Max I. Vega








Alas cetrinas


I        
          El zorzal extendió sus alas y emprendió el vuelo. El día estaba naciendo. A una altura considerable, se empinó en dirección al Sur, abriéndose paso entre las nubes.
          Hará muy poco que abandonó el nido iniciando su recorrido migratorio, desde el Río Mississippi hasta el territorio del Maman Yachay Muray, poderosa región del Abya yala. Volaba alto y veloz, ayudándose con la dirección del viento proveniente del Norte. Cuando menguaba el soplido, con su aleteo, pronto recobraba rapidez. Era un zorzal de superior porte al común de su especie, casi media vara de longitud; macho, con un amplio abazón blanco, de pico amarillento y puntiagudo, negras plumas con ribetes esmeralda, ojos negros como el ónix y alas cetrinas.

II
          Debe llegar pronto a su destino. El resplandor de la mañana lo sobrecoge. En su trajinar, percibe el estallido de una nueva guerra. Los huari han emprendido la marcha hacia la conquista de la civilización Tiahuanaco. Desde tiempos milenarios se cree que la llegada de un zorzal es el vaticinio de la guerra. Es posible que su traslado lo arribe antes que los huari y los tiahuanacos sean advertidos.
          Su velocidad no se remansa, ya se ha mimetizado con el aire por lo que pronto llegará al Sur para advertir el inminente ataque. La tierra ha dejado de cobrar importancia para convertirse en una lejana idea. Un poderoso viento, casi un huracán, pasó junto a él desestabilizándolo, pero no siente temor. Tunica, Sumo Hacedor del volcán, del rayo y de las aguas, guarda y guía su camino.
          A lo lejos, atisba la enorme mancha verde de un frondoso bosque. Empieza a descender disminuyendo la velocidad. Busca contacto con los árboles, confundir su plumaje en las hojas turquesas y llenar sus pulmones con la esencia más pura del ciprés. El bosque es majestuoso y parece no conocer final, lo cuida, lo protege del inclemente sol y le brinda oxígeno.
          El ave sabe que más allá de la floresta comienza la alta región montañosa de los Andes; su majestuosidad y espesor requieren que esté fuerte, descansado y nutrido. Desciende un poco para aterrizar en la maleza y buscar nueces, su único deleite. Una vez alimentado, prosigue el vuelo con la velocidad de una ráfaga; el sol lo orienta y Tunica lo vela. El zorzal no es capaz de escindir la mañana del medio día o la tarde, ni siquiera los días de las noches; para su concepción, el sol nunca deja de alumbrar su camino, la noche no existe. Aún más, tiene el poder de la longevidad.
          El frío se cuela por sus tarsos e irriga dentro de su plumaje. La montaña está cerca y, más allá, la niebla. Debe disminuir la velocidad y sentir con su pico la materia que lo envuelve. La niebla es espesa e infinita, pero el zorzal continúa indemne su viaje. Se encarga de aletear repetidas veces para así abrigarse y, en medio de la gris espesura, otea el nacimiento de una plataforma que conduce al interior del altiplano. Aspira el gélido aire y vuela en picada hacia el horizonte, como si fuese el único ser vivo en el mundo.

III     
          Su recorrido ya supera las siete mil ochocientas varas. El sol ya ha traspasado el meridiano. Siente que pronto llegará a su objetivo. Antes de arribar a la capital, Tiahuanaco, decide realizar un desvío hacia el Salar de Uyuni, milenario desierto de sal ubicado en el centro de la región altiplánica de la Cordillera de los Andes. El ave anhela percibir el sodio que emana de las rocas y de la arena salada. El frío le anuncia que su destino se aproxima y, a distancia, divisa una mancha blancuzca.
          El cielo ha adquirido un realce de tonalidad en cada uno de sus matices; de un intenso celeste, allá en el nivel más alto, pasando por el plateado espesor y luego níveo de las nubes, para luego llegar al más transparente azul, cuando está rozando la superficie. El andar del zorzal ahora es un delicado planeo, casi imperceptible, primero en circunferencias y, al llegar al corazón del desierto, en línea recta hacia el Norte.
          Tunica lo ha probado en su viaje y ahora lo recompensa con agua de lluvia, el sustento de la vida y la fertilidad. El salar de Uyuni es pequeño, apenas ochocientas varas que se encarga de recorrerlas parsimonioso e imperial. El manto blanco es absoluto, nada existe en el desierto que se diferencie en contornos, líneas o relieves, el fin o el principio podrían encontrarse en cualquier arenal y cautiva la intensidad de su blancura que, a lo lejos, parece un espejo infinito. Lo único que orienta al ave a su cometido es el rastro de sucesivos truenos dejado por mí, varias lunas atrás. Antes del límite levanta el vuelo, pone sus ojos de perla negra otra vez hacia el horizonte y vislumbra, en la profundidad, los cimientos de la civilización Tiahuanaco que, con su imponente arquitectura expansiva, parece multiplicarse.

IV
          Cercana la noche, la civilización se ve colosal y portentosa, pero sin vida. El zorzal desciende para contemplarla y comprobar esa sensación de inercia. Vuela suave y discreto. Las hojas de los árboles yacen en el mojado suelo. El hedor proveniente de incontables borregos y reces mutiladas cubre la Capital del Imperio y lo envuelve todo. Y, en el centro de la plaza de Tiahuanaco, cientos de restos humanos esparcidos. Tunica, la gran deidad de los báculos, así lo ha mandado; el fin de la civilización estaba escrito. El zorzal llegó ocho años tarde.
          El ave, desconcertada y abatida, quiso levantar el vuelo pero ya le fue imposible. De pronto, su envejecido cuerpo le anunció que los recorridos migratorios de su especie no tienen viaje de retorno y, al igual que el ciclo natural de la vida, su largo recorrido llegó a su fin, recorrido que vio transcurrir más de tres mil lunas, pero que el zorzal jamás pudo percibir.