Wilson Burbano del Hierro



Siluetas de los caballos salvajes



ENTRE LA NIEBLA DE UN MEDIO DÍA


Corrían nubes bajas por el centro de Quito aquel invierno de 1953 y El Faquir había retornado silencioso, quizás en una de esas nubes, desde Caracas. Nadie lo vio, todos lo pensaban allá, sanando profundas humedades óseas bajo el sol generoso del Caribe. El país marchaba con el tercer velasquismo, positivo para construir vías y centros educativos; negativo para la libertad de prensa y las voces opositoras…cualquiera que lo criticara desde adentro era despedido en un santiamén.

Aquel medio día con el sol atrapado en las quebradas del Pichincha, César visitó la pequeña oficina jurídica de mi padre en el edifico Gran Pasaje de la calle García Moreno: esa lengua larga de piedra, enlutada por las siete cruces, donde funcionaba  la Casona Universitaria y en la que todavía se esparce por toda una cuadra la osamenta del Palacio de Carondelet, frente a la Plaza Grande, cuyos floripondios adormecen los dolores de la historia. El Faquir lucía reseco y su traje, dos tallas mayores, se bamboleaba bajando las gradas del Gran Pasaje como una bandera caída. La niebla del camino iba tatuada en los gruesos espejuelos,  donde su mirada  nocturna se perdía  cada vez más dentro de sí. Avanzaban tomados del brazo, como de costumbre, en los esporádicos y prolongados encuentros; César tambaleaba un poco porque no había dormido, quién sabe cuántas noches con el mismo insomnio que desataba en sus cantos de centrípetas y centrífugas revelaciones. Iban rumbo al Madrilón para tomar un café con algo fuerte. En el interior del palacio, Velasco Ibarra remojaba su largo índice en el tintero, bocetando un nuevo discurso. El Faquir tosía y guardaba su flema en el pañuelo. La tos fue cortada por los gritos de un grupo de estudiantes, periodistas e intelectuales que venían desde el norte hacia Carondelet, celebrando el paro de los medios de información y exigiendo la libertad del secretario de la *SIP, Jorge Mantilla, recluido en el penal. Entre los manifestantes, César y mi padre descubrieron amigos comunes, escritores, poetas y algún pintor. Ambos se introdujeron en la marcha a saludarlos, imbuidos de solidaridad, el momento en que la caballería de policía arremetió contra todos. Ante el acoso y terror de ser aplastados por gigantescos corceles, los participantes se lanzaron en desbandada hacia la plaza, trepando las rocas y paredes de la catedral y refugiándose en  casas y patios del vecindario… Sobre el centro de  la calle de resbalosa piedra, César Dávila Andrade, acompañado de mi viejo, haciendo puños y confrontando la arremetida policial con sus troncos impulsados hacia adelante, detuvieron la avalancha represiva, provocando el relinchar de los caballos que levantaban sus patas delanteras, tratando de liberarse de sus jinetes… Es que la solidaridad tiene una alianza con los seres  de la naturaleza, más profunda que la militancia política.

*SIP: Secretaría Interamericana de Prensa





Alfredo Carrasco





                    de la memoria memoriando… 
                        para contarle al mundo
                        de las cosas que andan pasando


