Juan Carlos Cucalón





                                   Carne non sancta

Carne quemada es ofrenda y alimento, carne cruda es seducción es temptation. Cuando nos sentimos tentados la vida adquiere un matiz especial, prometedor.  La tentación, ¿produce aventura?  O, ¿es la aventura una tentación? 
Mi primer sacerdote fue un juego de tentación y aventura.  Una malcriadez diría mi abuela, un divertimento infantil, pervertida malicia, ¿tentaba yo al cura o el que estuviera allí para esa parroquia era suficiente incitación a pecar? Se me aparece la promesa del riesgo y el castigo; en el juego de la seducción, todos los jugadores usan la tentación como herramienta primordial. Hay que tentar al oponente, ¡como se le gana si no! A ver lo que recuerdo:
Yo cerraba la puerta de mi casa en san Marcos y me quedaban treinta y pocos minutos para llegar al edificio ministerial donde trabajé.  Por la Junín hasta la Flores, a la Espejo, zigzag, frente a San Agustín.  Aun me quedan diecialgo para una oración; pensando así, aquel día de octubre del ochenta y pico, entré por el baptisterio y, sin echarme la santiguada con agua bendita, me di de lleno con un curita nuevo que con los brazos en alto y acento de europeo en español invitaba a los pocos feligreses congregados esa mañana a que se abrazaran para desearse la Paz del Señor.
No pude pacificarme, seguí de largo y con  la solicitud de paz me fui al trabajo.  Pasé todo el día decidiendo su nacionalidad; ni griego, ni sueco menos portugués.  Resultaría luego francés.  A la mañana siguiente salí más temprano, tentadísima, de mi apartamento.  Al final de la segunda lectura, carta a los colosenses, El principio de todo, capítulo uno versículo quince.., Él es la imagen del Dios invisible.., en Él fueron creadas todas las cosas.., existe con anterioridad a todo.., en Él reside la plenitud.  El beso fue sobre el libro, Palabra de Dios, pero yo lo sentí, incluso tibio, Te alabamos señor, sobre mi mejilla.  La tentación en la forma de esos labios pulposos como una frutilla, sangre derramada por la paz.
Seguí yendo todos los días a tentarlo, a confundirlo, a hacerlo tartamudear y perder la marca de la hoja en el misal, a verlo ensudar el cáliz con sus manos temblantes, a señalarlo con la punta de mi lengua, a guiñarle un ojo,  a  enseñarle las uñas coloradísismas tamborileando sobre el filo del hilván de mi falda, a chuparme el índice, a mirarlo sufrir.  Nadie se quejó, cada quien atendía su propia tentación, no habíamos salvos; todos atrapados, todos esclavos. El nerviosismo del curita franco  me contuvo, durante semanas me dedique sólo a morbosearlo,  hasta que un día, a coste de llegar atrasada a timbrar la tarjeta de entrada,  me puse en fila para la comunión. 
Ardía Troya.., trastabilló cuando me vio en la hilera eucarística.  Lo vi hurgarse entre los bolsillos, cambiar de mano a mano el cáliz, seguir rebuscándose bajo los hábitos y la sotana, hasta que se quedó quieto y empezó, El cuerpo de Cristo, y, Amén, le fueron respondiendo hasta que llegó mi turno, entonces, veloz y seguro metió en el bolsillo de mi solapa una pelotita arrugada de papel, hizo el ademán de darme la hostia pero en mi lengua no se posó ni siquiera su tibio pulgar acólito.  Amen, dije y salí de la iglesia.
          Abrí la bolita una vez sentada frente a mi máquina olivetti de margarita electrónica.  La apreté de inmediato porque el subsecretario y su asistente me sorprendieron llegando demasiado temprano; luego del almuerzo, vuelve la zamba al baile, y yo a pintarme las uñas y al papelito arrugado.   Me llamo Maurice, te espero a las seis en la plaza grande.., en papel cuadriculado.
