Alfredo Carrasco





                    de la memoria memoriando… 
                        para contarle al mundo
                        de las cosas que andan pasando


I. epílogo … ¡epílogo! 
El cielo de improviso perdió su azul tonalidad ¡Preñadito! Sobrecargadito de grises nubes. Henchido de energía y de agua. Trastornado por sus ganas de tronar y estremecer. Así estuvo el cielo…cargadito… cargadito de tempestad tempestuosa. Inquieto estuvo de estar siendo. Oscureciendo oscurecieron las nubes el ambiente, con terror aterrorizando a los mismísimos celestiales corceles de fuego. Parecía que el cabalísimo Zeus, soberano de rayos, truenos y retumbos hubiese estado quedito, vigilando que las negras ennegrecidas nubes cumplan con el omnímodo mandato a ellas encomendado. Tan inesperado el temporal fue, que Alcibiades Lucidio del Carmen, el Mayordomo, en su empírica capacidad de meteorólogo nigromante leído leedor de las nubes, no predijo la llegada de la inclemente y perturbadora borrasca. El sorprendente, tormentoso y torrencial aguacero, acompañado de granizo y de agua, azotó los tejados, batió los campos de maíz, acrecentó el río, inundó la pampa de las coles, de las lechugas, de los nabos y de las zanahorias; tumbó tumbando árboles, multiplicó las goteras en la casa del patrón, en la del mayordomo y del huasicama[1]. Mojó las camas, humedeciendo humedeció la ropa recién planchada; espantó de pánico al ganado; mugiendo mugían los huagras; del purito susto las vacas secaron las ubres; aterrorizó de terror a las gallinas; intimidó a los chanchos; silenció a los perros; desorientó a los burros; turbados corriendo corrían los caballos. Los cuyes enloquecidos buscaron refugio bajo el catre del mayoral[2]. Hasta los patos temblaron de tanta agua que derramaron las nubes, diciendo dicen que algunos incluso se ahogaron! Igualito, tal cual, semejantito al aguacero que aconteció el sábado 20 de diciembre pasado. ¡El propio diluvio universal parecía! ¡Así parecía! Como que el cielo tenía ganas de desplomarse de tanto hacer de llover lloviendo. 
El capitán del ejército don Buenaventura Crispín Crispiniano, acompañado de un teniente, seis coshcos[3] ¡cocolos! ¡cocolos!, un cura y su correspondiente sacristán, como pareciendo aparecidos se presentaron ante el portal de la casa de hacienda para entregar entregando, “en sus manos”, según la suprema y ordenada disposición dispuesta, un sobre lacrado en el que se distinguía el inconfundible sello del anillo del General – Presidente, un círculo en cuyo centro se distinguían claramente dos letras la G y la P, cada una rodeado de complejas formas arabescas: “General Presidente” dicen que dicen que quería decir.
Aprendió el General Presidente la historia de los sellos leyendo el "Almanaque Pintoresco de Bristol", que además de promocionar artículos de jabonería y perfumería, en su 16 páginas se encuentran datos astronómicos, del horóscopo, astrológicos, chistes, frases célebres y datos curiosos como el de los sellos lacrados. Así conoció que en el siglo XII los reyes, según la solemnidad del documento, utilizaban diferentes sellos. Los menores, los de la poridad (puridad) o secretos, el GP los utilizaba para lacrar las cartas regulares u ordinarias que surgían de su genuina inspiración. El sello mayor y secreto estaba bajo la responsabilidad del secretario particular del General Presidente. Utilizado exclusivamente para las comunicaciones secretas, utlra-secretas,  secretísima como la del presente caso: reservado solo para las comunicaciones más solemnes y delicadas.