I. epílogo … ¡epílogo! 
El cielo de improviso perdió su azul tonalidad ¡Preñadito! Sobrecargadito de grises nubes. Henchido de energía y de agua. Trastornado por sus ganas de tronar y estremecer. Así estuvo el cielo…cargadito… cargadito de tempestad tempestuosa. Inquieto estuvo de estar siendo. Oscureciendo oscurecieron las nubes el ambiente, con terror aterrorizando a los mismísimos celestiales corceles de fuego. Parecía que el cabalísimo Zeus, soberano de rayos, truenos y retumbos hubiese estado quedito, vigilando que las negras ennegrecidas nubes cumplan con el omnímodo mandato a ellas encomendado. Tan inesperado el temporal fue, que Alcibiades Lucidio del Carmen, el Mayordomo, en su empírica capacidad de meteorólogo nigromante leído leedor de las nubes, no predijo la llegada de la inclemente y perturbadora borrasca. El sorprendente, tormentoso y torrencial aguacero, acompañado de granizo y de agua, azotó los tejados, batió los campos de maíz, acrecentó el río, inundó la pampa de las coles, de las lechugas, de los nabos y de las zanahorias; tumbó tumbando árboles, multiplicó las goteras en la casa del patrón, en la del mayordomo y del huasicama[1]. Mojó las camas, humedeciendo humedeció la ropa recién planchada; espantó de pánico al ganado; mugiendo mugían los huagras; del purito susto las vacas secaron las ubres; aterrorizó de terror a las gallinas; intimidó a los chanchos; silenció a los perros; desorientó a los burros; turbados corriendo corrían los caballos. Los cuyes enloquecidos buscaron refugio bajo el catre del mayoral[2]. Hasta los patos temblaron de tanta agua que derramaron las nubes, diciendo dicen que algunos incluso se ahogaron! Igualito, tal cual, semejantito al aguacero que aconteció el sábado 20 de diciembre pasado. ¡El propio diluvio universal parecía! ¡Así parecía! Como que el cielo tenía ganas de desplomarse de tanto hacer de llover lloviendo. 
El capitán del ejército don Buenaventura Crispín Crispiniano, acompañado de un teniente, seis coshcos[3] ¡cocolos! ¡cocolos!, un cura y su correspondiente sacristán, como pareciendo aparecidos se presentaron ante el portal de la casa de hacienda para entregar entregando, “en sus manos”, según la suprema y ordenada disposición dispuesta, un sobre lacrado en el que se distinguía el inconfundible sello del anillo del General – Presidente, un círculo en cuyo centro se distinguían claramente dos letras la G y la P, cada una rodeado de complejas formas arabescas: “General Presidente” dicen que dicen que quería decir.
Aprendió el General Presidente la historia de los sellos leyendo el "Almanaque Pintoresco de Bristol", que además de promocionar artículos de jabonería y perfumería, en su 16 páginas se encuentran datos astronómicos, del horóscopo, astrológicos, chistes, frases célebres y datos curiosos como el de los sellos lacrados. Así conoció que en el siglo XII los reyes, según la solemnidad del documento, utilizaban diferentes sellos. Los menores, los de la poridad (puridad) o secretos, el GP los utilizaba para lacrar las cartas regulares u ordinarias que surgían de su genuina inspiración. El sello mayor y secreto estaba bajo la responsabilidad del secretario particular del General Presidente. Utilizado exclusivamente para las comunicaciones secretas, utlra-secretas,  secretísima como la del presente caso: reservado solo para las comunicaciones más solemnes y delicadas.
De su parte, el cura, don Cladovico Sisenato, tenía el mandato de entregar una nota “personalmente personalísima” a Don Miguel – así lo comentó – remitida por su señoría el excelentísimo señor don Arzobispo de San Francisco de la capitalina ciudad. Esas fueron las disposiciones que habían recibido correspondientemente del alto mando militar de la casa de Gobierno y por supuesto de la santísima Curia. Antes de salir de la capital, el militar y el cura, recibieron del señor Obispo y sus acólitos una virtuosísima bendición; no la otorgó el Arzobispo por que aún andaba trastornado, como turbado, cogido de espanto, repitiendo a todo momento “¡Ignoti nulla cupido! ¡In medio stat virtus!” [4].
Con el Capitán y el cura llegó el diluvio. Como que lo traían bien guardado. El militar en el morral en el que transportó la misiva, y el clérigo entre los pliegues de la sotana. En el mismísimo momento que se presentaron en el portal de la hacienda para realizar la entrega del mensaje, el cielo azul oscureciendo oscureció oscuro. Un aterrador rayo, parido por las nubes cargaditas de energía, se precipitó a tierra acompañado de un terrorífico y enloquecedor trueno. Ante tan inesperado vendaval cientos, miles de mariposas de áureo color, por unos cuantos minutos revolotearon pintando de amarillo el horizonte hasta donde viendo hacían de alcanzar las vistas. Mientras una gallina que plácidamente dormía entre las vigas de la entrada principal, con el violento despertar, del purito susto soltó una cagada que cagó cagando la castrense guerrera del oficial; mientras que un fino perro runa, de tanto ladrar ladrando ladraba a los truenos, hacía aguas menores en los zapatos del canónigo correveidile. En ese instante, como por un celestial mandato de los dioses de las alturas, el temporal llegó como encolerizado, iracundo, rabioso, embravecido, haciendo de traer trayendo pavor, espanto, terror y estampidos.
Don Miguel Francisco de Todos los Santos de la Villa y Rivera, sentado en el mullido sillón de su amplio despacho, permanecía imperturbable ante el retumbante retumbar de los truenos que hacían hacer de temblar estremecídamente los ventanales, a tal punto que parecía que los vidrios querían saltar de los marcos que los sostenía. Se mantenía inmutable ante el resplandeciente resplandor de los rayos que cada cierto tiempo competía con la mortecina y titilante luz de las velas que en ese momento lo iluminaban. Indiferencia mostraba a las inoportunas e intempestivas ráfagas de viento que se colaban por alguna entreabierta ventana y que amenazaban con apagar la lumbre de las parafínicas bujías, por que de tanta agua de caer cayendo también se desplomaron los postes de conducción eléctrica, haciendo de dejar dejando a la vieja casona en negras oscurantísimas y penumbrosas tinieblas. Alumbrado por la vacilante luminiscencia del fuego del cirio, mentalmente repasaba los acontecidos acontecimientos ocurridos que acontecieron hace ya tres semanas en la casa de hacienda de su propiedad. Los irrefrenables deseos de reír hasta el cansancio lo ponían seriamente serio.
En su estado de reflexión, en medio de la torrencial tormenta tormentosa, Don Miguel percibió en el repentino claroscuro de la tarde, en el umbral de la puerta de acceso al salón de estudio, la inconfundible figura de Alcibiades Lucidio del Carmen, mediano de estatura, pelo algo ensortijado; vestía su tradicional poncho rojo sangre de toro recogido en el hombro izquierdo, camisa y pantalón de mezclilla blancos y botas de caucho siete vidas, aquellas que se las podía comprar en el cercano mercado de  Chuquipata. Alcibiades solicitó permiso para ingresar al despacho, el mismo que le fue concedido. Informó que “en la puerta del ingreso principal están un señor capitán y un taita curita enviados desde la capitalina ciudad dicen. El señor militar dijo que viene a nombre de la casa del gobierno y el sacerdote dijo que tiene una comunicación del venerable señor Obispo o algo así comentó”, concluyó. Don Miguel escuchó con atención y en silencio. Dejó su asiento y caminó hasta la ventana. Observó las gotas deslizarse por los vidrios, las mismas que dibujaban una diversidad de danzantes figuras. Lentamente retornó ante el mayordomo, lo observó y con un ligero movimiento afirmativo de la cabeza autorizó para que ingresen los visitantes. Alcibiades salió presuroso de la habitación dejando tras de sí restos de humedecida arcilla que llegó impregnada en sus botas, ya que debió atravesar una parte fangosa del patio principal antes de ingresar a la casona en la que se encontraba el salón. 
