Caballo de aquel samurai (16-09)


 
 
TZA-NA  y TZA-NOS 
 
A Tzor
Era invierno en la muralla china y en la noche luna llena. Yo me deslizaba sobre mi sombra de nieve cuando un copo blanco se introdujo por mi nariz y la sombra de ella de pronto reemplazó la mía.
 
Su silueta de dragón había disuelto mi sombra de caballo, aunque en su cabeza era notoria la cabellera rojiza y humana.
Con un abanico de seda cosquilleaba las plantas de mis pies y yo para no lastimar el perfecto silencio de siete noches y siete leguas, contenía la risa mientras mi boca se inundaba por dentro de lágrimas.
Cuando más contenía la risa, más se llenaba mi cuerpo del llanto interior que mi actitud provocaba. Pero ya no pude más, mi cuerpo estalló como aquel capullo de lotos y el dragón con la aguja de su lengua  empezó a bordar la noche de estrellas, que realmente eran letras de un abecedario infinito.
 
Luego del estallido de mi cuerpo, pude ver a mis ojos, contemplando extasiados como nacía la primavera, en los balcones de la muralla, en la luna y en la tierra.