De su parte, el cura, don Cladovico Sisenato, tenía el mandato de entregar una nota “personalmente personalísima” a Don Miguel – así lo comentó – remitida por su señoría el excelentísimo señor don Arzobispo de San Francisco de la capitalina ciudad. Esas fueron las disposiciones que habían recibido correspondientemente del alto mando militar de la casa de Gobierno y por supuesto de la santísima Curia. Antes de salir de la capital, el militar y el cura, recibieron del señor Obispo y sus acólitos una virtuosísima bendición; no la otorgó el Arzobispo por que aún andaba trastornado, como turbado, cogido de espanto, repitiendo a todo momento “¡Ignoti nulla cupido! ¡In medio stat virtus!” [4].
Con el Capitán y el cura llegó el diluvio. Como que lo traían bien guardado. El militar en el morral en el que transportó la misiva, y el clérigo entre los pliegues de la sotana. En el mismísimo momento que se presentaron en el portal de la hacienda para realizar la entrega del mensaje, el cielo azul oscureciendo oscureció oscuro. Un aterrador rayo, parido por las nubes cargaditas de energía, se precipitó a tierra acompañado de un terrorífico y enloquecedor trueno. Ante tan inesperado vendaval cientos, miles de mariposas de áureo color, por unos cuantos minutos revolotearon pintando de amarillo el horizonte hasta donde viendo hacían de alcanzar las vistas. Mientras una gallina que plácidamente dormía entre las vigas de la entrada principal, con el violento despertar, del purito susto soltó una cagada que cagó cagando la castrense guerrera del oficial; mientras que un fino perro runa, de tanto ladrar ladrando ladraba a los truenos, hacía aguas menores en los zapatos del canónigo correveidile. En ese instante, como por un celestial mandato de los dioses de las alturas, el temporal llegó como encolerizado, iracundo, rabioso, embravecido, haciendo de traer trayendo pavor, espanto, terror y estampidos.
Don Miguel Francisco de Todos los Santos de la Villa y Rivera, sentado en el mullido sillón de su amplio despacho, permanecía imperturbable ante el retumbante retumbar de los truenos que hacían hacer de temblar estremecídamente los ventanales, a tal punto que parecía que los vidrios querían saltar de los marcos que los sostenía. Se mantenía inmutable ante el resplandeciente resplandor de los rayos que cada cierto tiempo competía con la mortecina y titilante luz de las velas que en ese momento lo iluminaban. Indiferencia mostraba a las inoportunas e intempestivas ráfagas de viento que se colaban por alguna entreabierta ventana y que amenazaban con apagar la lumbre de las parafínicas bujías, por que de tanta agua de caer cayendo también se desplomaron los postes de conducción eléctrica, haciendo de dejar dejando a la vieja casona en negras oscurantísimas y penumbrosas tinieblas. Alumbrado por la vacilante luminiscencia del fuego del cirio, mentalmente repasaba los acontecidos acontecimientos ocurridos que acontecieron hace ya tres semanas en la casa de hacienda de su propiedad. Los irrefrenables deseos de reír hasta el cansancio lo ponían seriamente serio.
En su estado de reflexión, en medio de la torrencial tormenta tormentosa, Don Miguel percibió en el repentino claroscuro de la tarde, en el umbral de la puerta de acceso al salón de estudio, la inconfundible figura de Alcibiades Lucidio del Carmen, mediano de estatura, pelo algo ensortijado; vestía su tradicional poncho rojo sangre de toro recogido en el hombro izquierdo, camisa y pantalón de mezclilla blancos y botas de caucho siete vidas, aquellas que se las podía comprar en el cercano mercado de  Chuquipata. Alcibiades solicitó permiso para ingresar al despacho, el mismo que le fue concedido. Informó que “en la puerta del ingreso principal están un señor capitán y un taita curita enviados desde la capitalina ciudad dicen. El señor militar dijo que viene a nombre de la casa del gobierno y el sacerdote dijo que tiene una comunicación del venerable señor Obispo o algo así comentó”, concluyó. Don Miguel escuchó con atención y en silencio. Dejó su asiento y caminó hasta la ventana. Observó las gotas deslizarse por los vidrios, las mismas que dibujaban una diversidad de danzantes figuras. Lentamente retornó ante el mayordomo, lo observó y con un ligero movimiento afirmativo de la cabeza autorizó para que ingresen los visitantes. Alcibiades salió presuroso de la habitación dejando tras de sí restos de humedecida arcilla que llegó impregnada en sus botas, ya que debió atravesar una parte fangosa del patio principal antes de ingresar a la casona en la que se encontraba el salón. 