Al rato retornó acompañado del capitán Buenaventura y el sacerdote Cladovico. Nerviosamente los dos saludaron con el dueño de la propiedad. Don Miguel los miró fijamente. Observó sus humedecidas vestimentas y el rastro del arcilloso barro que dejaron en el piso al ingresar a la habitación. La lánguida amarillenta luz de las velas matizaba con una singular luminosidad los atribulados rostros de los visitantes.  Con su estruendosa voz dijo:
- Bienvenidos sean a Pueleusí del Azogue, la tierra de las flores amarillas que entre mayo y junio pueblan nuestros campos. Grato será para mi conocer el motivo de vuestra sorpresiva presencia.
Haciendo un gran esfuerzo para no atragantarse con las palabras, ante la imperturbable mirada del anfitrión y con el eco de las palabras proferidas en la grandilocuente bienvenida, los recién llegados nerviosamente explicaron el mandato que recibieron de sus superiores: “que las misivas las reciban las manos de Don Miguel Francisco de Todos los Santos de la Villa y Rivera, mas no otras”. Con la cortesía que lo caracterizaba las tomó, y suscribió con su firma un documento que certificaba haberlas recibido. Como que las estaba esperando, así se podría interpretar su reacción cuando le fueron entregadas. 
Ordenó Don Miguel Francisco de Todos los Santos de la Villa y Rivera a Alcibiades que atienda a los visitantes, que les convide bebidas y alimentos calientes, mandato que fue cumplido por el diligente mayordomo. Al despedirse los visitantes, el clérigo percibió en medio de la penumbra que en ese momento existía en la habitación, al fondo del amplio salón, una sombra como la de un perro, que lo observaba atentamente. Un escalofrío le recorrió por su espinazo crispando aun más sus ya tensos músculos.
Nuevamente en la soledad de su refugio de lector, caminó lentamente hacia el escritorio y colocó las comunicaciones sobre la papelera, herencia de su abuelo. Sin prisa se encaminó hacia el pequeño bar. Lo abrió y eligió, entre la excelente representación de licores que allí reposaban, un Cognac Hennessy Paradise Extra, que lo producen en Charente, Francia. Escogió la copa Napoleón, baja y redonda, ancha en la base y angosta en la boca, que permite de manera aventajada disfrutar plenamente de los tesoros espirituosos que encierra el "licor de Dioses".
Lentamente escanció la apetecida bebida espirituosa hasta llenar la quinta parte de la copa. La asió y retornó al sillón. Reposó unos minutos y dejó que la mente se desplace por aquellos laberintos metafísicos – palabra extraña que no alcanzaba a comprender – de la realidad en la que estaba viviendo. Se enfrentaba en su mundo a aquellas trivialidades tragicómicas surgidas del acontecimiento acontecido, comparables con el mejor fantaseado infierno. 
Calentó la copa entre sus manos, como muchos suelen hacerlo, para que se desprendan todos aquellos sublimes aromas tan característicos del estimulante y energético líquido. La movió suavemente a fin de que el aire se mezcle con el fluido y facilite la exhalación de las emanaciones. Aproximó los bordes hasta las cercanías de su nariz y aspiró profundamente, así los volátiles perfumes estimularon al sentido de olfacción que detectó y procesó los olores encerrados. Seguidamente, sin más preámbulos, llevó la copa a la boca y bebió un corto trago del vivificante líquido. Dejó que se diluya en la lengua y provoque la reacción de las papilas gustativas, procurando que se impregne en ellas lo mejor de sus cualidades, para luego dejar que se deslice por su garganta el vigoroso y virtuoso fluido.  Encendió un habano, de aquellos que llegan de contrabando de la díscola isla, lo aspiró profundamente para luego, suavemente, dejar escapar el humo, logrando una serie continuada de círculos que rápidamente se disiparon danzando en el aire ayudados por la impertinente brisa que agitaba el ambiente. 
Cumplida esa inicial ceremonia, observó el sobre lacrado de la Presidencia y aquel que mostraba el inconfundible sello de la santificada Curia. Jugó con ellos. Percibió su peso. Los dejó nuevamente sobre la papelera. Apuró un nuevo trago del ya tibio licor, así como aspiró nuevamente el habanero cigarro y exhaló lenta pero sostenidamente el humo. El olor a cigarro se dispersó por todo el recinto. Se acercó a la ventana para deleitarse con el agua de lluvia que se deslizaba por los ventanales. Allí permaneció un largo rato sumergido en sus pensamientos.
Instintivamente caminó hacia la estantería en la que estaban algunos libros. No era un extraordinario lector, pero de vez en cuando repasaba los textos de algunos de ellos. Tomó el primero que estuvo a su alcance, titulaba “Refranes de Sancho Panza: Aventuras y desventuras, malicias y agudezas del escudero de don Quijote”[5]. Abrió una de las páginas y leyó varios de los refranes, se detuvo en uno de ellos que decía las “Aventuras y desventuras nunca comienzan por poco”. Cerca de allí se encontraba su vieja victrola, aquel sistema de reproducción de sonido heredero del fonógrafo. Mueble noble, de madera, sostenido en patas torneadas. La ventanas contenías unas puertas que se las abría para modular la intensidad de la voz. Revisó varios de los discos que se encontraban en el estante cercano. Localizó uno que contenía una obra de Bizet, estaba en una carpeta verde oliva con un filo rojo que decía “Musical Masterpieces on Victor Records (Orthophonic Recording)”, en ella estaba impreso el clásico perro sentado con el hocico muy cerca de la bocina. Eligió un antiguo disco de acetato que contenía la opera “Carmen”, conducida por Piero Cappola, fallecido pocos años antes: escogió “Air du Torèador”, con el coro de la Opera-Cómica de París. Movió lentamente la manivela de la victrola RCA Víctor, colocó la aguja sobre el disco y dejó que la música fluya, cerro los ojos mientras pausadamente saboreaba un equilibrado sorbo del licor “vivificante”.
Retornó al sillón mientras la música competía con los truenos que acompañaban a la torrencial lluvia. Se acomodó en él y tomó nuevamente la correspondencia que recibió aquella tarde. Dejó a un lado la copa. Procedió pausadamente a abrir el sobre que llegó de la casa de gobierno, luego siguió con el de la Curia. No había urgencia en conocer el contenido de las misivas. Apuró un nuevo sorbo del provocador alcohólico fluido, aspiro profundamente el habano y dejo que el humo al escapar de su boca envuelva las misivas – le  recordaba las limpias que solían realizar los curanderos para espantar los males y las dolencias -. 
Retiró las comunicaciones de los sobres y procedió a darlas lectura. Sin interés, ni prisa, leyendo releía, leía y volvía a releer el contenido de la correspondencia recibida. Luego de cada lectura, apuraba un nuevo sorbo del cálido licor acompañado de una bocanada de humo que surgía en cada aspiración del provocador cigarro. En este momento le vino a la memoria uno de los refranes del celebre Sancho “El que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, no se debe quejar si le pasa”.
