Carlos Viver




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Entro en un cruce de sombras a una velocidad adecuada para una colisión el lector de tarot mira perplejo la carta. ¿de donde viene el futuro? Pregunta el ciego frente a su imagen encapsulada en un espejo roto, el viaje siempre termina en la primera ralentizada de la anfetamina, en las gotas de sudor de la rodada. Mengua la despedida de manos apretadas a tu cintura de jugosas uvas. 
Frente al reloj se arruga la piel y pasa la mente por el replicante que se parquea en la orilla a mirar cuerpos celestes prófugos de algún big bang de supermercado.
Las oraciones vuelan en el humo de hostias incineradas después llegara la lluvia de las primeras piedras desciendo escalón por escalón tras las pisadas del pirómano.



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Abres la puerta, bajo una aureola metálica se cuela un picante olor de cigarrillo despanzurrado y pasta base la atmósfera es de cocina y plomo disfraza a los habitantes del miedo aterrizo en medio del lodo y luego de escaramuzas el barullo desnuda al animal encubierto en su lenguaje que apunta a una jerga sin vocales unos labios rojos de trinchera se me acerca y balbucea situaciones muy difícil de olvidar marzo 1997 todo esto sucede al día siguiente de perder la memoria la vulnerable herida se abre y comparto el tránsito de la leve caída de su cuerpo



E. Poblete






GUARDIA NOCTURNA

Con gratitud, a Jael

Hay sujetos con suerte, me repito cuando observo por la ventana de las casas aquellos programas televisados tocantes al fenómeno de lo paranormal, cuando acudo con la impresión de si puedo escribir un día cuentos de terror con aquellas historias de estilo realista como una referencia. En este pueblo se acabaron los libros, y tiendo a la fantasía y al romanticismo que tanto han ido pasando de moda. Pues prácticamente vivo en el cementerio del pueblo y cuando regreso de la ciudad de madrugada, siempre penetro en el cementerio para que los conductores, gente del campo y dada a la superchería, se convenzan de que han trasladado a un aparecido de regreso a su tumba, y ofrezco monedas de oro como pago y cosas extrañas por el estilo, matizándolo con una voz honda y entristecida; pago y no dejo de andar hasta el fondo donde terminan las lápidas, entre el discreto silencio y especie de comedido diálogo que los muertos entablan conmigo, hasta que el derrape de las ruedas de esos vehículos que me traen hasta aquí aquellas madrugadas, indica que cumplí una vez más con mi cometido... ¿Qué es, en esta circunstancia, algo que se pueda parecer a mi cometido?

Pero ahí dentro, por más que penetro y vuelvo a realizar el ademán de salir y aprendo los nombres de las lápidas junto a los nuevos nichos levantados apenas el último mes, no he visto ni oído nada. 

Hay sujetos con más suerte para estas cosas que yo, me digo mientras recuerdo que soy el último fantasma en este pueblo.

Yaruquíes-Chimborazo, julio de 2019



Martha Ormaza






LA VIRGEN DOLOROSA

  
La Virgen Dolorosa de mi abuela materna,  es una escultura española, articulada de tamaño natural; con unos ojos cristalinos tan brillantes que parece que estuviera siempre a punto de verter lágrimas. Mustia reposaba todo el año en la capilla de la casa grande. Se parecía mucho a mi pálida tía Colomba, que interrumpía su lectura para  recibir a las visitas desde una gigantesca silla de ruedas, también articulada.  Tenía  vestidos para todas las épocas eclesiales del año traídos en los viajes de aquí y de allá y como regalo de las gentes del pueblo que aseguran que es muy milagrosa. . Todavía cada Viernes Santo sale de luto en andas para la procesión.

Las mujeres de la familia, obviamente, eran todas de la cofradía de La Dolorosa, comandada por Mamá Rosarito, en su luto de viuda eterna;  los varones, unos más piadosos que otros, todos hacían de cucuruchos.
En la Semana Santa, había más bullicio y más gente que en cualquier otra fecha. Era un acontecimiento que más se acercaba a una fiesta que a un funeral.