Al rato retornó acompañado del capitán Buenaventura y el sacerdote Cladovico. Nerviosamente los dos saludaron con el dueño de la propiedad. Don Miguel los miró fijamente. Observó sus humedecidas vestimentas y el rastro del arcilloso barro que dejaron en el piso al ingresar a la habitación. La lánguida amarillenta luz de las velas matizaba con una singular luminosidad los atribulados rostros de los visitantes.  Con su estruendosa voz dijo:
- Bienvenidos sean a Pueleusí del Azogue, la tierra de las flores amarillas que entre mayo y junio pueblan nuestros campos. Grato será para mi conocer el motivo de vuestra sorpresiva presencia.
Haciendo un gran esfuerzo para no atragantarse con las palabras, ante la imperturbable mirada del anfitrión y con el eco de las palabras proferidas en la grandilocuente bienvenida, los recién llegados nerviosamente explicaron el mandato que recibieron de sus superiores: “que las misivas las reciban las manos de Don Miguel Francisco de Todos los Santos de la Villa y Rivera, mas no otras”. Con la cortesía que lo caracterizaba las tomó, y suscribió con su firma un documento que certificaba haberlas recibido. Como que las estaba esperando, así se podría interpretar su reacción cuando le fueron entregadas. 
Ordenó Don Miguel Francisco de Todos los Santos de la Villa y Rivera a Alcibiades que atienda a los visitantes, que les convide bebidas y alimentos calientes, mandato que fue cumplido por el diligente mayordomo. Al despedirse los visitantes, el clérigo percibió en medio de la penumbra que en ese momento existía en la habitación, al fondo del amplio salón, una sombra como la de un perro, que lo observaba atentamente. Un escalofrío le recorrió por su espinazo crispando aun más sus ya tensos músculos.
Nuevamente en la soledad de su refugio de lector, caminó lentamente hacia el escritorio y colocó las comunicaciones sobre la papelera, herencia de su abuelo. Sin prisa se encaminó hacia el pequeño bar. Lo abrió y eligió, entre la excelente representación de licores que allí reposaban, un Cognac Hennessy Paradise Extra, que lo producen en Charente, Francia. Escogió la copa Napoleón, baja y redonda, ancha en la base y angosta en la boca, que permite de manera aventajada disfrutar plenamente de los tesoros espirituosos que encierra el "licor de Dioses".
Lentamente escanció la apetecida bebida espirituosa hasta llenar la quinta parte de la copa. La asió y retornó al sillón. Reposó unos minutos y dejó que la mente se desplace por aquellos laberintos metafísicos – palabra extraña que no alcanzaba a comprender – de la realidad en la que estaba viviendo. Se enfrentaba en su mundo a aquellas trivialidades tragicómicas surgidas del acontecimiento acontecido, comparables con el mejor fantaseado infierno. 
Calentó la copa entre sus manos, como muchos suelen hacerlo, para que se desprendan todos aquellos sublimes aromas tan característicos del estimulante y energético líquido. La movió suavemente a fin de que el aire se mezcle con el fluido y facilite la exhalación de las emanaciones. Aproximó los bordes hasta las cercanías de su nariz y aspiró profundamente, así los volátiles perfumes estimularon al sentido de olfacción que detectó y procesó los olores encerrados. Seguidamente, sin más preámbulos, llevó la copa a la boca y bebió un corto trago del vivificante líquido. Dejó que se diluya en la lengua y provoque la reacción de las papilas gustativas, procurando que se impregne en ellas lo mejor de sus cualidades, para luego dejar que se deslice por su garganta el vigoroso y virtuoso fluido.  Encendió un habano, de aquellos que llegan de contrabando de la díscola isla, lo aspiró profundamente para luego, suavemente, dejar escapar el humo, logrando una serie continuada de círculos que rápidamente se disiparon danzando en el aire ayudados por la impertinente brisa que agitaba el ambiente. 