Mientras retenía los documentos en sus manos, las blanquecinas y ligeras cortinas de lino danzaban juguetonas impulsadas por la irreverente brisa que se colaba por las entreabiertas ventanas, acompañando con su agitado movimiento a los silenciosos fantasmas que rondaban por pasillos y tejados en esos momentos de penumbra, espíritus que a su vez disfrutaban de la tonalidad brillante blanca azulina con la que pintaban la habitación, de cuando en cuando, los centellantes rayos que acompañaban al tempestuoso temporal. 
El golpeteo de la lluvia en el tejado acompasaba el ritmo de la lectura. Momentáneamente arreció el temporal acompañado por una pertinaz granizada que golpeaba con violencia la maltrecha cubierta. La buhardilla, aquel espacio entre el cielo raso y el techo, atenuaba algo del ruido que provocaba el granizo al chocar contra las tejas. Mientras Air du Torèador acompasaba melódicamente el sonido que la lluvia y el granizo producían al caer sobre los tejados.
Don Miguel depositó nuevamente las comunicaciones sobre el escritorio, tomó el habano y la copa que contenía el vivificante Hennessy Paradise Extra. Se dirigió hacia el corredor situado inmediatamente a lado de la puerta de acceso a la oficina, caminó lentamente hacia el barandal desde donde apreció el amplio jardín interior de la casa, sintió el impacto de la fría y húmeda brisa que acompañaba al temporal. Observó como el blanco granizo pintaba el jardín interior de la casa, a la vez que los rojos pétalos de las rosas, impetuosamente golpeados por la granizada, caían al piso otorgando un pintoresco juego de colores al oscuro suelo, al que también se sumaban los pétalos de los amarillos claveles y de la caléndula botón de oro, así como los azules y anaranjadas de las violetas, los púrpura de las dalias y los bermellón de los geranios.
Mientras observaba como el blanquecino granizo cambiaban la coloración del jardín, sus neuronas procesaban cada una de las letras y palabras impresas que leyó en aquellas misivas, a la vez que se deleitaba del coñac, del humo del habano, de la música de Bizet, el sonido de la lluvia y el especial colorido del jardín. Su rostro manifestaba una imperceptible placidez, una singular sonrisa se dibujaba en la comisura de su labios, al tiempo que un ligero temblor se hizo presente en el párpado de su ojo derecho, recuerdo de aquella mismamente memorable tarde del 20 de diciembre. 
La nota lacrada, que provocaba ese extraño estado de euforia, la remitía el Secretario Privado del General – Presidente, capitán Fidencio Moreno Benito. Expresaba la comunicación que: 
“el Decreto Supremo, innumerado, secreto, ultra secreto, secretísimo, estrictamente reservado que se adjunta a la misiva, oficialmente y con propósitos del registro histórico, consigna que el día sábado veinte de diciembre de mil novecientos setenta y cinco el General - Presidente reposó, acompañado de su honorable familia, en su casa de campo localizada en la población de San Ramón de las Animas Benditas, mejor conocida como la ‘Posada de los Juguetes’, en las cercanías de Tacunga”. 
Señalaba, además:
“Se prohíbe de absoluta prohibida prohibición, a riesgo de ser sometido a leyes y procedimientos militares, incluso el descuartizamiento de ser necesario, cualquier otra interpretación que no fuese la oficialmente declarada en el Supremo Decreto”, concluía la nota. 
Para constancia de lo dicho el Secretario de la Presidencia anexó al oficio, además del decreto, la certificación emitida por el Arzobispo de la bucólica nación, mediante la cual daba fe que, efectivamente, el General - Presidente había pernoctado, aquel día, en el comentado campestre vecindario.
El decreto señalaba:
“Que la Ley Superior del terruño, en su artículo 64, confiere al Jefe Supremo la facultad de ausentarse fuera de la Capital de la República por un período de hasta treinta días consecutivos sin tener necesidad de encargar el la administración del gobierno a un segundo interesado.
Que en el uso de las atribuciones y deberes establecidos en el Decreto Supremo mediante el que declara como General Presidente, conforme a la Ley Superior vigente, resolvió tomarse un período de vacaciones previo a las festividades de las navidades, enfatizando que el mencionado lapso de reposo no es para ausentarse del territorio patrio ya que tiene especial interés en continuar ejerciendo las delicadas funciones que él se encomendó. 
Que tampoco tiene interés en ausentarse de la Capital de la República por más de treinta días consecutivos, que si ese fuese el caso, tendría que encargar la suprema Presidencia pero que, ante las dudas que la devuelva lo encargado, prefiere no utilizar ese privilegio no obstante que ya se merece por el tiempo que está ocupando el alto cargo. 
Que no es aplicable el Art. 62, y el número 8 del Art. 66  de la acrisolada y no quebrantada Ley Superior de la República.
Que el día sábado veinte de diciembre de mil novecientos setenta y cinco el General Presidente viajó acompañado de su familia a la población de San Ramón de las Animas Benditas, localizada en los extramuros de la ciudad de Tacunga.
Que en la mencionada población cumplió actividades domésticas, bailó un saltashpa y almorzó morcillas, llapingachos y ucto tortillas[6], acompañado de hornado, tostado, queso fresco y choclos. No bebió mishque por que tenía agrieras y problemas estomacales. Eso sí, bebió harta leche de burra para que no patee el chancho.
Que  en la tarde de dicho día asistió a una ceremonia religiosa en la baptisterio de la localidad la misma que, por coincidencia, fue oficiada por el excelentísimo señor Arzobispo de la franciscana y capitalina ciudad.
Que es obligación del Estado velar por la conservación de las fuentes históricas, sociológicas y de la estabilidad sicológica de los ciudadanos del país y de sus mandatarios.
Que en la Conferencia Intergubernamental celebrada por UNESCO en París, del 23 al 27 de septiembre de 1974, el terruño se comprometió a implantar el Sistema Nacional de Archivos; 
Resuelve
Art. 1.- Dejar sentado oficialmente, para el registro históricamente histórico, de las actividades que cumplió el Señor General Presidente el día 20 de diciembre de 1975. 
Art. 2.- Difundir a través de la prensa escrita, la no escrita, la hablada, la televisada y cualquier otra forma de transmisión presente y futura lo en este decreto expresado, para que quede como testimonio histórico el mismo que así debe ser recogido por los historiadores, contadores de historias y cuenteros.
Art. 3.- Ordenar que se registre en el Archivo Histórico Nacional, y demás archivos dependientes, independientes y sometidos, la interpretación de los hechos conforme se establece en el presente mandato.
Art. 4.- Se prohíbe de prohibida prohibición absoluta, a riesgo de ser sometido a leyes y procedimientos militares, incluso el descuartizamiento de ser necesario, cualquier otra interpretación que no fuese la oficialmente declarada en el Decreto.
Art. 5.- Encárguese de la ejecución y aplicación del Decreto Supremo a los señores ministros de Educación y Cultura, de Defensa Nacional, y de Gobierno y Policía.
Dado en la Franciscana ciudad capital a los 25 días del mes de diciembre de 1975.
Firma en el Palacio de Gobierno situado a un costado de la plaza principal, justito en diagonal con la catedral mayor, al final de las faldas del insigne cerro, el noble, excelentísimo, ungido, grandioso y magnánimo señor don General Presidente.
Lo certifico, 

