(7).

Por otra parte, poetas que pronto verán impresos sus trabajos siguen la línea del silencio acuñado a la forma, como Andrés Lalé que escribe: “El que no tiene objetivo en su tierra natal es un vagabundo del vacío”.

En Quito, editoriales como Ruido Blanco, presidida por Juan José Rodríguez, (poeta ganador de La Lira), César Carrión y Raúl Pacheco, han publicado importantes nombres a escala nacional e internacional, tal es el caso del mexicano Julian Herbert, el peruano Mauricio Medo, el dominicano Felix Batista y de Ecuador a Andrés Villalba (quien advierte en uno de sus textos que “la poesía no sirve para nada”(8), Santiago Vizcaíno y Xavier Cevallos, entre otros. Eskeletra publicó en 2014 Vesania de Javier Lara, libro que parodia la locura desde diferentes voces. En palabras de Cristóbal Zapata: “Lara trabaja con las obsesiones, los phantasmas y fantasías de los locos, se hace el loco (…) para trastornar y trastocar el sentido de la realidad”(9) .

La disparidad de discursos de los poetas de menos de 30 años y ya con un futuro en las letras da paso a la diversidad de temas y de intuiciones particulares, como el caso de Calih Rodríguez que roza el malditismo en Mi patria es el infierno, o Pablo Flores que, desde una complejidad del lenguaje, estructura imágenes con tintes apocalípticos como lo confirma el siguiente texto:

Tras vaciar el aluvión denegado de la oscuridad

se atrofia el frescor del jadeo de los animales: aquí la creencia del paraíso aludido de infierno

desencadena su furia(10).

Óperas primas como Dictado de la mano izquierda, de la quiteña Lucía Moscoso, quien además ha hecho un registro de la poesía ecuatoriana a través del rock, connotan la intensidad de lo intertextual; o Caníbales de Leira Araujo, que refleja un solvente trabajo de prosa poética como lo demuestra en sus textos: “Y vivimos apuntándonos con pistolas de salva hasta que la muñeca se cansa, nos damos besos y nos sentamos a cenar”. La producción discursiva actual apunta a la disgregación, a la no “Generación Literaria” condicionada por un eje temático específico, sino a los vicios de la posmodernidad, al abarcamiento de todo y nada al mismo tiempo. El silencio existe desde adentro, porque —como escribió Octavio Paz— “desembocamos al silencio/en donde los silencios enmudecen”. Existe poesía en Ecuador, ha existido desde siempre. ¿Silencio? El necesario para seguir escribiendo, el que no entierra. ¿Poesía? Desde el centro y desde los márgenes. De edades diversas o carente de edad. “Duro con ella”(11), al fin y al cabo “todo se queda en casa en este gris burdel llamado vida”(12).

NOTAS:

1. Tomado del manifiesto nadaísta en la web
2. Importante filósofo francés que acuñó a los nuevos cambios de la humanidad bajo el término de posmodernidad.
3. Del Álbum de la Poesía Ecuatoriana reciente, selección Fernando Andrade
4. http://www.margencero.com/poesia/num2/ernesto_carrion.htm
5. Texto tomado de Interior de ciudad. http://www.revistaelhumo.com/2015/04/wladimir-zambrano.html
6. Texto tomado de un epígrafe previo a un poema de Yuliana Marcillo del libro Bandada: novísima poesía ecuatoriana
7. Crespo, Andrea (2012). L.A. Monstruo. Guayaquil: Críacuervos.
8. Correa, Antonio. Bandada: Novísima poesía ecuatoriana, en Andrés Villalba, Drenaje, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito, 2014. pág 117
9. Lara Santos, Javier (2014). Vesania INC. Quito: Eskeletra.
10. Correa, Antonio. Bandada: Novísima poesía ecuatoriana, en Pablo Flores: Veto, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito, 2014. pág. 24
11. Verso de Fenando Nieto Cadena
12. Verso de Fernando Nieto Cadena