Misteriosa estas hoy, ¿en que andas? Preguntó la secretaria del ministro durante el almuerzo.  Mucha risita coqueta al aire, mucho pelo suelto, ¿se te ha hinchado el pecho, mijita?  Es que me he levantado un curita europeo, no podía contestarle, ni modo, Me levanté contenta, dije.  ¡Ah, buena noche!, con ceja levantada. ¡Que va!  Las cosas que se le ocurren, Piedacita.  Tuve un sueño bonito, me veía de chiquita, eso fue todo.   ¿Nada más?   Nada más, Piedacita, yo tuve una infancia bien linda, mentí.   Ha de ser, mijita, ha de ser.  Monjas de mierda, me dije para adentro.  Yo me vengaré de ellas en el Maurice.   ¿Fue por venganza?  ¿Fue por arrechera?  Esa tarde marqué tarjeta a las cuatro y cincuenta y regresé a la oficina a retocarme, a escarmenarme y enredarme el flequillo a lo Farrah Fawcett.  ¿Me quito el sostén? No, preferí abrirme la camisa hasta el tercer botón y amarrarme el pañolón a la cintura para que el escote se viera profundo y la cadera más pronunciada. Eso sí, me quité los zapatos  bajos y me puse los negros de charol con taco alto que guardo para cuando los jefes me invitan luego del trabajo.  Aun así al cura no le dio un infarto al verme, no. 
 Resultó francés, agustino, como correspondía; pero, estaba por regresar y  yo llevaba un mes haciéndole la broma y las morisquetas, el tendría el papel escrito desde hacía días, hasta que por fin me puse a su alcance y me lo dio. Puntual me paré en el atrio de la catedral mirando hacia el palacio arzobispal, con vista de toda la plaza.  El me sorprendió por la espalda, Que pena haber perdido tanto tiempo, dijo.  Mejor tarde que nunca.
Vestido de cristiano casi no lo reconozco, la sotana, la casulla y la estola verde con lila le daban un aire bastante adulto.  Lo mire de arriba abajo y pensé que no había caso, el look de femme fatal estaba listo y nada lo desbarataría.  Seguro que es menor que yo, pero no, tenía veintiocho como yo.   Zapatos azules de cuero griego, jean oscuro, un saco de pana prusia con coderas de cuero negro sobre una camiseta de cuello muy ajustada de color lavanda y un  pañuelo burdeos anudado bajo la barbilla.
La estampa resultaba llamativa caminando por el centro:  típica mona zorra burócrata que acaba de levantarse un turista muy fashion; o, la loca cajera del  Pichincha con su amiguito gay van a tomarse un trago.  Entramos a un bar, llamamos la atención y reconocí algunas miradas, me hice la loca.     No tuve prejuicio sobre su atuendo europeo que en el Ecuador de los ochenta lucía pura mariconada vivita, porque sus ojos decían todo lo que yo necesitaba, él no hablaba, la catarnica fui yo.    Su mirada milimétrica me tasaba, entraba y salía de entre mis tetas, sondeaba en espirales mis pecas, se humedecían  sus dedos recorriendo el dorso de mis manos,  destellaba todo él al pasar la punta de mi lengua sobre los incisivos, entonces el reía y sus ojos se pintaban un tono más profundo que sus jeans reflejando el lila claro de su camiseta, me recordaba a Alain Delon aunque no se le parecía.   Ni para qué decirlo, me tenía mojadita, mojadita. 
          Te parece si pido la adición, me calló. Asentí, y llegó la cuenta que pagué yo, resarciendo la canasta de la limosna que nunca cebé.  A tu apartamento, decidió.  Y sí, no me expondría entrando a un hotelucho.  En la vía nos fuimos calentando.  Subimos casi corriendo y  me lanzó sobre el sofá y allí me desnudó presto, como se bendice un denario, una estampa de comunión.  Ni alcancé a desanudarle el pañuelo y el ya me estaba volteando para lamerme la espalda mientras magreaba mis nalgas.  Un experto.
¿Vamos al dormitorio? y, terminando de desnudarse frente a mí me dijo que no,  Las camas no me excitan. Me levantó en sus brazos de abundante vello oscuro y piel blanquísima, me extendió como ofrenda eucarística sobre la mesa de comedor.  Eres mi cordero, eres carne y sacrificio...  Me sentí pura y bandida, en sus manos diestras fui cáliz y oblea.  Mis pezones se hicieron hostias rosadas en sus labios, mi carne era masa, era trigo, era pan.  Ombligo urna sacramental, derramé leche y miel que se hizo vino para que Maurice bebiera y me consagrara.  El rito me volvía loca, junte mis rodillas atrapando su rostro entre mis humedades, su lengua batía in excelsis deo.  Fui saciada hasta la hartura y cuando me vio ovillada, hecha una caracola sobre mi misma, tocó mi nuca con su báculo carnal y me mojó de sí.
 La tentación voló en busca de otras loas, nuevas alabanzas, y me dejó maculada carne non sancta.