Cumplida esa inicial ceremonia, observó el sobre lacrado de la Presidencia y aquel que mostraba el inconfundible sello de la santificada Curia. Jugó con ellos. Percibió su peso. Los dejó nuevamente sobre la papelera. Apuró un nuevo trago del ya tibio licor, así como aspiró nuevamente el habanero cigarro y exhaló lenta pero sostenidamente el humo. El olor a cigarro se dispersó por todo el recinto. Se acercó a la ventana para deleitarse con el agua de lluvia que se deslizaba por los ventanales. Allí permaneció un largo rato sumergido en sus pensamientos.
Instintivamente caminó hacia la estantería en la que estaban algunos libros. No era un extraordinario lector, pero de vez en cuando repasaba los textos de algunos de ellos. Tomó el primero que estuvo a su alcance, titulaba “Refranes de Sancho Panza: Aventuras y desventuras, malicias y agudezas del escudero de don Quijote”[5]. Abrió una de las páginas y leyó varios de los refranes, se detuvo en uno de ellos que decía las “Aventuras y desventuras nunca comienzan por poco”. Cerca de allí se encontraba su vieja victrola, aquel sistema de reproducción de sonido heredero del fonógrafo. Mueble noble, de madera, sostenido en patas torneadas. La ventanas contenías unas puertas que se las abría para modular la intensidad de la voz. Revisó varios de los discos que se encontraban en el estante cercano. Localizó uno que contenía una obra de Bizet, estaba en una carpeta verde oliva con un filo rojo que decía “Musical Masterpieces on Victor Records (Orthophonic Recording)”, en ella estaba impreso el clásico perro sentado con el hocico muy cerca de la bocina. Eligió un antiguo disco de acetato que contenía la opera “Carmen”, conducida por Piero Cappola, fallecido pocos años antes: escogió “Air du Torèador”, con el coro de la Opera-Cómica de París. Movió lentamente la manivela de la victrola RCA Víctor, colocó la aguja sobre el disco y dejó que la música fluya, cerro los ojos mientras pausadamente saboreaba un equilibrado sorbo del licor “vivificante”.
Retornó al sillón mientras la música competía con los truenos que acompañaban a la torrencial lluvia. Se acomodó en él y tomó nuevamente la correspondencia que recibió aquella tarde. Dejó a un lado la copa. Procedió pausadamente a abrir el sobre que llegó de la casa de gobierno, luego siguió con el de la Curia. No había urgencia en conocer el contenido de las misivas. Apuró un nuevo sorbo del provocador alcohólico fluido, aspiro profundamente el habano y dejo que el humo al escapar de su boca envuelva las misivas – le  recordaba las limpias que solían realizar los curanderos para espantar los males y las dolencias -. 
Retiró las comunicaciones de los sobres y procedió a darlas lectura. Sin interés, ni prisa, leyendo releía, leía y volvía a releer el contenido de la correspondencia recibida. Luego de cada lectura, apuraba un nuevo sorbo del cálido licor acompañado de una bocanada de humo que surgía en cada aspiración del provocador cigarro. En este momento le vino a la memoria uno de los refranes del celebre Sancho “El que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, no se debe quejar si le pasa”.
Mientras retenía los documentos en sus manos, las blanquecinas y ligeras cortinas de lino danzaban juguetonas impulsadas por la irreverente brisa que se colaba por las entreabiertas ventanas, acompañando con su agitado movimiento a los silenciosos fantasmas que rondaban por pasillos y tejados en esos momentos de penumbra, espíritus que a su vez disfrutaban de la tonalidad brillante blanca azulina con la que pintaban la habitación, de cuando en cuando, los centellantes rayos que acompañaban al tempestuoso temporal. 