No recuerdo haber sentido tristeza. ¡Hereje!, sentenciaba la abuela al tío Beni, entre las risillas disimuladas de los presentes. Se iba a ir al infierno porque había aprovechado el traje de cucurucho para galantear a las sacras paisanas en estado de oración. También le esperaba el fuego eterno, porque le causaba mucha gracia que,  el Cristo oficial al que se crucificara cada año, fuera el “Ojón”, el mudo del pueblo, quien se había apropiado del papel del Salvador hasta la médula y pasara con pasión, con la cruz a cuestas, por todos los rigores del Vía Crucis, y con más caídas de las que sufrió Nuestro Señor.

La huestes femeninas de la piedad transitaban sumisas tras de la matrona de punto en negro entre la casa y la iglesia, la iglesia y la casa, varias veces al día.

Las mucamas, llamadas muchachas, eran las encargadas de las voces más agudas para los responsos y del traslado de los devocionarios, los misales, los rosarios, las velas, los reclinatorios forrados de terciopelo violeta, y más adminículos para el cabal recogimiento.

Ocupaban la abuela y la familia el lugar principal  del antiguo templo.  Las hileras de bancas comenzaban mucho más atrás. Es que mi abuela, además de sus generosas limosnas, les había dado el terreno a las monjas y la ayuda para la construcción de la escuela. Las cosechas de las haciendas eran para la familia la curia y para el pueblo. En ese pueblo los mendigos no conocían el hambre porque todos comían en la casa grande.

Eran tantas las haciendas y producían tanto que habría sido un pecado no compartir esa abundancia. Yo llegué a conocer nueve. Charrón Grande y Charrón Chico, Launa Chico y Launa Grande, Malpán, Zaguán, Capulispamba, Susniag y La Cuadra.

El mayor de mis tíos, mi tío Zambo, dice que había mucho más. Que su padre y su tío Ezequiel, tenían haciendas desde Macas hasta el Nudo del Azuay y desde allí hasta Latacunga por la Sierra.

Mi abuelo Emeterio y su hermano Ezequiel,  eran dueños de Jubal; hacienda gigantesca que iba dese Achupallas hasta el poblado de Macas. La hacienda más extensa de la historia de este país.  Todo se confunde entre el mito y la leyenda.  Son hechos muy viejos, porque cuando mi abuelo Emeterio murió,  mi madre, la última de sus hijas,  apenas tenía cuatro años.

Mi abuela viuda y ultra millonaria, se quedó  a  cargo un continente masculino que administrar, además de sus siete hijos.  Ella no era millonaria, era hija de un respetado escribano que tenía una hacienda,  al  que el pueblo llamaba doctor, porque hacía las veces de abogado de todo mundo. Viudo prematuro y con críos muy chicos se casó de nuevo con una señorita Abad de Cuenca, quien criara a los vástagos entenados con amor de madre y mote pillo. La abuela Rosarito de la noche a la mañana, a los diecisiete años,  era la consorte de un  solterón potentado.

Mi mamá me contó más de una vez, que los abuelos se fueron de luna de miel a Jubal; y que la Rosarito al ver,  en una vaqueada,  tanto ganado, perdió  el sentido y se desmayó.

Cuando todos mis tíos eran chicos aún, murió el abuelo Emeterio dueño de todo, porque el tío Ezequiel, su hermano había muerto primero,  soltero y sin descendencia, aunque con algunas señoritas herederas de último momento. 

En la dictadura del treinta y ocho le adjudicaron Jubal a un asesor del dictador. Pero como lo mal habido se lo lleva el diablo,  la hacienda se esfumó y mi abuela se dedicó a las otras. Ganado de lidia, de carne y de leche. Quesos, papas, caña, frutas y trapiche. Desde el páramo hasta el río Chanchán, las haciendas producían todo y en todos los climas.

No sé cómo lo hizo. Cientos de trabajadores, nueve haciendas, siete hijos, un séquito de empleados y la comercialización en la Costa, los quesos, el trapiche, caballos, mulas, el páramo y los malos caminos en el invierno. La Rosarito pudo con todo, con sus hermanas mal casadas y sus sobrinos, con sus siete hijos, de los cuales una nació con parálisis progresiva, con los mendigos del pueblo, con los curas y las monjas, con el terreno para el dispensario médico. 

Pudo con la educación en el extranjero de sus hijos profesionales, con las carreras de sus sobrinos y ahijados,  con el matrimonio de las tres hijas, la soltería y la parálisis total  de la Colombita y su deceso. Diecisiete habitaciones conformaban  la casa grande, donde vivía el marido separado de la hermana de mal carácter, el comisario, la profesora laica, y todo funcionario de la zona, porque el pueblo no contaba con un hotel.

