Caballo de aquel samurai



OJOS DE ÁGUILA

Al doctor Plutarco Yépez.

El hombre contemplaba la pared vacía. A la nariz sangrante del payaso y al cuchillo los cargaba envueltos en papel periódico. Ráfagas de risa se le escapaban por los poros. Al fin su cuerpo reía. El payaso que lo humillaba por su tartamudez había callado. Desde la boca inflamada del hombre celebrante se desprendía un hilo de saliva, envolviendo su cuello.

El policía de la esquina escudriñaba al hombre con la mano presta en la pistola que le colgaba del cinto.

De la acera de enfrente una mujer madura y maquillada  seguía la escena mordiéndose los labios.

Un perro encadenado al poste de la esquina miraba a la mujer madura. El canino era custodiado por su amo desde el interior de la tienda de alimentos.

El ladrón de perros espiaba al dueño del can esperando el mínimo descuido.

Un niño calvo comparaba el ángel guardián que el ladrón tenía tatuado en la nuca, con el lunar en forma de ángel que a él le había crecido en la palma de la mano. La madre sostenía de una muñeca al pequeño, que tosía mirando el semáforo que cambiaba a rojo.

La luz encandilante era acusada impacientemente por un hombre de negocios que se atrasaba a su cita, tragando en seco una manotada de pastillas.

El drogadicto, ya sin familia y sin amigos, pisoteado por su sombra de recuerdos veía con desprecio al negociante, pero al mismo tiempo se arrastraba para  pedirle una moneda.

Un predicador religioso auscultaba al drogadicto y planificaba reclutarlo para su templo, sosteniendo una Biblia demasiado nueva.

El religioso de brazos fornidos y corte militar, era provocado por un homosexual ebrio que bailaba en la esquina.

Una prostituta ciega perseguía al homosexual,  como buscando un ojo de mujer y otro de hombre, para protegerse.

La cámara de seguridad de la calle registraba a la prostituta en su afán. El policía gordo comía palomitas de maíz frente al monitor, adormilándose mientras seguía la acción.

Otro policía se disponía a reprender al dormilón, cuando estalló el disparo en los tímpanos y la pared se manchó de rojo y saliva…

En pocos minutos llegó la ambulancia, y después de confirmar la muerte del tartamudo, la esquina continuó con  su ritmo habitual…Un obrero pintaba la pared de blanco, que se quejaba como único deudo.