Alejandra Martínez

          



ELLITOS

Ellitos” era la palabra con la que se referían las maestras a los gemelos de la guardería. La palabreja llevaba una carga irónica y los ojos hacia el cielo, pidiendo paciencia. Ellos eran los primeros en desarmar rompecabezas y legos, y los últimos en armarlos; siempre estaban hablando en clave; escupían en su comida cuando ya no la querían, y nadie se atrevía a obligarles a terminar de comer. Reían, escandalosamente, hasta el filo del desasosiego ajeno y casi nunca hacían caso a la primera orden.
Cuando Vanessa, la nueva auxiliar, llegó a su cuidado (con el típico ñeque y las ganas de marcar la diferencia, recordarle a las demás maestras que el cuidado de los cinco primeros años de vida son primordiales para el desarrollo del ser humano integral del futuro, y movidas motivacionales, que guardaba en la memoria de los discursos de recién graduada), le molestó la manera en la que las compañeras se referían a estos niños. Llevaba dos días en el lugar apenas, y notó que su complicidad llegaba más allá de lo que se podía notar a simple vista...
Cuando desarmaban los juegos, los demás niños corrían compulsivamente a poner todo en orden, pues ellos les decían, muy en privado: “el que termina al último se come la sopa de mi ñaño”. Si uno se agachaba, el otro saltaba desde cualquier rincón del salón a nalguearlo con frenesí. En los recreos pasaban secreteándose, como si nunca tuvieran tiempo de conversar; las profesoras a cargo intentaron muchas veces hacer que jueguen más tiempo con otros niños, pero para ellos los demás eran herramientas para usar y guardar. La nueva los miraba con más curiosidad que ternura, y un día se acercó a ellos y los escuchó un momento, agazapada entre las llantas colgantes del patio. Hablaban de esto y aquello, concentrados y dispersos a la vez. En un momento de silencio, se acercó y les preguntó (solo por hacer conversa): “¿Ustedes se quieren mucho, verdad?”, a lo que ellos respondieron, topándose las lenguas entre ellos: “Sí, es que mi ñañito tiene buen sabor”, dijo el uno. “Sabe a mí”, dijo el otro.
Ella no supo reaccionar, intentó evitarlo, pero sintió cómo su rostro cambiaba el gesto, y apenas movió la boca. “¡Ah! ¿Sí?”. Y ellos volvieron a juntar sus lenguas, entre risas, esta vez, moviéndolas, juguetonas.
Sonó la campana y cada quien volvió a lo suyo.
Vanessa comprendió pronto que para siquiera entender lo que había pasado en ese minuto, tendría que volver a clases y poner más atención; hacer más preguntas, conversar con la familia y descubrir patrones de conducta; investigar traumas de la primera infancia, y no sé qué más trámites con las compañeras y los trabajadores sociales del lugar, del distrito, de la zona.
La directora la interceptó en la entrada y preguntó dónde había estado. “Con ellitos”, contestó, y entró a su nueva rutina.