Quishuar / El chaquiñán



El camino se doblaba a la izquierda escoltado a cada lado por árboles de cholán que alfombraban de campanitas amarillas el suelo de tierra. Tanto amarillo provocaba una sensación de calidez como si el sol se hubiese derramado por todo el chaquiñán.
La mujer que corría por el camino  viró a la izquierda y sonrió fascinada. Entre el desborde de amarillo, la frescura de la tarde y el olor a tierra húmeda se sentía feliz. Agradecida por la vida, o por lo menos, por ese momento de la vida.
En su rápido  paso pudo ver unas pocas vainas que colgaban de los cholanes, vainas que luego estallarían en flores  y flores que se secarían para dar nuevas vainas. _“El matrimonio es como el cholán; al principio puras flores y después pura vaina”_ ¡Mierda!, qué razón tan cierta, si hasta en los árboles está y la gente no se da cuenta.
El sudor mojaba su cuerpo y el corazón empujaba el pecho como queriendo escaparse.  Cardio y más cardio cada día, eso buscaban todos los que corrían o pedaleaban por el chaquiñán. Un desate de salud y  juventud para algunos o acaso la ilusión de una juventud extendida para otros.
Detuvo el trote y empezó a caminar para darse un respiro. En el camino se cruzó con dos viejas de cuerpos rellenos que avanzaban a paso lento en una animada conversación sobre un pastel de merengue. Llevaban un perro faldero que caminaba también lento al paso de las viejas. _“Perro de vieja, que cuando te acercas huele a sofá de vieja”. “Ese afán de las viejas por hacer pasteles de merengue para seguir engordando y hablando del éxito de sus recetas…” _ Se sintió mezquina por pensar así, después de todo algún día sería tan blanda y rellena como ellas. “Debería estar agradecida de que haya abuelas como ellas para el orden del hogar y la felicidad de los nietos”.  ¡Cierto!, pero solo para la felicidad de los nietos, porque esas dos de ahí, a juzgar por su expresión, no eran la felicidad de sus nueras, de eso estaba segura.
Al rato pasó un tipo pequeño de cuerpo cuadrado y cabello extremadamente corto. Trotaba a todo pulmón mirando siempre adelante como si persiguiera a alguien.  Con una correa halaba un perro que corría con la lengua afuera junto al amo. _ “Seguro que es un milico de esos machazos que le sacan la puta al cuerpo y al perro, para demostrar lo machos que son”.
“No sé qué es peor, si ser perro de vieja o perro de milico. Mejor ser un gato. Los gatos son siempre dignos porque no siguen a ningún amo.”
Ya recuperado el aliento, se sacudió los pensamientos y volvió a trotar, siempre siguiendo el camino de tierra y cruzando el puente en dirección a la viña. Una casona de teja con balcón y ventanas de madera se dejaba ver tras unos arbustos. Era inevitable, cada vez que pasaba por allí se imaginaba a sí misma sentada en la mecedora del balcón releyendo su última novela junto a una taza de café humeante. El olor del café era la única promesa de vida y futuro que nunca le había fallado.
Después salía un hombre al balcón y le daba un beso cariñoso. Era un hombre de cabello canoso y barba corta. Después del beso, el hombre entraba a la casa y se ponía a tocar la guitarra, o seguía tallando su escultura o quizás se ponía a escribir en la computadora o… quién sabe qué se ponía a hacer ¡Ya basta de imaginar! , mejor seguir corriendo y dejarse de romanticismos vanos.