Vicente Vicente Vicente[7], Coronel de Estado Mayor
Secretario General de la Administración Central del Gobierno”

El escrito del Arzobispo señalaba que, por coincidencia, ese día ofició una ceremonia religiosa en dicho poblado. Litúrgica celebración que contó con la honorable presencia del señor General – Presidente, su esposa la dilecta y distinguida dama Doña Zoila Inmaculada Vaca de los Barrios, así como sus tres hijas y dos hijos con los correspondientes nueros y las que nueran[8] pero que finalmente fueron! los que pasaron, posteriormente, a pertenecer a la familia en la categoría de yernos y de nueras.
La nota personal remitida por el Arzobispo, luego de la introducción comentada, continuaba así:
“(…).Serán sujetos de excomunión mayor ipso facto incurrenda[9], reservada al Arzobispo y al Vicario General que pro tempore existiese, contra los que interpretasen, explicasen, expusiesen, revelasen, manifestasen, discutiesen, murmurasen, escribiesen, divulgasen, comentasen, explicasen, interpretasen otra versión de los hechos que no sea la consignada en el Decreto Supremo firmado por el señor General - Presidente, versión que certifica el documento de la Curia que acompaña al mismo. Igualmente serán excomulgados aquellos que conociendo a quienes difundiesen, publicasen, esparciesen o transmitiesen otra versión diferente a la oficial, no avisasen, no informasen, no denunciasen, no delatasen, no avisasen, ni inculpasen ante autoridad competente; o, que escondiesen, encubriesen, ocultasen, defendiesen y/o solapasen a quienes estuviesen haciéndolo. Serán considerados seductores del pueblo, tentadores de consignas, turbadores del orden público, blasfemos y sacrílegos que han incurrido en la excomunión mayor del canon Si quis Suadente Diabolo[10]. Se los declarará descomulgados ominosos, infaustos, nefastos, siniestros; y, proscribiré, como proscribo, que nadie les otorgue auxilio, asistencia, amparo, merced o favor.
f. Arzobispo de la franciscana urbe.
Los oscuros nubarrones se habían dispersado. El celeste azul del cielo nuevamente se apropió de sus dominios. En el horizonte el solar resplandor iluminaba el sosegado rostro de don Miguel. Sentía que de pronto era participe de un particular acontecimiento que establecía cómo se debe construir, oficializar e institucionalizar hechos que finalmente quedan recogidos en los registros históricos. Amoldados, estos, en base a una verdad oficial concebida para acomodar la historia y su interpretación, a la que, en este caso, el General Presidente y los representantes de la Santa Madre otorgaban su particular atención y, además, la instituían: la verdaderamente verdad verdadera que los líderes, con sus mensajes, estipulan que así sea siendo por que ellos desean hacer de seguir viendo la realidad que no es y en ella verse como creen que son. Están convencidos que al hacerlo, desde de su nivel de entendimiento de la realidad, no mienten, al contrario conciben la eventualidad de construir una verdad temporal que les permita “seguir ser siendo en una entorno en el que no admiten que dejaron de ser”. Lo que tiene valor es su versión de los hechos, independientemente que estos hayan acontecido de distinta manera. No se admite otra interpretación que no sea la oficial y deberá ser repetida por sus seguidores y por todos los medios hasta el fin de los siglos o, mientras vivan o les mantengan embalsamados.  Finalmente reflexionó para si mismo: 
− Soy espectador de un proceso que descompone los hechos para acomodar la historia oficial. Por decreto, la verdad gubernamental queda instituida a la vez que institucionaliza un procedimiento para intensificar la desmemoria de las sociedades. 
Así nació de la Memoria Memoriando, para contarle al mundo de las cosas que andan pasando… 