El golpeteo de la lluvia en el tejado acompasaba el ritmo de la lectura. Momentáneamente arreció el temporal acompañado por una pertinaz granizada que golpeaba con violencia la maltrecha cubierta. La buhardilla, aquel espacio entre el cielo raso y el techo, atenuaba algo del ruido que provocaba el granizo al chocar contra las tejas. Mientras Air du Torèador acompasaba melódicamente el sonido que la lluvia y el granizo producían al caer sobre los tejados.
Don Miguel depositó nuevamente las comunicaciones sobre el escritorio, tomó el habano y la copa que contenía el vivificante Hennessy Paradise Extra. Se dirigió hacia el corredor situado inmediatamente a lado de la puerta de acceso a la oficina, caminó lentamente hacia el barandal desde donde apreció el amplio jardín interior de la casa, sintió el impacto de la fría y húmeda brisa que acompañaba al temporal. Observó como el blanco granizo pintaba el jardín interior de la casa, a la vez que los rojos pétalos de las rosas, impetuosamente golpeados por la granizada, caían al piso otorgando un pintoresco juego de colores al oscuro suelo, al que también se sumaban los pétalos de los amarillos claveles y de la caléndula botón de oro, así como los azules y anaranjadas de las violetas, los púrpura de las dalias y los bermellón de los geranios.
Mientras observaba como el blanquecino granizo cambiaban la coloración del jardín, sus neuronas procesaban cada una de las letras y palabras impresas que leyó en aquellas misivas, a la vez que se deleitaba del coñac, del humo del habano, de la música de Bizet, el sonido de la lluvia y el especial colorido del jardín. Su rostro manifestaba una imperceptible placidez, una singular sonrisa se dibujaba en la comisura de su labios, al tiempo que un ligero temblor se hizo presente en el párpado de su ojo derecho, recuerdo de aquella mismamente memorable tarde del 20 de diciembre. 
La nota lacrada, que provocaba ese extraño estado de euforia, la remitía el Secretario Privado del General – Presidente, capitán Fidencio Moreno Benito. Expresaba la comunicación que: 
“el Decreto Supremo, innumerado, secreto, ultra secreto, secretísimo, estrictamente reservado que se adjunta a la misiva, oficialmente y con propósitos del registro histórico, consigna que el día sábado veinte de diciembre de mil novecientos setenta y cinco el General - Presidente reposó, acompañado de su honorable familia, en su casa de campo localizada en la población de San Ramón de las Animas Benditas, mejor conocida como la ‘Posada de los Juguetes’, en las cercanías de Tacunga”. 
Señalaba, además:
“Se prohíbe de absoluta prohibida prohibición, a riesgo de ser sometido a leyes y procedimientos militares, incluso el descuartizamiento de ser necesario, cualquier otra interpretación que no fuese la oficialmente declarada en el Supremo Decreto”, concluía la nota. 
Para constancia de lo dicho el Secretario de la Presidencia anexó al oficio, además del decreto, la certificación emitida por el Arzobispo de la bucólica nación, mediante la cual daba fe que, efectivamente, el General - Presidente había pernoctado, aquel día, en el comentado campestre vecindario.
El decreto señalaba:
“Que la Ley Superior del terruño, en su artículo 64, confiere al Jefe Supremo la facultad de ausentarse fuera de la Capital de la República por un período de hasta treinta días consecutivos sin tener necesidad de encargar el la administración del gobierno a un segundo interesado.
Que en el uso de las atribuciones y deberes establecidos en el Decreto Supremo mediante el que declara como General Presidente, conforme a la Ley Superior vigente, resolvió tomarse un período de vacaciones previo a las festividades de las navidades, enfatizando que el mencionado lapso de reposo no es para ausentarse del territorio patrio ya que tiene especial interés en continuar ejerciendo las delicadas funciones que él se encomendó. 
