Alexis Oviedo / DANICA






Apenas tuvimos oportunidad, fuimos al super liberal Barrio Rojo de Amsterdam. Cuatro ecuatoriales recién llegados a Europa deambulamos por las manzanas, repletas de pequeñas vitrinas. En ellas se exhiben las  mujeres más hermosas de todas los confines del planeta. Muestran sus encantos y ofrecen unos minutos de placer por tan solo 50 euros. Muchas quieren agradar a los fetichistas y visten de militares, emulan a las azafatas, o se muestran inocentes en sus uniformes colegiales. Otras coquetean en el tradicional vestido de corsés y medias a mitad del muslo suspendidas en ligueros, sinónimo del placer occidental. Sonrientes esas, sublimes con la mirada perdida de vestales, aquellas. Alguna en misteriosa y permanente pose hablando por un celular, y una más que deja entrever discretamente su sexo en el cruce de piernas, repitiendo la celebérrima escena de Sharon Stone.

Eslavas de todos los ricones del este, aglosajonas de las islas del sur, de Albión, de América, Napolitanas y Florentinas... Germanas, nórdicas, algunas asiáticas, ...

Entre las vitrinas, se pueden ver letreros en inglés que invitan a shows de sexo en vivo y otros promocionan una felación, a la que se tiene derecho luego de colocar en una ranura los billetes solicitados por el servicio. En las esquinas están las que no pueden pagar alquiler. Hay entre ellas africanas, indonesias y sudamericanas. Escucho los diálogos en idioma español-colombiano, en castellano caribeño, en chileno... Pongo atención y distingo a una joven paisana con el inconfundible acento de la Perla del Pacífico.

Mis amigos y yo seguimos caminando y nos detenemos a  comentar lo observado en este barrio, muy diferente a los que cumplen dichas funciones en nuestro rincón andino. Compartimos opiniones acerca de la mujer que más nos impresionó por su belleza o excentricidad y cuando nos aprestamos a ir a una cervecería, una beldad que sacaba las llaves para abrir su local nos sorprende:

-  Ustedes son ecuatorianos, ¿verdad?

Es una guapa rubia de un metro setenta y cinco. Tan voluptuosa, rubia y ojiazul, como las divas que en nuestra adolescencia nos impresionaron, esas que aparecían en los encuentros clandestinos con las revistas del emporio Playboy.

Pero más nos conmociona su perfecto español, con el mismo acento de nuestras latitudes. Respondemos en coro afirmativamente y ella nos cuenta que conoce Otavalo, que le encanta Cuenca y las playas. 

-El país donde el sol está por siempre, nos dice, y de inmediato nos conmina con una sonrisa más dulce que lasciva:

-¿Quién viene conmigo? 

Titubeamos, nos ponemos nerviosos, Lucho, el más osado cierra el grupo como si fuéramos a iniciar un concilio y espeta: ¡Me encanta!  ¡Me enamoré!  ¡Voy  primero!, mira el bolsillo y acota, me faltan 20 euros... Todos reímos mojigatos. Dos metros más allá, ella nos sigue mirando con la cabeza inclinada a un lado, esperando la decisión grupal. Efra, el guayaco, saca un billete de a 20 y se lo muestra a Lucho. Me lo pagas en Lovaina, le dice con decisión. Carlos, acota acentuando su morlaquía: ¡Pero nos cuentas, verás! Lucho dubita, se soba las manos, no agarra el billete, suda levemente. Reímos sin disimulo. Ella habla: 

-Me encanta el Ecuador… 

Me doy cuenta que lo dice con sinceridad, pues sus ojos han adquirido un brillo maravilloso. Da unos pasos  e inserta la llave en su local y antes de entrar con un mohín coqueto, subraya serena. 

-Estoy aquí hasta las 9, les espero.
  

Seguimos comentando, riendo, burlándonos de Lucho y él de nosotros. Hasta que Efra dice que quiere cerveza.  El local es un jolgorio, donde bailan techno todos los que que no están sentados frente a la amplia barra. Hacia allá vamos y tal como lo hacen algunos yuppies que nos rodean, comenzamos a beber de los gigantes vasos de líquido ambarino. Minutos después, suben a la barra, dos holandesas vestidas de cowgirls que comienzan a bailar provocativas ante gritos y aplausos de la concurrencia.  Una de ellas toma por la corbata a uno de los yuppies, lo coloca sobre la barra a cuatro patas y lo cabalga, acentuando la diversión. Viene una segunda cerveza y una tercera, sube otro yuppie a la barra para seguir el juego de dominación de la otra cowgirl. Un par de inglesas borrachas se nos acercan y en medio de la música estridente tratamos de entablar conversación. Sin lograrlo, Efra y yo las tomamos por la cintura y bailamos la bachata de moda que comienza a sonar. La inglesa que baila conmigo, deja su whisky en la barra y me besa. La bachata enciende la pasión y ella me invita a su hotel. Lo pienso dos veces. Irme con ella es abandonar el grupo y aventurarme a terminar quizás deambulando por Amsterdam… Le digo que espere un poco más, pero ella se cabrea. Toma su whisky, lo termina de un solo trago y se marcha maldiciéndome.