A lo mejor quien vive allí es un simple y mezquino hombrecillo  que le importa un rábano su mujer. ¡No!, un mezquino, no pone ventanas de madera ni dos mecedoras con colores terracota en el balcón.
Una fina lluvia comenzó a caer. Los caminantes y los ciclistas del chaquiñán no se dieron por aludidos y siguieron en su oficio de caminar y pedalear.
Un grupo de ciclistas armados hasta el cuello con etiquetas de marca y ocultos tras la oscuridad de sus gafas pasó aplanando todo a su paso, los pocos caminantes tuvieron que saltar asustados hacia los lados para cederles el paso.
“¡Nunca falta algún imbécil que se cree dueño de la vía porque está sobre una máquina!”
Trató de limpiar su mente de tanta tontería y siguió corriendo y pisando flores amarillas que parecían guiarle el camino. “Si pudiese ser camino.”
“Ten cuidado con lo que pides porque el universo entero confabula para lograrlo”, lo  había leído en algún libro  -aunque odiaba ese tipo de libros- pero cuántas cosas que odiamos acabamos haciendo alguna vez, aunque sea solo una vez.
La mujer se detuvo frente a un cruce y decidió meterse por un camino estrecho que se perdía entre los arbustos. Le gustaba la idea de librarse de la gente y en el mejor de los casos de sus propios pensamientos. Siguió corriendo cada vez más adentro. Se alegró al constatar que se quedaba sin gente. Era extraño, pero le pareció que nunca había visto ese camino. Parecía que no había existido sino hasta ese momento. Se sentía bien allí, sin miradas ni saludos, sin ciclistas que le atropellaran, sin pensamientos inútiles ni perros a quien compadecer.
Ya no había  nada para criticar o quejarse, tampoco pensamientos desordenados que alteren la calma. Solo un fuerte deseo de ser camino de tierra.
“Ten cuidado con lo que pides”…
Y empezó a correr  como si fuese la última vez. Ya ni siquiera miraba los cholanes, ni el colibrí que revoloteaba en un floripondio, tampoco vio el manto gris que empezaba a convertir en noche la tarde. Solo escuchaba un ligero soplo de lluvia que le mojaba la piel. Sentía que algo le empezaba a cambiar en el cuerpo.
Primero fue un pie que se volvió tierra, pensó que debía ser por el polvo que levantaron los ciclistas, pero luego se dio cuenta de que no era eso. Y después fue el otro pie que se cubrió de tierra, y luego fueron las piernas- aquellas causantes de sus idas y venidas-  y después fueron las caderas que ahora eran de arena fina, arena que se mezclaba con la tierra húmeda de sus jugos hasta caer al suelo. Después la tierra llegó hasta la redondez de sus pechos y siguió por su cuello hasta acariciar su rostro, aquel rostro que tanto había gustado a otros y a ella misma, su boca se fue cerrando para ya no decir nada nunca más, su nariz percibió por última vez el olor de las chilcas, y sus grandes ojos oscuros, los miradores del mundo, se volvieron orilla de tierra mojada. Al final fue su cabeza que se llenó de  tierra, tierra y tan solo tierra que dejó volar  las últimas ideas hasta perderse en el viento,  y por fin ya no quedó nada de su cuerpo de humano, porque toda ella se había convertido en camino, un largo camino cubierto de flores amarillas por el que caminaban solo aquellos a quienes les gustaba salirse  del chaquiñán para explorar nuevas rutas.