[1] Se dice de los indígenas que cuidan las casas de hacienda
[2] Responsable del manejo de los equinos (asnos, mulos y caballos). En este caso también responsable de los vacunos, porcinos y ovejas.
[3] Soldado raso
[4] ¡No se desea lo que no se conoce! ¡En medio está la virtud!
[5] López del Arco, Editor. 1905. Don Ramón de la Cruz, 18. Madrid.
[6] El compilador de esta historia averiguó que las “ucto tortillas” (tortillas con huecos) se las fabrica con dulce de cabuya y granos de cebada (Misqui arroz). Sabor agradable, pero dejan una leve picazón en la lengua (Tomado de: Ángel Llamuca Sani (2006). Plan de Desarrollo Parroquial. Parroquia Chantilin - Saquisili).
[7] El nombre y apellidos de su padre y madre, según consta en el registro civil, fueron don “Vicente Vicente Vicente”, casado con doña “Vicenta Vicente Vicente”. El nombre lo pusieron en honor de su abuelo materno cuyo nombre y apellidos fueron Vicente Vicente Vicente, y de su abuelo paterno don Vicente Vicente Vicente.
[8] Léase: no eran
[9] “en el momento en que ocurra”
[10] Si alguno aconsejado por el diablo

Alexis Oviedo






La dama del clavel

A B.Z.