La casa grande era un silo donde muchas manos se movían para desgranar, ensacar cereales, amasar el pan, matar ratones y degollar gallinas al son del rezo del Santo Rosario y las letanías en latín inventado.

 De cómo llegó La Dolorosa  a ser parte de la casa grande hay  muchas versiones que se han perdido en los tiempos de los galones tripulados por santos. Mi papá asegura que esta imagen no es la original, que esa se volvió cenizas en un incendio de la capilla.

Lo que sé es que yo dormía con mi abuela que olía a talco de rosas; que al pie de la cama dormitaba la Pelusa, mi perra castellana,  con la que corría por los inmensos corredores,  patios internos y jardines. Quieta  y jadeante esperaba que yo terminara mi rezo a la Virgencita,  que silente sufría entre los sirios de la capilla de la gran casona.

Juntas, la Pelusa y yo,  partíamos tras las portentosas mujeres de negro cuando arrancaba, con trompetas lúgubres, la procesión de la Virgen Dolorosa.



Gloria Narváez






"Esperando la Resurrección"


... voces milenarias  
espontáneas  
brotan cual cascada densa y liviana 

transmutación vitalizada mirando a todos los lados... 

hablando bajito  
hablando sin gritar 
revertimos el tiempo de la ira... 

mirando afables hacia adelante y hacia atrás 
tocando el instrumento de una vida... 

confiamos con absoluta fe  
en la resurrección de los muertos 
en el retorno al lugar amado... 

confiamos además que haya pretextos para volver a vernos 
aunque sea por un instante... 

aunque sea entre niebla y bruma  
pero ausente el abandono 

jardineando entre flores y estaciones 
esperamos un desentierro anhelado 

esperando cada noche la resurrección... 


Zeúd






Ángeles


¿Han sabido del mito que cuando los tiburones se acercan a los humanos y hay delfines en las proximidades estos los ahuyentan golpeándolos con la cabeza?

Pues créanlo. Siete delfines contra cuatro "Carcharhinus Galapagensis" de unos tres metros de longitud y a unos diez metros de profundidad, buceando en mar abierto, en el azul

No creo que los tiburones me iban a atacar, morder o comer, ya que el humano no está en su dieta; pero con ellos nunca se sabe lo que harán, por que específicamente los de esta especie, te rondan dando vueltas en circulo a tu alrededor, y cada vuelta es más cercana hasta que tratan de toparte; según yo, para saber de que material estás hecho: de que carne o de que temple. Normalmente hay que seguir su aleteo con la mirada por cualquier movimiento con violencia, o cambio imprevisto en su sistema de nado, principalmente la dirección y velocidad que toman; si están muy cerca exhalas soltando burbujas y se van, puedes controlar a uno o dos, pero tres o más, imposible, el pánico está servido

Bueno….. después del instante de terror, inmiscuido en un frenesí de  cabezazos, lo más espectacular fue, que una vez huidos los tiburones, los siete delfines se posicionaron a unos cuatro metros frente a mí, formados en perfecta hilera horizontal, pero ellos verticales, flotando, al igual que yo; y todos, dándome el frente; mientras me miraban y se comunicaban con sus chasquidos entre ellos y conmigo, bailaban; no, mas bien danzaban, al unísono de sus cantos, de su lenguaje, de su idioma; desde el primero exacta, instantánea y milimétricamente iguales hasta el séptimo, todos al mismo vaivén, todos con las mismas contorsiones

¿Cómo tal nivel de comunicación y coordinación? Cómo?

Quién sabe porqué lo hicieron, porqué me analizaban, porqué me cantaban, porqué me danzaban? Nunca lo sabré y no sé si alguien en este planeta lo sepa

Esto duró como 20 segundos pero me marcó para toda la vida, por que entendí claramente que son seres que además de inteligencia tienen un alma, un espíritu. Y eso, me llevó a respetarlos, y luego, a todos los seres vivos, y entender, que todos tienen una inteligencia y un alma, aunque por nuestras limitadas capacidades intelectuales o de espíritu no lo comprendamos

Ese día, ya meditando en el bote, los apodé "Los Ángeles del Mar"