                                                                Marzo/2015

Andrés Villalba Becdach / You don´t fool me




Narcotizar con alucinación de profundidad la saudade: esta blanca pared que crece y crece es mi única morfina aurora en la vena La autarquía se reduce al engranaje de pérdidas y goles en contra El comején iridiscente es una canoa en tu vientre: cae a la cocción del pupo El oleaje asciende: se crispa en el pubis hasta que es engullida por el milagro labiar crepusculario: el clítoris es un tótem de mucílago: sangre de esmeralda que se deshace hasta ser seca sustancia regenerada en atún sierrilla anguila agua mala eso es tu sexo: la llovizna de un sol agónico: el hervidero de la ola Alcohol Prefiero la espuma del día: ese perro enfermo Los espinos que dibuja el arrecife son animalitos del viento ¿Cuándo brotan orquídeas de las ruinas? Extraño tu cuerito cuerazo cuerísimo moreno mío indomable y arisco ahora que hay ríos de brea en la espalda y las alergias se diseminan en la sangre La silueta de ese pájaro de zinc en la cornisa tiñe mi asombro tiene mi iluso estupor La imaginación va atada a la melancolía Un batracio furioso ronca dentro mío Lo fatal sí es esencial a toda mirada El cruel miramiento de la libélula y su tarjeta roja no mienten: es culpable cuánta droga qué clase de cojuda qué fea por culpa de esa cabroncilla me censuraron la realidad en italia Adentro siempre me ronca un vergajo enfermo Lo malo son las verbenas sublimadas en imperecederas orgías con ese individuo Pero cuántas putas pululan a media cuadra: uno extiende la mano y la mordedura tentativa del prójimo sirve para claudicar hasta nunca más conmiserarse Sigo abolladito porque ayer tuve sexo con una tía abuela que tenía sólo una teta ¿Y dónde nos espera ese ovillo hermético de gozo que tuvimos cuando el funambulismo iba del pulmón a la costilla de la vísceras al hígado? El tatuaje de tus babas y dientes en el momento que muerden mi pecho Una semanita contigo es igual a siete años de casado ¿Campanita originale caraqueña tanasi dónde estás? Tus tetitas impares como los ojos de tom york: un acetato y un minidisc girando los dos: él es una iguana que come algas bajo el agua No me odies marico marico tu naricita rota marico tenías veinte añitos y mis rodillas sesenta lijadas en el rebrote del colchón No se dejó fertilizar el esqueleto en llamas que siempre llevaba en las manos Esto digo inclinado y con el plumero del fuete en los confesionarios de agosto Son paraísos y parásitos los extravíos cuando bebía néctar viscoso de rosas en las cicatrices de tus nalgas: tenías tatuada una cerda en la axila David helgott imagina que toca el piano concerto 3 de rajmáninov con las colillas de su tristeza en el manicomio Qué curioso ayer me encontré con freddy mercury santiguándose y saliendo de una confesión en la iglesia de san blas y me preguntó: ¿qué más loco dónde está la estación de los trenes hacia la antártida? (de jovencito yo quería ser como mercury y me disfrazaba como él: pero no llegué a ser ni gay) Lo sublime existe: la belleza es masticable como las frutas de agua que son una corona en tu pelo Como el corazón que es un pajarito desplumado que muere de frío en mi mano y grita: You don’t fool me Hablo de los deberes que nunca cumplí de los rompecabezas de macho man que nunca terminé de los grifos abiertos para mojar los relojes de la casa De un árbol con un cardumen de niños ahorcados Deberíamos reproducirnos más entre ecuas y mexicas para ver qué engendro sale La salmonela del inodoro no es para mí murciélago Lamentable: sigo en la vicisitud tenebrosa de conseguir trabajo: el riesgo es que me lo den.

Iván Oñate / Los días de la aldaba, de Marcos Rivadeneira Silva







 
Alguna vez escuché decir que el escritor es aquel que desarma la casa de su vida y con los materiales de la demolición construye la casa de su obra. Por su parte a la crítica le corresponde una tarea menos divertida. Con los materiales de una segunda demolición, se pretende reconstruir el destino, la vida y hasta el alma del escritor. O algo más grave y paradójico que reconstruir un alma, encontrar el verdadero sentido del texto que se ha leído. Para librarme del inútil esfuerzo, empezaré por citar a Paul Valéry cuando decía: "No existe el verdadero sentido de un texto. Ni autoridad del autor. Sea lo que sea lo que haya querido decir, ha escrito lo que ha escrito. Una vez publicado, un texto es como un aparato que cada cual puede utilizar a su guisa y según sus medios, no puede asegurarse que el constructor lo use mejor que el otro. Por lo demás, si sabe bien lo que quiso hacer, ese conocimiento le enturbiará siempre la percepción de lo que ha hecho". Sí, así de complejo es el territorio del arte y particularmente el de la poesía. La confianza, la solidez, la certidumbre requisitos tal vez insoslayables en el campo de la ciencia, se convierten en lastre, en peso muerto que impide el vuelo y la polisemia en el campo de la literatura. Impide que nos ilumine la sabiduría de la incertidumbre.