La feria de Cali es imponente, las calles están repletas de gente y el salsódormo hierve de música y alegría. Gente por todos lados, caminando, bailando, tomándose una cerveza en el calor delicioso de la tibia, bulliciosa y verde Cali.  Todo esto lo viví la noche anterior a esta, en la que estoy en casa comentando desde mi celular en facebook. Mi cachaco amigo Camilo, me responde “Cali es Cali,… ¿Y usted que hace metido en casa a esta hora???”. El no sabe que estábamos haciendo tiempo pues mi amiga Ceci, caleña de pura cepa, bautizada en el Pance, conocedora de “la movida”, así lo había dispuesto.
-No, mijo,  todavía no. Todo está repleto-
Recién a las once de la noche llama a su amiga Dafne  y partimos desde “El Ingenio” al tradicional Tintindeo. Arribamos en medio de un tráfico como si fueran las 9 am. En la vereda están decenas de personas refrescándose con una cerveza o fumando un cigarrillo. En la puerta, el cuidador nos dice, si quieren pasen, pero no se si puedan bailar. Nos miramos los tres, Dafne y yo no nos animamos, a Ceci le permiten subir para ver el ambiente y baja de inmediato.
-Nooo, marica, ahí no hay donde poner un pie.-
-Vamos al Malamaña, dice Dafne.-
Taxi al Malamaña, las calles aledañas al parque repletas de gente, y las que quedan cerca a esta otra salsoteca de igual forma.  Apenas nos acercamos a la puerta del “Mala” ya sentimos un vaho caliente, que viene del interior, como esos que uno siente al aproximarse a una cocina de restaurante grande, o como el que emana de las lavanderías cuando funcionan todas las máquinas de secado.
-Uy, esto está peor, china.
-Devolvámonos p’al Tintindeo...  
Y otra vez el retorno del jedi, vuelve el perro arrepentido, la vuelta del músico. En este caso, la de los que quieren darse unos buenos pasos de salsa, ya que esto es Cali y lo demás es loma. Arribamos a las doce y media de la noche, el tipo de la puerta nos dice que sigue lleno, pero que sí podríamos bailar medio apretujados. 
El Tintindeo está como siempre familiar y animado, la buena salsa vieja, las cervezas heladas, las parejas que bailan despreocupadas, sin querer mostrar experticia. Tenemos poco tiempo pues a las dos y media comenzaran a cerrarlo. Entonces a bailar se ha dicho. Entro yo canchero, con mis zapatos rojos, con una guapa a cada lado. Lo más normal, nadie se me queda mirando. Ceci, es una caleña hermosa, la latina recontra mami de las revistas o de las pelis. Alta, morena, con ojos grandes y nariz respingona; hermoso cabello azabache ondulado y un par de ojos brillantes y oscuros. En la universidad belga donde estudiábamos, a veces la confundían con brasileña porque además de su sonrisa perfecta y escandalosa tenía unas caderasy unas nalgas ¡que pa’ que le cuento, papá!. Dafne, es una descendiente de alemanes y rusos, étnicamente es como ellos, blanca-ojoclaro-castaña…, pero si la oye hablar, gesticular, bailar, resulta que es más caleña que el Deportivo verde y blanco. Y como le dice Ceci con sorna, para ser alemana tienes tu culito.

Y con ese par de beldades estoy yo en la salsoteca más bacana, pero como camarón que se duerme… ¡ceviche!, mientras pido cerveza en la barra, alguien saca a bailar a Dafne. Me apuro con el pedido, por que si no se me llevan tambien a Ceci. Y dale, a gozar de la rumba del grupo Niche, hasta que luego de un par de piezas, un conocido de Ceci de la universidad, la invita. Yo bailo con Dafne conversando de filosofía (!?). Cervezas van y vienen. Risas a montones, luego de algunas piezas y unas pocas bielas, voy al baño, donde un man hace que se lava la cara, aunque todo el cuartito tiene un olor intenso a cocaína. Las parejas no paran. Un gringo invita a bailar a Dafne y ella le rechaza. Es solo por gringo, pienso, y como si me leyera el pensamiento comenta.
-Esos maricas no saben bailar, es morirse de iras, nada más.

Una irlandesa medio borracha alaba mi camiseta de flamencos y me saca a bailar, aun cuando ella no sabe hacerlo (me recuerda a mi mismo una década atrás poseído por la osadía que da la borrachera, invitando, en la tanguería  “Torcuato Taso”,  a una cordovesa que en media pista no sabía si romper a llorar o salir corriendo. Años después ya de aprendiz, me avergoncé aún más de mi herejía). Cuando termina el set viene el irlandés borracho (perdón por el retruécano) y se la lleva. Mis dos amigas bailan fabulosamente con dos de sus conciudadanos. Alzo mi vaso de cerveza mirando al infinito y del infinito emerge ella. Tal como en las películas de "Tristar pictures" aparece el pegaso, así aparece ella.  ¡Uy, marica…, me quedo boquiabierto! 