Max I. Vega








Alas cetrinas


I        
          El zorzal extendió sus alas y emprendió el vuelo. El día estaba naciendo. A una altura considerable, se empinó en dirección al Sur, abriéndose paso entre las nubes.
          Hará muy poco que abandonó el nido iniciando su recorrido migratorio, desde el Río Mississippi hasta el territorio del Maman Yachay Muray, poderosa región del Abya yala. Volaba alto y veloz, ayudándose con la dirección del viento proveniente del Norte. Cuando menguaba el soplido, con su aleteo, pronto recobraba rapidez. Era un zorzal de superior porte al común de su especie, casi media vara de longitud; macho, con un amplio abazón blanco, de pico amarillento y puntiagudo, negras plumas con ribetes esmeralda, ojos negros como el ónix y alas cetrinas.

II
          Debe llegar pronto a su destino. El resplandor de la mañana lo sobrecoge. En su trajinar, percibe el estallido de una nueva guerra. Los huari han emprendido la marcha hacia la conquista de la civilización Tiahuanaco. Desde tiempos milenarios se cree que la llegada de un zorzal es el vaticinio de la guerra. Es posible que su traslado lo arribe antes que los huari y los tiahuanacos sean advertidos.
          Su velocidad no se remansa, ya se ha mimetizado con el aire por lo que pronto llegará al Sur para advertir el inminente ataque. La tierra ha dejado de cobrar importancia para convertirse en una lejana idea. Un poderoso viento, casi un huracán, pasó junto a él desestabilizándolo, pero no siente temor. Tunica, Sumo Hacedor del volcán, del rayo y de las aguas, guarda y guía su camino.
          A lo lejos, atisba la enorme mancha verde de un frondoso bosque. Empieza a descender disminuyendo la velocidad. Busca contacto con los árboles, confundir su plumaje en las hojas turquesas y llenar sus pulmones con la esencia más pura del ciprés. El bosque es majestuoso y parece no conocer final, lo cuida, lo protege del inclemente sol y le brinda oxígeno.
          El ave sabe que más allá de la floresta comienza la alta región montañosa de los Andes; su majestuosidad y espesor requieren que esté fuerte, descansado y nutrido. Desciende un poco para aterrizar en la maleza y buscar nueces, su único deleite. Una vez alimentado, prosigue el vuelo con la velocidad de una ráfaga; el sol lo orienta y Tunica lo vela. El zorzal no es capaz de escindir la mañana del medio día o la tarde, ni siquiera los días de las noches; para su concepción, el sol nunca deja de alumbrar su camino, la noche no existe. Aún más, tiene el poder de la longevidad.
          El frío se cuela por sus tarsos e irriga dentro de su plumaje. La montaña está cerca y, más allá, la niebla. Debe disminuir la velocidad y sentir con su pico la materia que lo envuelve. La niebla es espesa e infinita, pero el zorzal continúa indemne su viaje. Se encarga de aletear repetidas veces para así abrigarse y, en medio de la gris espesura, otea el nacimiento de una plataforma que conduce al interior del altiplano. Aspira el gélido aire y vuela en picada hacia el horizonte, como si fuese el único ser vivo en el mundo.

III     
          Su recorrido ya supera las siete mil ochocientas varas. El sol ya ha traspasado el meridiano. Siente que pronto llegará a su objetivo. Antes de arribar a la capital, Tiahuanaco, decide realizar un desvío hacia el Salar de Uyuni, milenario desierto de sal ubicado en el centro de la región altiplánica de la Cordillera de los Andes. El ave anhela percibir el sodio que emana de las rocas y de la arena salada. El frío le anuncia que su destino se aproxima y, a distancia, divisa una mancha blancuzca.
          El cielo ha adquirido un realce de tonalidad en cada uno de sus matices; de un intenso celeste, allá en el nivel más alto, pasando por el plateado espesor y luego níveo de las nubes, para luego llegar al más transparente azul, cuando está rozando la superficie. El andar del zorzal ahora es un delicado planeo, casi imperceptible, primero en circunferencias y, al llegar al corazón del desierto, en línea recta hacia el Norte.
          Tunica lo ha probado en su viaje y ahora lo recompensa con agua de lluvia, el sustento de la vida y la fertilidad. El salar de Uyuni es pequeño, apenas ochocientas varas que se encarga de recorrerlas parsimonioso e imperial. El manto blanco es absoluto, nada existe en el desierto que se diferencie en contornos, líneas o relieves, el fin o el principio podrían encontrarse en cualquier arenal y cautiva la intensidad de su blancura que, a lo lejos, parece un espejo infinito. Lo único que orienta al ave a su cometido es el rastro de sucesivos truenos dejado por mí, varias lunas atrás. Antes del límite levanta el vuelo, pone sus ojos de perla negra otra vez hacia el horizonte y vislumbra, en la profundidad, los cimientos de la civilización Tiahuanaco que, con su imponente arquitectura expansiva, parece multiplicarse.