        Por esta razón, y advertido por las palabras del ilustre poeta Paul Valery que exigía una ética de la forma, de ningún modo pretenderé agotar el sentido de este libro “Los días de la aldaba” que Marcos Rivadeneira Silva tan gentilmente ha confiado en mi persona para que lo presente esta noche.



Pero si hay un libro donde calza a la perfección eso de que el poeta es aquel que desarma la casa de su vida y con los materiales de la demolición construye la casa de su obra es precisamente esta: Los días de la aldaba, dice el poeta:

“La tierra misma se estremeció con sus caderas. Y tembló así telúrica en marzo de 1987. Algunas casas cayeron y las iglesias del centro histórico dejaron ver sus interiores virginales”.

Y en otra parte

“Junto a su sexo me entregó la mitad del aire con sus presentemientos de zozobra”.



Y en otra:

“Yo surgí de mujer como confesión de pecado, igual afloraron los vestigios arqueológicos así desprendidos de toda vestimenta”.



Deleuze en su libro Crítica y clínica decía que: “La salud como literatura, como escritura, consiste en inventar un pueblo que falta. Es propio de la función fabuladora —añadía—  inventar un pueblo. No escribimos con los recuerdos propios, salvo que pretendamos convertirlos en el origen o el destino colectivos de un pueblo venidero todavía sepultado bajo sus traiciones y renuncias”. Precisamente, eso hace Marcos en este libro y en poemas como “Un pueblo olvidado de Dios:



“Si naces en una comarca confinada de la sierra, en un pueblo por Dios olvidado, dos días alejado de todo”.

“Si las paredes de adobe se destiñen en cáscaras con amalgama de cera ardiente, se funde en la memoria todos los días, una exposición permanente de algún Tapies anónimo”.

“Si las calles del pueblo son cuatro donde pastan vacas y los cerdos van al matadero, si la luz es un misterio que tiene el pueblo más cercano”.

Repito, Marcos Rivadeneira, en este libro crea ese pueblo reclamado por Deleuze: inventa, fabula, representa, fotografiar, imagina, la vida, pasión y exilio de todo un pueblo que quizá vive sepultado en los cuartos traseros de la memoria y del inconciente. “Kafka para Centroeuropa —añadía Deleuze—, Melville para América del Norte presentan la literatura como la enunciación colectiva de un pueblo menor, o de todos los pueblos menores, que sólo encuentran su expresión en y a través del escritor”. Presumo que fue esta intuición, esta conciencia lo que llevó a Rivadeneira a escribir “Los días de la aldaba”.



“Tu padre vendrá a llevarte escondido de tu madre tuberculosa, de tus parientes cercanos, tu padre vendrá a matar los días del encierro en el pueblo por Dios olvidado”.

Por otra parte, decía Cioran:

“Sólo en la música y en el amor existe la alegría de morir, el espasmo voluptuoso de sentir que uno muere porque no puede seguir soportando las vibraciones internas. Y nos regocija el pensamiento de una muerte súbita que nos liberara de seguir sobreviviendo a esos momentos”. “La pesadumbre por no morir en los momentos culminantes del estado musical y del erótico nos enseña cuánto tenemos que perder viviendo”. Eso dice Cioran, pero Rivadeneira Silva parce haber publicado este libro, para decirnos todo lo contrario. La terrible soledad del sexo. Su tristeza.



“Sólo abrázame un rato

acuéstate a mi lado

no importa te pago extra”.



“El billete sudoroso

Otra vez los preservativos

El sujetador inmovil

Los besos están prohibidos”.