El cabello negro azabache brilllante, con rizos gruesos que dejan ver la mitad de una oreja, pues la otra mitad esta cubierta por un clavel rojo. Los ojos grandes, y verdes como la bandera del América, inscritos en un piel blanca mate, los labios rojísimos con ese rastro de carmín que si lo sigues con atención te coloca en el infierno. El vestido negro que muestra ambos hombros y ese camino a la perdición que son la juntura de las tetas, que en el caso de la dama del clavel son abundantes y seguro estoy que duras. La cintura, por suerte no es de avispa, hace notar las caderas amplias que resaltan en la falda negra, que se extiende hasta un par de cuartas más arriba de la rodilla, pues una franja roja horizontal indica que es el fin de la tela y el inicio de las desnudas piernas macizas. La dama gira y al mirarla de perfil, me trae a la memoria las palabras del abuelo tumaquense Concepción Banguera, que a sus 97 años, mirando muchachas bellas, decía nostálgico: Ahí hay para comer y para guardar. Lo poco que se percibe de los muslos es el origen de dos pantorillas bien labradas (¡qué batata, loco!) y que terminan en pies delicados envueltos en zapatos rojos... como los míos.
Es una señal, me digo.

Ahora, imagínese papá, todo eso que le cuento ¡en movimiento!. ¡Nooo, marica! Me tomé la cerveza de un tirón y me dije ¡yo tengo-debo-estoy obligado a bailar con esa mujer! Pero apenas coloco el vaso en el mostrador, para salir sopaldo, un negrón de dos metros de altura la invita.
Para la próxima, póngase aventado, me digo, ...que esto no es Quito. Pero bien valió la espera, pues el espectáculo de baile que dieron esos dos fue una oda al erotismo. Un homenaje no solo a la danza, sino al mismísimo Eros, a las bacantes y hasta al modosito Apolo. Ahí estoy como un sátiro viendo a  la ninfa-dama del clavel cerrar los ojos, mientras es conducida al ritmo de Willie Colón, ahí la veo pegar su pubis a la pierna de su pareja, apretujarse con el gigante inexpresivo o disimulador. En otra vueltecita suavezona la miro abrir ligeramente los labios. Sí mijo, asimismo como usted está pensando, como cuando el clímax viene. Y la dama del clavel sigue con los ojos cerrados, las pestañas largas que no quieren despegarse. Como diría Pedro-chamo: la coño e’madre me va hacer ensuciar el interior. Sigue el Willie Colón y ya mismo le digo al basquetbolista bailarín: hermano ya pare esa huevada y llévela a un motel de una buena vez. Tenga, le doy para el taxi. 

Vamos discman, acabe ese set, que ahora me toca a mí. Y el set acaba, ¡aleluya! el mínimo silencio hace que ella abra los ojos aletargada. El gigante inexpresivo se retira, con la cara que tendría Michael Jordan después de haber ensayado lanzamientos al aro antes del partido. Voy a por ella y ¡zas! ella se pone a conversar con un tipo que trae una guitarra. Llega Dafne y le pregunto si es descortés sacarla a bailar, interrumpiendo el diálogo (siempre, cojudamente, puede invadirme la sensibilidad cultural o la timidez serrana). Me dice: Nooo, no, tranquilo, usted vaya, la saca a bailar y si ella quiere pues el resto que se joda. Giro otra vez, dispuesto, pero ¿qué veo? la guitarra reposa en el suelo y el hipster sandaliudo está en la pista con la versión caleña de la diosa Afrodita.
¡Por la puta del obispo y del santo papa! me digo para mis adentros, estoy más salado que calzoncillo de marinero. Ya nada brother, no es nomás. Por suerte, se aplaca un poco mi comemierdismo, cuando para la música y anuncian que ya mismo cierran. Mi diablo interior me abraza, sonríe y me dice malvado: por lo menos se quedó el hipster a medias. Y tengo un contento similar al que sentiría el perro del hortelano. Dafne, gentil, me propone tomarnos la última y luego llega Ceci, sudorosa y alegre. Brindamos los tres. Abrazados, bien bailados y un poquitín borrachos, bajamos las gradas.
En el taxi sigo pensando en la dama del clavel.


E. Poblete






LA BOHEME

A Marthita Bravo


—Padecía de un mal terrible, el poeta. Pero estaba de veras decidido a terminar su libro.

—¿De qué mal padecía su amigo el poeta?

—Alcohol.

—Ay. ¡Qué tristeza! Sí.

—No lo volvía malvado; pero sí algo peor para su oficio: perdía la disciplina fácilmente. Y se la pasaba de fandango y bailando y contándole mentiras a las muchachas... 
»Contra su ventana, el cielo y sus ojos: agua azul estancada, se dijo a sí mismo, un amanecer: “En adelante, antes del fin de un capítulo, ni una gota he de beber”.
»Pues, terminó su gran obra en 10 días.»

—Y su gran obra, ¿cuántos capítulos tiene?

—Es esta... ¡Mire! —abrió en el índice, y con su dedo descendiendo—: son diez.