Que tampoco tiene interés en ausentarse de la Capital de la República por más de treinta días consecutivos, que si ese fuese el caso, tendría que encargar la suprema Presidencia pero que, ante las dudas que la devuelva lo encargado, prefiere no utilizar ese privilegio no obstante que ya se merece por el tiempo que está ocupando el alto cargo. 
Que no es aplicable el Art. 62, y el número 8 del Art. 66  de la acrisolada y no quebrantada Ley Superior de la República.
Que el día sábado veinte de diciembre de mil novecientos setenta y cinco el General Presidente viajó acompañado de su familia a la población de San Ramón de las Animas Benditas, localizada en los extramuros de la ciudad de Tacunga.
Que en la mencionada población cumplió actividades domésticas, bailó un saltashpa y almorzó morcillas, llapingachos y ucto tortillas[6], acompañado de hornado, tostado, queso fresco y choclos. No bebió mishque por que tenía agrieras y problemas estomacales. Eso sí, bebió harta leche de burra para que no patee el chancho.
Que  en la tarde de dicho día asistió a una ceremonia religiosa en la baptisterio de la localidad la misma que, por coincidencia, fue oficiada por el excelentísimo señor Arzobispo de la franciscana y capitalina ciudad.
Que es obligación del Estado velar por la conservación de las fuentes históricas, sociológicas y de la estabilidad sicológica de los ciudadanos del país y de sus mandatarios.
Que en la Conferencia Intergubernamental celebrada por UNESCO en París, del 23 al 27 de septiembre de 1974, el terruño se comprometió a implantar el Sistema Nacional de Archivos; 
Resuelve
Art. 1.- Dejar sentado oficialmente, para el registro históricamente histórico, de las actividades que cumplió el Señor General Presidente el día 20 de diciembre de 1975. 
Art. 2.- Difundir a través de la prensa escrita, la no escrita, la hablada, la televisada y cualquier otra forma de transmisión presente y futura lo en este decreto expresado, para que quede como testimonio histórico el mismo que así debe ser recogido por los historiadores, contadores de historias y cuenteros.
Art. 3.- Ordenar que se registre en el Archivo Histórico Nacional, y demás archivos dependientes, independientes y sometidos, la interpretación de los hechos conforme se establece en el presente mandato.
Art. 4.- Se prohíbe de prohibida prohibición absoluta, a riesgo de ser sometido a leyes y procedimientos militares, incluso el descuartizamiento de ser necesario, cualquier otra interpretación que no fuese la oficialmente declarada en el Decreto.
Art. 5.- Encárguese de la ejecución y aplicación del Decreto Supremo a los señores ministros de Educación y Cultura, de Defensa Nacional, y de Gobierno y Policía.
Dado en la Franciscana ciudad capital a los 25 días del mes de diciembre de 1975.
Firma en el Palacio de Gobierno situado a un costado de la plaza principal, justito en diagonal con la catedral mayor, al final de las faldas del insigne cerro, el noble, excelentísimo, ungido, grandioso y magnánimo señor don General Presidente.
Lo certifico, 

Vicente Vicente Vicente[7], Coronel de Estado Mayor
Secretario General de la Administración Central del Gobierno”

El escrito del Arzobispo señalaba que, por coincidencia, ese día ofició una ceremonia religiosa en dicho poblado. Litúrgica celebración que contó con la honorable presencia del señor General – Presidente, su esposa la dilecta y distinguida dama Doña Zoila Inmaculada Vaca de los Barrios, así como sus tres hijas y dos hijos con los correspondientes nueros y las que nueran[8] pero que finalmente fueron! los que pasaron, posteriormente, a pertenecer a la familia en la categoría de yernos y de nueras.