Sí, en el mudo de este pueblo por Dios olvidado, de cuartos condenados por una terrible aldaba, en este mundo, todo está permitido, menos los besos, porque los besos están hechos para quien ama, para quien ansía morir en el éxtasis. Pero aquí reinan los días de la aldaba. Aquí, los besos están prohibidos.

Pero así como en la sexta sinfonía de Beethoven, sobre los iluminados campos de trigo y amapolas, de pronto se escuchan los truenos que anuncian la tormenta, también en la poesía de Marcos Rivadeneira Silva,  aparece cierto viento de calma, de esperanza:



“Me urge tu cabello

Sobre el rostro húmedo indiferente

Cabello de viento que galopa en el sentido de los pájaros”.



“Tormenta

Mañana habrá tormenta

Toma mi mano”.




Marcos Rivadeneira Silva / Los días de la aldaba







1
             Junto a su sexo me entregó la mitad de la tierra cuando deshace su mortaja la neblina. La tierra sale a flote con sus luces escondidas en la hojarasca, la que recibe el rocío mientras los cuerpos descansan.

             Junto a su sexo me regaló la mitad del aire con su presentimiento de zozobra, el aire que acongoja las flores en portales o ventanas. El que trasnocha en el bosque y sacude la oscuridad con impaciencia.

             La tierra misma se estremeció con sus caderas en esa época. Y tembló así telúrica en marzo de 1987. Algunas casas cayeron y las iglesias del centro histórico dejaron ver sus interiores virginales.

             Yo surgí de mujer como confesión de pecado, igual afloraron los vestigios arqueológicos así desprendidos de toda vestimenta. Una veta en la superficie terrestre fui. Yo que surgí del modo como nacen las canciones, aun espero el significado de la mancha de tinta en los papeles.

             Con su sexo propagó en mí un bagaje de promesas que se olvidan en el tintero con el tiempo en contra, afirmaciones instintivas y pensamientos ocultos. Detrás de la puerta, una tarde, llegaron las mentiras con todo su bagaje, no timbraron, no pidieron permiso, no anticiparon, simplemente se instalaron en mitad de la cama.

             Llegó el día en que tuvo que partir. Y aún tenía su sexo fortuito en mi olfato y aún tenía las manos llenas con sus gemidos, me dejó atado a una silla de mentiras y sin catálogo de supervivencia. 

             Junto a su sexo aprendí la vida que apura, la del organillero con malabares de mono capuchino. La del hierro que forja espadas para la guerra. La del campesino que cuida ovejas negras bajo la luna. La del eco que se atora en los barrancos. La del monte que bebe las verdades bajo sus pies, todos los días sin feriados.

             Junto a su sexo aprendí a descoserme de mi cuerpo, a ser un ente metafísico en soledad, a mirar desde los balcones la monotonía y llegué a ser el capitán de los mensajeros con medalla de papel aluminio.
            
             Desde su sexo encendí las heridas, cautericé con hierro fundido los sumideros de despojos. Y su mirada se abrió como capitán en avanzada, fundadora en indias, descubridora del agua torrente en ríos escondidos. Con su cabello coreaba canciones de sonajeros. Y con su sexo se fundaron poblados, se concibieron herederos y establecieron casas grandes, caballerizas y pocilgas.


2

             Los ejércitos quedaron extendidos en el empedrado. Los cuerpos todos uniformados, los brazos todos congestionados, los dedos todos muertos. Los ejércitos quedaron suspendidos en los recuerdos. Los cuerpos enterrados.

             Cuando acabó la guerra, allá por 2006, había muerto varias veces yo, quien había nacido como se hace una canción, el que murió en todos los cuerpos uniformados, en todos los brazos congestionados, en todos los dedos caídos. Así quedé al final abrazado al fusil de madera, acurrucado en mi trinchera y solo.

