Martha Ormaza / ¡Ah, la fidelidad!



¿Es un principio? ¿es una imposición? ¿es natural?
¿cómo saber qué es lo que quiero yo y qué es lo quiere mi ego?

Antonio es tan distinguido, tan atractivo, de gustos exquisitos. Su aroma es tan suyo.  Tiene un aura especial. Su sola presencia llena cualquier espacio. Las mujeres lo miran mucho y de distintas maneras, a veces de reojo, otras tan frontalmente que logran ponerme incómoda. Pero, a la vez, me hacen sentir muy orgullosa de él, de mi Antonio.  Es inteligente, gran empresario y con un futuro sin límites. Amante delicioso. Lo adoro.
Como novios somos una yunta. Nos dicen, repetidamente, que formamos una pareja envidiable. Antonio es perfecto.
–Entonces, Carmen, ¿dónde está el problema?
–Antonio es tan perfecto que... me aburro.
Carmen está loca, pienso, pero no más loca que la media de la gente que frecuento. Para salir a cualquier reunión, de cualquier índole que esta fuera, realiza un proceso de producción, casi espectacular, de sí misma, con el objetivo claro y específico de gustar. Ya es muy bella con solo lavarse la cara. Elaborada al detalle es una bomba.
Ha desarrollado una serie de técnicas de seducción dignas de encomio, muy equilibradas, nunca frontales pero tampoco hipócritas. Es encantadora y su oficio es embrujar a los hombres, a las mujeres y a quien fuese. Ellos siempre, inevitablemente, tiemblan exudando deseo. Ellas, nerviosamente fascinadas. Carmen va por el mundo con la bestia puesta pero encadenada a su perfecto control y a su inextinguible deseo de gustar más, más, cada vez más.
Carmen no ha ido jamás a la cama con otro que no sea Antonio. Pero –me pregunto–, ¿le es fiel? ¿Dónde termina la fidelidad y dónde comienza la infidelidad? ¿Para qué nos ponemos tan provocativos con lo que vestimos, con nuestras maneras de hacer y de decir? Seguramente el ego nos pide ciertas reconfirmaciones. Para estar presentables nos bastaría estar bien bañados y planchaditos, pero... vamos más allá. Hay una intención, conciente o no, de provocar a la bestia suelta que lleva adentro el que está parado allá, al otro lado del salón, y que me mira de rato en rato con  evidentes ganas. Si la noche es favorable, no está nada mal que se despierte el animal de todo ser de nuestra misma especie (o de otra, no importa). Pero a la hora del té, cuando hemos sido abordadas o hemos abordado al preciso, frenamos a raya, terminamos el juego y recordamos a Antonio que es tan perfecto. Aunque nos aburra.
¡Ah, la nunca bien ponderada fidelidad! ¿Es un principio? ¿Es una imposición? ¿Es algo que hay aún que conquistar? ¿Es natural? Subsiste en condiciones de un equilibrio tan inestable que nos asusta.
Leo, con el cromosoma medioriental constitutivo y el gen de jeque que intencionalmente se ha inyectado, lo tiene resuelto todo. Cero conflictos. Leo es fiel... El lunes es fiel a la del lunes, el martes a la del martes y así, sucesivamente, hasta el sábado (el domingo es familiar y le corresponde el mimo de su señora mamacita). El inconveniente está en que la del lunes quiera horas extras el miércoles. Cuando alguna indisciplinada invade horarios preestablecidos o los espacios de las damitas de otros días, procede a un cambio drástico de estrategia: evita problemas y se dedica a seducir solamente a las desconocidas. Leo es y será eternamente fiel.
Alguna vez me preguntó Helen Showers  cuál es mi ideal de hombre. Contesté: que sea bueno, que sea fiel, que sea un buen compañero. –Sólo falta que te lama’ff, me respondió incisiva. –Lo que necesitas tú no es un hombre, es un perro.
¿Quién sabe qué es lo que quiere? ¿Cómo saber qué es lo que quiero yo y qué es lo que quiere mi ego? Yo estoy un poco confundida entre mi ego y yo. En cuanto a Carmen, y no sé si esto sea una virtud o un defecto, quiere a todos. Ella dice: existen algunos seres que han alcanzado ya el nirvana y que sabiamente son felices con lo que tienen. Que me los presenten, por favor, porque estoy muy abierta a los buenos consejos.
¡Ah la nunca bien ponderada fidelidad! Está en el centro del paradigma de dos codiciados dones: El amor y la libertad.
Entre tanta interrogante, Carmen y yo proseguimos camino. Nos perdemos en la ciudad que ha impregnado de invierno el asfalto. De repente, timbra su celular. Fija con ansia su vista en la pantallita. De los puros nervios, no puede leer bien. Nos miramos, sonreímos.  Allí va de nuevo... Es otra maldita tentación. Otro reto a la fidelidad.