La nota personal remitida por el Arzobispo, luego de la introducción comentada, continuaba así:
“(…).Serán sujetos de excomunión mayor ipso facto incurrenda[9], reservada al Arzobispo y al Vicario General que pro tempore existiese, contra los que interpretasen, explicasen, expusiesen, revelasen, manifestasen, discutiesen, murmurasen, escribiesen, divulgasen, comentasen, explicasen, interpretasen otra versión de los hechos que no sea la consignada en el Decreto Supremo firmado por el señor General - Presidente, versión que certifica el documento de la Curia que acompaña al mismo. Igualmente serán excomulgados aquellos que conociendo a quienes difundiesen, publicasen, esparciesen o transmitiesen otra versión diferente a la oficial, no avisasen, no informasen, no denunciasen, no delatasen, no avisasen, ni inculpasen ante autoridad competente; o, que escondiesen, encubriesen, ocultasen, defendiesen y/o solapasen a quienes estuviesen haciéndolo. Serán considerados seductores del pueblo, tentadores de consignas, turbadores del orden público, blasfemos y sacrílegos que han incurrido en la excomunión mayor del canon Si quis Suadente Diabolo[10]. Se los declarará descomulgados ominosos, infaustos, nefastos, siniestros; y, proscribiré, como proscribo, que nadie les otorgue auxilio, asistencia, amparo, merced o favor.
f. Arzobispo de la franciscana urbe.
Los oscuros nubarrones se habían dispersado. El celeste azul del cielo nuevamente se apropió de sus dominios. En el horizonte el solar resplandor iluminaba el sosegado rostro de don Miguel. Sentía que de pronto era participe de un particular acontecimiento que establecía cómo se debe construir, oficializar e institucionalizar hechos que finalmente quedan recogidos en los registros históricos. Amoldados, estos, en base a una verdad oficial concebida para acomodar la historia y su interpretación, a la que, en este caso, el General Presidente y los representantes de la Santa Madre otorgaban su particular atención y, además, la instituían: la verdaderamente verdad verdadera que los líderes, con sus mensajes, estipulan que así sea siendo por que ellos desean hacer de seguir viendo la realidad que no es y en ella verse como creen que son. Están convencidos que al hacerlo, desde de su nivel de entendimiento de la realidad, no mienten, al contrario conciben la eventualidad de construir una verdad temporal que les permita “seguir ser siendo en una entorno en el que no admiten que dejaron de ser”. Lo que tiene valor es su versión de los hechos, independientemente que estos hayan acontecido de distinta manera. No se admite otra interpretación que no sea la oficial y deberá ser repetida por sus seguidores y por todos los medios hasta el fin de los siglos o, mientras vivan o les mantengan embalsamados.  Finalmente reflexionó para si mismo: 
Soy espectador de un proceso que descompone los hechos para acomodar la historia oficial. Por decreto, la verdad gubernamental queda instituida a la vez que institucionaliza un procedimiento para intensificar la desmemoria de las sociedades. 
Así nació de la Memoria Memoriando, para contarle al mundo de las cosas que andan pasando… 





[1] Se dice de los indígenas que cuidan las casas de hacienda
[2] Responsable del manejo de los equinos (asnos, mulos y caballos). En este caso también responsable de los vacunos, porcinos y ovejas.
[3] Soldado raso
[4] ¡No se desea lo que no se conoce! ¡En medio está la virtud!
[5] López del Arco, Editor. 1905. Don Ramón de la Cruz, 18. Madrid.
[6] El compilador de esta historia averiguó que las “ucto tortillas” (tortillas con huecos) se las fabrica con dulce de cabuya y granos de cebada (Misqui arroz). Sabor agradable, pero dejan una leve picazón en la lengua (Tomado de: Ángel Llamuca Sani (2006). Plan de Desarrollo Parroquial. Parroquia Chantilin - Saquisili).
[7] El nombre y apellidos de su padre y madre, según consta en el registro civil, fueron don “Vicente Vicente Vicente”, casado con doña “Vicenta Vicente Vicente”. El nombre lo pusieron en honor de su abuelo materno cuyo nombre y apellidos fueron Vicente Vicente Vicente, y de su abuelo paterno don Vicente Vicente Vicente.
[8] Léase: no eran
[9] en el momento en que ocurra”
[10] Si alguno aconsejado por el diablo