La noche la terminamos como buenos ecuatorianos: bebiendo un par de botellas de Zhumir seco ofrecidas por Carlos, nuestro anfitrión.

La resaca en la primavera no es tan feroz, pero hiere. Cual zombies,  vamos otra vez al centro de Amsterdam y luego de varias botellas de agua y un par de horas de caminata turista, Efra propone entrar a una heladería. Yo les digo que preferiría un inexistente encebollado, y cerveza a la falta del mismo. Ellos insisten y les espero en la calle. Me siento en una de las gradas del local, con la mirada fija en las bicicletas atravesando el puente, a rumiar la filosofía barata que surge en los chuchaquis. Estoy en ello, con los antebrazos sobre las rodillas, hasta  que una voz femenina con acento paisano me saca del sopor.

-Al final no vinieron...

Giro la cabeza y veo que mi interlocutora es la bella del día anterior. Ruego al ángel de la cordura que expulse de mi cuerpo al diablo del guayabo y me incorporo. Le comento que nos faltó capital, describo los intríngulis propios de nuestra timidez andina y el riesgo de enamorarse que mencionó Lucho. Logro  que suelte una carcajada y de inmediato le pregunto si tiene tiempo para tomarse un café en el Starbucks contiguo. Mira su reloj amarillo y asiente con la cabeza.

Se llama Danica, vivió cuatro años en Ecuador en su adolescencia, cuando su padre trabajaba en la Embajada de Checoeslovaquia.

-Mi país que ahora no existe, subraya.

La caída del bloque comunista ya puso a la familia, cercana al régimen defenestrado, en situación precaria, la que empeoró con la partición del país. Cómo otros que vivían detrás de la cortina de hierro, apenas pudo fue a occidente. Le encantó, pero no pudo tener un trabajo que le permitiera disfrutar de las bondades del capitalismo, por lo que terminada la universidad, vino a un posgrado. En sus tiernos veinte y pocos, se enamoró perdidamente de un rumano, trataron de hacer familia en el país del chico sin lograrlo y regresó con su hijita de pocos meses a Kosice, para pelear la vida.

Un día sus padres y la familia ampliada  la acompañaron al aeropuerto. Ella vestía un traje sastre elegante y la familia la despedía feliz, sabiendo que iría a trabajar en una multinacional de teléfonos. Apenas llegó al aeropuerto de Schiphol, la recibió su amiga rusa, con quien harían turnos en la vitrina, compartiendo los gastos del arriendo.




- Aprovéchalo. No te enamores, ni tengas hijos antes de culminar. Después regresa a Ecuador…, no tiene nada que ver con este infierno gris. Allá siempre hay sol… 

Danica mira otra vez su reloj amarillo y yo a a mis amigos al otro lado de la vitrina de la cafetería, buscándome. Efra escandaloso grita mi apodo: ¡Cepi!! !Cepillín!!

Ante esto, ell lanza una nueva risotada con deleite.

- ¡El payasito de la tele! ¡en verdad te le pareces!

Saca una tarjeta profesional, donde consta su nombre sin apellido, el número de teléfono, horarios  y una dirección en un callejón que se cruza con la Stoofsteegwegen.

- Hay descuentos para paisanos, señala riendo. Siempre riendo. 

Al salir, la abrazo discretamente para ser visto por mis amigos y ella sigue mi juego tomándome de la cintura. Descendemos así las pocas gradas, mientras ella agita la mano en dirección al trío, y yo me pavoneo ante sus miradas atónitas.

Danica se despide con un beso y toma hacia el Barrio Rojo. Mis amigos me atiborran de preguntas a las que respondo solemne: ¿Se imaginan qué NO pudo pasar, si yo fuera como ustedes, un muchacho goloso que ama los helados? 

Discretamente guardo la tarjeta y pienso visitarla al día siguiente. Pero cuando el tercer día en Amsterdam arriva con una nueva resaca, mirando otras bicicletas atravesar otro puente y con los mismos antebrazos sobre las rodillas, recuerdo su consejo: No enamorarme. Cosa que seguramente hubiera pasado si la volvía a ver…