IV
          Cercana la noche, la civilización se ve colosal y portentosa, pero sin vida. El zorzal desciende para contemplarla y comprobar esa sensación de inercia. Vuela suave y discreto. Las hojas de los árboles yacen en el mojado suelo. El hedor proveniente de incontables borregos y reces mutiladas cubre la Capital del Imperio y lo envuelve todo. Y, en el centro de la plaza de Tiahuanaco, cientos de restos humanos esparcidos. Tunica, la gran deidad de los báculos, así lo ha mandado; el fin de la civilización estaba escrito. El zorzal llegó ocho años tarde.
          El ave, desconcertada y abatida, quiso levantar el vuelo pero ya le fue imposible. De pronto, su envejecido cuerpo le anunció que los recorridos migratorios de su especie no tienen viaje de retorno y, al igual que el ciclo natural de la vida, su largo recorrido llegó a su fin, recorrido que vio transcurrir más de tres mil lunas, pero que el zorzal jamás pudo percibir.



Zeúd





Poetas marinos


"Mar oh mar!! Cada vez que flagelas con una de tus olas, hiriendo las arenas de mi playa, murmúrame al oído porqué lo haces"

Habitantes de los pueblos y de los campos
¿qué saben de lo profundo, bajo las espumas de nuestro océano?

Detrás de la orilla está el perenne ajetrear de las aguas, de la antiquísima vida, donde nunca existe la quietud, donde yace el vaivén omnipresente, donde el único tiempo es diminutos instantes, ahí, es donde se engendran las cosas vivas, gota a gota, pincelada a pincelada; donde navega el plancton, al propio ritmo de lo invisible, nadando en el vacío, y flotando en la tibieza

Animales del mar de millón medidas, criaturas que vienen de los principios, a su público los intrusos enséñenos, de sus formas, de sus estrategias y de sus colores, de su larguísimo cabalgar, de la razón de la evolución

Recién hoy podemos admirar su odisea, sus pieles que inspiraron al arco iris, de ustedes viene la música, la arquitectura y las cálidas maniobras de las musas de los dioses

Do, mi, sol, do, gimen las caracolas, mientras su propia sinfonía danzan delfines y ballenas

Que apacible es la brisa, de las ondas que producen los caballitos de mar con sus aletas transparentes, pipones a la deriva

Manta raya aletea aletea, porque si te cazan van a terminar con tu idea

Nada nada tiburón, para que nadie sepa de tu dolor, de tu memoria

¿Quién nos separó aquanautas, porqué ustedes agallas y yo ni alas?
¿Porqué ustedes escamas y yo ni letras?
¿Porqué ustedes agua y yo ni cielo?

Ustedes, si, ustedes con sus laberintos y vericuetos, sus nidos y sus paisajes

Humanos!!
Atrévanse a ser felices con los faunos submarinos, y respeten, respeten todo lo vivo







John Solis








Cuatro Maletas

Ulises tomó un taxi que lo llevó por anchas avenidas, por calles que le resultaron tan ajenas y distantes como las de un sueño. Aunque parecía otro lugar del mundo, la gente seguía agolpándose en los buses, las vendedoras ambulantes se mantenían vendiendo mote con chicharrón en las paradas. Los mendigos continuaban pidiendo caridad a los conductores; a los policías los llamaban todavía chapas.

Las luces y los semáforos habían proliferado como las escamas de un dragón luminoso recostado en medio de los Andes. En esa mini jungla de cemento y asfalto, resultaba paradójico recordar la casa de adobe y teja en la que transcurrió su infancia. Aún así, seguía empeñándose en detener el tiempo, en saborear la colada de habas con que lo esperaba su madre, en una mesa que ya no existía.