             Al despertar el fusil estaba roto, la trinchera en ruinas y los tormentos seguían en su lugar. Su mirada clavada en mí costado cual bayoneta de 1900, había abierto un surco en San Sebastián de todos los hombres muertos. Yo que surgí de mujer como confesión en día santo, me encontré con los curanderos alrededor tratando de resucitarme tanto tiempo después, que podrían haberme llamado Lázaro.

             Vinieron los encierros en casas ajenas, volvieron los refugios en cama, como un resucitado con sus atuendos, se olvidaron los abrazos. Perplejo recogí junto a su sexo, su caracol petrificado y empecé una colección de husos arqueológicos para tenerla como trofeo en la repisa. Cada huso tenía grabado en su arcilla cuentos de sus mentiras. Y su sexo me narraba historias de otros tiempos, me hablaba desde los grabados de arcilla, así como gritan los cuadros en la pared. Así como el retrato mudo que colgó detrás del viento que orea las cárceles interiores.

             Y ella, la que era en un principio se convirtió en otro diagnóstico de muerte y, fue otra mujer la que abonó junto a su sexo nuevas voces en medio del invierno.

             Llegó el diluvio. Había empezado días atrás sin percatarme y se quedó para siempre. Llovía al amanecer, cuando el sol salía llovía, con el café y al medio día y la gente no salía de sus casas y el tiempo se parecía al ejercito al final de la guerra y llovía sobre los árboles, debajo de los techos y las calles corrían como ríos en la ciudad destartalada. El agua de los grifos enturbió y sabía a salada agua de mar. Todo era salobre. Y los huesos empezaron a quedarme grandes. Los uniformes con sus medallas oxidadas grandes. Los metales corroían solos en las esquinas y, el agua oxidó el fusil de madera y volvió para romperlo en cuatro partes. Yo enfermo en el hospital sentía el agua mover las ruedas de la camilla. La bacinilla golpeaba el metal sujeta con cadenita para no naufragar. La lluvia siguió detrás de las ventanas, delante de las cortinas, en las miradas indolentes de los soldados que me habitan. Llovió siempre.


3

             Me iré en septiembre. 
            
             En los días de la aldaba. En los días de la puerta clausurada, en el momento de la llave rota.

             Los ejércitos no volvieron con sus botas de charol y espuela. Los muertos fueron enterrados en fosas comunes, sin identificación alguna. Nadie protestó. No hubo madre que reclame ni amante que arranque flores. La sepultura es una cicatriz eterna en la superficie de la tierra.

             Es tan difícil morir de olvido. Es tan difícil acomodar las ropas en baúles para que todo quede ordenado.

             Todo era mío. En ese tiempo el agua era pura, las habitaciones pintadas, los campos y los sembríos llenos. El frío era mío.

             ¡Devuélveme los pies!

                Me atormenta la culpa de seguir vivo. Después del árbol caído. Después del olvido. Deshace el viento en la tierra (esta culpa sin culpa) lo que juntó el viento (estos muertos desnudos) en la tierra.
                Mi pueblo está sentado en la estación. Ven pasar el tren y no lo toman. Sólo esperan que alguien llegue.
                Mi pueblo espera ser lavado del amor como si el agua pudiera llevarse todo lo cierto. Hay un enjambre cerca de la estación. Veo el átomo que se forma alrededor y mi pueblo se pone nervioso por las abejas. Ven pasar el tren y no lo toman. Sólo esperan que alguien llegue.
                Quiero levantarme y regar al pueblo con agua de una manguera para que despierte. Pero no puedo. Quiero levantarme y tomar el enjambre y llevarlo lejos para dejar de temer. Pero no puedo.
                Ayer junto a su sexo las llaves de agua a borbotones limpiaban del amor sus designios.
                Desperté un día, ¡dónde estoy, grité! (la enfermera no estaba), después de tanto esfuerzo, hasta cuando es ayer todavía. Cuando regresó la mujer de blanco, me preguntó, aún no he vuelto, dije.