Trató de apartar la densa cortina del pasado para instalarse en la página más reciente de su vida, pero la memoria le dio un surdazo, llevándolo a rastras al aeropuerto, a Adriana, joven y delgada, a sus ojos como dos capulíes a los que ya no podían aferrarse las lágrimas. Vio entre sueños al pequeño Joaquín y sus cachetes de durazno. Sus ojos llorosos…“¿Cuándo vuelves papi…?”

“¿Le ayudo a bajar las maletas?”, lo despertó el taxista. Ulises sintió que lo mejor era meter el alma en el cuerpo e irrumpir en la vida de su familia del mismo modo en que se fue: tenue y distante, como un aguacero de páramo. Se le ocurrió que todos quedarían anonadados al verlo emerger de la nada, como a un muerto que se levanta del ataúd en su velorio. Recordó las cuatro maletas llenas de ropa, de regalos que traía, y le pidió al taxista que lo ayudara a colocarlas encima de la vereda.

Cuando quedó solo tras las rejas de la puerta de calle se detuvo a mirar, orgulloso, los detalles de las columnas, las cornisas, los geranios de las terrazas. Detrás de las cortinas floreadas, yacía la mayor fantasía de su vida: su familia en un sinfín de risas, compartiendo el desayuno y las historias de sus vidas.

“Esta debe ser la casa más linda del barrio”, pensó sonriente, mientras se despojaba de su bufanda con las siglas NY. La emoción de su agitado corazón le decía que cada perla de sudor valía oro, que sirvió romperse el lomo, limpiar lujosos retretes de porcelana, vidrios con reflejos inertes, lavar platos y automóviles, convertirse en genocida de millones de cucarachas o ratones en las casas de los gringos. Todo el esfuerzo valió la pena, se repitió, los dólares enviados habían sido bien invertidos en una casa maravillosa.

En esos momentos resultaba un sacrilegio, aún así recordó a Marilú, la diosa chicana con quien compartió los momentos más intensos de su vida en aquella ciudad descomunal y contaminada. A estas alturas debía estar maldiciéndolo por haberla dejado recostada en la penumbra del mini-aparment que compartían, oloroso siempre a frijoles y sardinas. Debía estarlo odiando por engañarla con ese “regreso enseguida mi vida, solo te voy a comprar tus chocolates favoritos”.

La última imagen que tenía de ella era su rostro tenuemente alumbrado por el reflejo multicolor de la televisión detenida en el último capítulo de CSI – Las Vegas. Apenas si escuchó el “no tardes mysweetlove”, que le contestó. Él simplemente la miró desde el quicio de la puerta como se ven las últimas cosas en la vida y se marchó.

En ese instante de confusión y reencuentro solamente lo llenaba el volver a sentir los pequeños brazos de Joaquín rodeándolo por el cuello. Estaba tan cerca de verlo de nuevo: los dos junto al aro de básket adosado en la pared del garaje, lanzando la pelota, tal como lo había soñado en los parques y patios de aquellos seres extraños con los que convivió tantos años, en medio de un jolgorio ajeno, artificial.

Al fin la espera terminó y la puerta se abrió. En el jardín, un niño con pijama a cuadritos jugaba con una pelota roja. Ulises se acercó sin hacer caso del golpe que le hincaba el estómago. “¡Hola Joaquín!”, susurró. El niño lo miró sorprendido.

“Señor, yo soy Robert”. La vocecita lo desvaneció por completo. No entendía porqué aquellos diminutos ojos lo hurgaban con desconfianza y sorpresa. Casi al instante se abrió la puerta e irrumpió desde el umbral una mujer delgada que se recogió el cabello cano. Ulises contempló abismado sus arrugas, sus descomunales ojeras que no apartaban un ápice su belleza.

Cuando sus miradas se cruzaron no pudieron evitar la estupefacción. “¡Adriana, volví!” Trocaron lágrimas, sollozos y silencios en el café de bienvenida. Se abrazaron con el supremo respeto que cabe entre dos desconocidos que alguna vez se entregaron con el alma. “Creo que es hora de que veas las cosas con claridad, Ulises. La casa para la que tanto dinero nos enviaste nos va a quedar gigante a los tres”, musitó la mujer. “Como ves, Joaquín se marchó dejándome al Robert… y Arguito, el perro, murió esperándote”.